Despertar en tu piel

COLISIÓN DE MUNDOS | X

MILES

Me desperté en esta habitación que parece un santuario a la literatura barata. El sol entraba por la ventana sin pedir permiso, iluminando el polvo que flota en el aire. No hay cortinas automáticas, no hay sábanas de mil hilos. Solo estoy yo, atrapado en este cuerpo rodeado de estantes de madera que crujen.

Me pasé la mano por la cara, recordando que anoche Harris me dejó a una cuadra para que nadie viera el Porsche. Si mi familia supiera que un Dumont pisó este barrio, probablemente llamarían a la policía pensando que es un secuestro.

Bajé las escaleras tratando de que los escalones de madera no gritaran mi posición. En la cocina, el panorama era el de siempre: Roberto hundido en su diario, Elena peleando con la cafetera y Sasha, la molestia personificada, ya sentada a la mesa con cara de querer problemas.

Me sirvió aprender con Agnes los nombres de su familia y amigos, que me diera información para no seguir metiendo la pata.

—Buen día, hija —dijo Roberto sin levantar la vista. Me senté frente a él, tratando de no mostrar el asco que me daba la superficie del mantel—. Te escuché entrar tarde. ¿A qué hora terminaste en la biblioteca?

—Buen día, padre —solté. La palabra todavía me sabe a un idioma que no hablo bien, pero la solté con la suavidad que Agnes usa siempre—. Me quedé hasta el cierre. El examen de literatura no se va a aprobar solo.

—Mucho estudio, mucho estudio... pero no escuché el taxi —intervino Elena, dejándome una taza de café humeante frente a mí—. ¿Viniste caminando sola a esa hora, Agnes? Sabes que este barrio no es para andar de noche.

—Vine en un taxi, madre. Te habrás quedado dormida —mentí, dándole un sorbo al café. Es amargo y fuerte, nada que ver con lo que tomo en el penthouse, pero me sirve para despertar los sentidos.

Sasha me miraba de reojo mientras masticaba un pedazo de pan. Se veía que se estaba muriendo por decir algo.

—Que raro, porque yo estaba despierta viendo una serie y no escuché frenar a nadie en la puerta —soltó Sasha, apoyando los codos en la mesa—. De hecho, juraría que te vi venir caminando desde la esquina. ¿Qué pasa, ahora te gusta caminar bajo la luna o te dejó alguien a la vuelta para que no lo veamos?

Sentí una punzada de irritación. Esta chica es como un sabueso. Me obligué a no poner los ojos en blanco; Agnes no lo haría. Ella se pondría nerviosa, tartamudearía. Pero yo no soy Agnes.

—Me bajé en la esquina porque el conductor no encontraba la dirección exacta y no quería que estuviera dando vueltas haciendo ruido —respondí, con una frialdad que hizo que Sasha frunciera el ceño—. No es un misterio de estado, Sasha. Es sentido común.

—Epa, que carácter —murmuró Roberto, doblando el diario—. El aire de la facultad te está cambiando la forma de hablar, hija. Estás... más tajante.

—Es el cansancio —dije, bajando el tono para no romper del todo el personaje—. No quiero que se preocupen por tonterías, eso es todo.

Estaba por terminar de tragar esa tostada que parecía cartón cuando el celular me vibró en el bolsillo de la calza. Lo saqué con disimulo por debajo de la mesa, era un mensaje de Agnes desde mi propio número.

"¡Miles! ¡Victoria me acaba de llamar! Dice que el beso de anoche la dejó con 'ganas de más' y que está viniendo al penthouse ahora mismo para desayunar contigo. ¡¿QUÉ HAGO?! ¡NO PUEDO BESARLA DE NUEVO SIN MORIR DEL SUSTO!"

Sentí que se me paraba el corazón. Si Agnes intentaba lidiar con Victoria en modo pánico, mi reputación y mi relación iban a terminar en el fondo del río Charles en menos de cinco minutos. Victoria va a oler el miedo de Agnes y va a pensar que tengo una crisis de identidad o que le estoy ocultando una amante.

—Tengo que irme —dije, levantándome de la silla de un salto, haciendo que Roberto y Elena saltaran en sus asientos.

—¿Ahora? Pero si recién te serví el café, hija —protestó Elena con el ceño fruncido.

—Es una emergencia de la facultad, madre. Un compañero borró el archivo del proyecto final y si no voy a ayudarlo, perdemos el semestre —mentí, mientras mis dedos volaban sobre la pantalla para responderle a Agnes.

"¡NI SE TE OCURRA ABRIRLE! Dile que tuviste un imprevisto familiar y que saliste de urgencia. No la dejes pasar del lobby. Voy para allá ahora mismo. Mándame a Harris a la esquina de siempre en diez minutos. ¡MUÉVETE!

Guardé el teléfono y agarré la mochila de Agnes.

—Agnes, pero no terminaste de comer... —empezó Roberto, pero yo ya estaba caminando hacia la puerta con una determinación que los dejó mudos.

—Lo siento. El deber llama. ¡Sasha, no me toques nada de la pieza! —grité antes de salir, cerrando la puerta con un golpe seco.

Caminé a paso rápido por la vereda, tratando de no tropezarme con las baldosas flojas del barrio. Odiaba correr, y más en este cuerpo que se agita más rápido que el mío, pero la idea de Victoria a solas con mi versión asustadiza era suficiente combustible.

Llegué a la esquina y me oculté detrás de un árbol viejo. Dos minutos después, mi Porsche negro dobló la esquina con esa elegancia silenciosa que tanto extrañaba. El auto se detuvo y la puerta trasera se abrió.

Me subí de un salto, hundiéndome en el aroma a cuero nuevo y aire acondicionado perfecto.

—Al penthouse, Harris. Y vuela —ordené, olvidándome por un segundo de que Harris veía a una chica de barrio y no a su jefe.

—¿Señorita Agnes? —preguntó él, mirándome por el espejo retrovisor con una ceja arqueada.

—Solo maneja, Harris. No me hagas perder el tiempo —le solté con mi tono de mando habitual.

Harris no dijo nada más, simplemente aceleró. Me recosté en el asiento, cerrando los ojos. Tenía exactamente quince minutos para llegar antes que Victoria y evitar que Agnes arruinara todo.

El auto se detuvo con una suavidad insultante frente a la torre. Me bajé antes de que Harris terminara de frenar, ignorando su mirada de desconcierto. Caminé hacia la entrada principal con la cabeza alta, aunque mi altura me obligara a mirar hacia arriba a casi todo el mundo.




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