Despertar en tu piel

PROTOCOLO HERPES | XII

MILES

Me desperté con una punzada en el bajo vientre que no pude ignorar. No era hambre, ni el cansancio acumulado de estudiar hasta las tres de la mañana. Era una presión sorda, rítmica, como si alguien estuviera apretando mis órganos internos con un guante de boxeo.

Tratando de incorporarme, un calambre me recorrió la espalda baja, obligándome a soltar un gruñido entre dientes. Me quedé inmóvil un segundo, analizando la situación. ¿Acaso los bizcochos de grasa de ayer finalmente habían logrado perforar mi sistema digestivo?

Me bajé de la cama y caminé hacia el baño de mi habitación. Al entrar, cerré la puerta con llave y me apoyé en el lavamanos. El reflejo que me devolvió el espejo estaba pálido, con una tensión en la mandíbula que delataba mi mal humor. Pero fue al notar la humedad en la entrepierna cuando la fría lógica me golpeó de lleno.

Sangre.

Me quedé mirando el piso un segundo eterno. Mi mente, acostumbrada a gestionar crisis financieras y quiebras inminentes, entró en modo de emergencia. Si esto fuera mi cuerpo original, estaría llamando a mi médico personal para un escaneo completo de abdomen. Pero aquí, en este cuarto la explicación era mucho más mundana y, por lo tanto, mucho más irritante.

—No puede ser —susurré, cerrando los ojos con fuerza—. Por favor, que no sea esto.

Claramente no era una hemorragia, ni una herida. Era el ciclo biológico más básico y, a mi entender, el más ineficiente de la naturaleza humana. Me senté, sintiendo una oleada de calor que me subió por el cuello. La humillación de estar atrapado en esta situación me resultaba casi física.

Revisé los estantes del baño, apartando cremas y perfumes hasta que encontré una caja escondida al fondo. La abrí con la misma desconfianza con la que abriría un sobre con una demanda judicial. Adentro había paquetes envueltos en plástico ruidoso. Toallitas.

—¿Es en serio? —dije, mirando el envoltorio.

Saqué el celular con manos tensas de pura furia contenida.

Miles: "Agnes. Tu sistema biológico acaba de activar un protocolo de emergencia. Hay sangre. El dolor es constante y mi capacidad de concentración está en un 10%. Decime que tenés algo más fuerte que un ibuprofeno en esta casa."

La respuesta tardó cinco minutos que se sintieron como una hora de tortura medieval.

Agnes: "¡Ay, Miles! Lo siento tanto. Me tocaba seguro, al ser irregular no me suele venir en fechas exactas. En el cajón de la mesa de luz hay unas pastillas rosas, toma dos. Por favor, trata de descansar, el primer día es el peor."

Guardé el teléfono con un golpe seco sobre el mármol. "Descansar", decía ella, como si el mundo se detuviera porque mi anatomía actual decidiera sabotearme.

Me obligué a vestirme, moviéndome con una cautela que detestaba. La irritabilidad era tal que el simple sonido de la televisión en la planta baja me generaba impulsos violentos. Salí de la habitación tratando de no hacer ruido, con la intención de llegar a la cocina, tomar un café cargado y encerrarme de nuevo antes de que alguien me dirigiera la palabra.

Al bajar, me encontré con Elena en la cocina. Me miró de reojo mientras yo agarraba la cafetera con una brusquedad innecesaria.

—Buen día, hija —dijo ella, sin dejar de cortar fruta—. Te levantaste tarde hoy. ¿Te sentís bien?

—Estoy perfectamente —respondí, usando mi tono más cortante—. Solo dormí mal. No es nada de lo que debas preocuparte.

Me serví el café y salí de la cocina sin esperar respuesta. No iba a darle explicaciones a nadie sobre lo que estaba pasando. En mi mundo, la vulnerabilidad se oculta, no se comparte en el desayuno.

Subí las escaleras de nuevo, sintiendo cada paso como un esfuerzo monumental. Me encerré en mi cuarto, tomé las pastillas que Agnes mencionó y me senté frente al escritorio. Tenía que leer tres capítulos de teoría literaria, pero las letras parecían burlarse de mí.

——————

Estaba hundido en la cama, envuelto en un acolchado que pesaba una tonelada. La televisión pasaba una comedia romántica insufrible, pero era lo único que mi cerebro podía procesar entre cada punzada de dolor en el vientre. Tenía una bolsa de agua caliente pegada al abdomen y una irritabilidad que me hacía querer prender fuego el edificio.

De repente, escuché pasos en el pasillo.

—¡Agnes, te buscan! —gritó Elena desde el otro lado de la puerta.

Antes de que pudiera articular un "no recibo a nadie", la puerta se abrió. Elena asomó la cabeza con una sonrisa.

—Pasa, está descansando —le dijo a alguien que venía detrás.

Y ahí apareció él. Vlad. El sujeto de las poesías ridículas. Entró a mi habitación con una flor silvestre en la mano y esa expresión de perrito apaleado que tanto me irritaba. Elena cerró la puerta, dejándonos solos.

—Hola, Agnes... —susurró él, acercándose a la cama—. Me enteré de que no fuiste a la facultad hoy. Pensé que te sentías mal.

Sentí una oleada de calor que no era por la bolsa de agua. Mi primer instinto fue decirle que si daba un paso más lo demandaría por invasión a la propiedad privada, pero entonces, la voz de Agnes resonó en mi cabeza: "Prometiste que ibas a intentar arreglarlo, Miles. Él es importante para mí".

Tragué saliva. Literalmente sentía que me estaba tragando un clavo oxidado.

—Hola —solté. Traté de que sonara dulce, pero salió como el gruñido de un doberman con anginas.

—Te traje esto. La vi en el jardín de la facultad y me acordé de tus ojos —dijo él, estirando la mano para dejar la flor en la mesa de luz. Se sentó en la punta de la cama y la madera crujió.

—Gracias. Es... botánica —respondí, sin saber qué más decir.

—¿Te sentís muy mal? Estás muy pálida —preguntó él, y antes de que pudiera reaccionar, estiró la mano para tocarme la frente—. Tienes fiebre, Agnes.

—¡No me toques! —exclamé, apartándome de un salto hacia el otro lado de la cama. El calambre en mi vientre me recordó por qué estaba acostada y solté un quejido—. Quiero decir... no es fiebre. Es una cuestión energética. Estoy en un proceso de... limpieza interna muy profundo. No es recomendable el contacto físico.




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