Despertar en tu piel

RETORNO AL HOGAR | XI

AGNES

Ya pasaron casi dos meses. Sesenta días habitando este cuerpo que todavía me parece una estructura ajena, una armadura pesada que no me pertenece. Al principio, caminar en los zapatos de Miles era como intentar manejar un tanque en un salón de cristal, pero ahora... ahora ya sé cómo moverme. Sé cómo bajar la voz para que suene como un trueno tranquilo, sé cómo cruzar las piernas con esa arrogancia natural y sé exactamente cuánta distancia poner entre "yo" y el resto del mundo.

Mantener a raya a Victoria fue nuestro deporte olímpico este último mes. Con Miles dándome instrucciones por mensajes de texto o a veces gritándome al oído desde mi propio cuerpo cuando nos encontrábamos a escondidas, logramos inventar una serie de "viajes de negocios relámpago" para que no sospechara por qué su novio ya no quería estar a solas con ella. Me siento mal por engañarla, pero cada vez que recuerdo el pánico de Miles ante la idea de que yo arruinara su reputación, se me pasa.

Lo más difícil no fue el dinero ni el poder, fue la facultad. Tuve que seguir asistiendo a sus clases y negocios internacionales. Al principio, sus amigos me daban pavor. Son chicos que hablan en porcentajes y visten relojes que valen más que la casa de mis padres. Pero me acostumbré. Aprendí que detrás de sus ropas caras también hay inseguridades, aunque las escondan con botellas de champagne. Aun así, los extraño a los míos. Extraño el desorden de mi casa, los gritos de Sasha por una remera prestada y el olor a la comida de mi mamá.

Vivir la vida de Miles me hizo darme cuenta de algo que él nunca me dijo: está solo.

Su madre es una sombra, una mujer que nunca conocí y de la que él no habla. Y su padre, Harrison... Dios, Harrison es una máquina de hielo. En estos dos meses solo lo vi tres veces, y siempre fue por negocios. No hubo un "¿cómo estás?", ni un "me alegra verte". Solo fueron cifras, contratos y esa mirada fría que parece buscar un error en cada palabra que digo. Me da una pena inmensa. Miles vive en un palacio de cristal, pero no tiene a nadie que lo abrace sin un contrato de por medio. No tiene una familia unida; tiene una junta de accionistas.

Hoy me desperté de nuevo en su cama gigante. El silencio del penthouse es tan profundo que a veces me aturde. Miré el celular y vi un mensaje de Miles.

"Hoy es el aniversario de bodas de tus padres. Acuérdate de comprar las flores preferidas de Elena y no te olvides del vino tinto que le gusta a Roberto.

Sonreí para mis adentros. Él se hace el duro, pero se está esforzando por ser yo mejor de lo que yo misma era. Me levanté y me miré al espejo.

—Bueno, Miles —le dije a mi reflejo—. Vamos a ver si hoy logramos que tu padre te mire como a un hijo y no como a una inversión.

Esa noche, la mesa del comedor principal de los Dumont parecía una pista de aterrizaje: larga, fría y excesivamente brillante. Harrison estaba sentado en la cabecera, cortando su bife con una precisión quirúrgica, sin levantar la vista. El silencio solo era interrumpido por el chocar de los cubiertos de plata contra la porcelana.

Yo, habitando el cuerpo de su hijo, sentía una presión en el pecho que no era mía, sino de Agnes. No podía soportarlo más. Durante un mes y medio había visto a este hombre tratar a Miles como si fuera una pieza de software que necesitaba una actualización, no un ser humano.

—Papá —dije. Mi voz, la voz de Miles, sonó más suave de lo habitual.

Harrison ni siquiera parpadeó.

—Miles, el informe de la constructora está incompleto. No me interrumpas con trivialidades mientras como —sentenció con ese tono de hielo que te congela la sangre.

—No quiero hablar de la constructora —solté, dejando los cubiertos sobre la mesa con un ruido que lo hizo frenar—. Quiero saber cómo estás. Quiero saber si alguna vez me vas a mirar sin pensar en un balance de ganancias.

Harrison levantó la vista. Sus ojos eran dos pozos vacíos. Me miró como si hubiera empezado a hablar en un idioma extinto.

—¿Qué te pasa? —preguntó con desprecio—. Si quieres afecto, comprate un perro. Yo te di un imperio, no una guardería. No me hagas perder el tiempo con estas cursilerías, Miles. Mañana espero el informe a primera hora.

Se levantó, tiró la servilleta sobre la mesa y se fue sin decir una palabra más. Me quedé ahí, sola en ese comedor inmenso, sintiendo una furia ajena pero intensamente real.

En cuanto llegué al penthouse, llamé a Miles. No pude evitarlo. Necesitaba descargar esto.

—¡Es un monstruo, Miles! —le grité apenas atendió—. ¡Tu padre es una máquina sin alma! Intenté hablar con él, intenté que fuera... no sé, un padre, y me trató como a un empleado de limpieza.

—¿Qué hiciste qué? —la voz de Miles, sonó estridente y cargada de pánico—. ¡Agnes, te dije que no te salieras del guion! ¡Te prohibí hablar de temas personales con él!

—¡Me dio pena, Miles! ¡Me das pena viviendo así!

—¡No necesito tu lástima! ¡Voy para allá ahora mismo!

Quince minutos después, la puerta del penthouse se abrió de un golpe. Miles entró usando mis zapatillas y mi remera gastada, pero su expresión era la de un hombre que estaba a punto de ejecutar a alguien. Se paró frente a mí y, aunque yo le sacaba casi treinta centímetros de altura, su presencia me hizo retroceder.

¡Eres una idiota! —me gritó, señalándome con mi propio dedo—. ¡Casi arruinas meses de trabajo! Mi padre no es como Roberto, Agnes. Él no te va a dar un abrazo y un plato de empanadas por ser "buena hija". Él me mide por mis resultados. ¡Si empiezas con estas escenas sentimentales, va a pensar que perdí la cabeza y me va a sacar de la presidencia!

—¡Pero no es vida eso, Miles! —le respondí, agachándome para quedar a su altura, aunque mi voz retumbaba en el living—. ¡Estás solo! ¡Nadie te quiere en esa casa!

—¡A mí me gusta mi soledad! —bramó él, y vi cómo sus ojos (los míos) se llenaban de una rabia líquida—. Me gusta mi control y me gusta mi empresa. No tienes derecho a meter tus emociones baratas en mi familia. Yo cumplo con la tuya al pie de la letra, no les falto el respeto, ¡pero tú eres incapaz de mantener la boca cerrada!




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