AGNES
Estaba en el despacho de Miles, intentando no marearme con una planilla de Excel que parecía una sopa de números, cuando la puerta se abrió de golpe. Victoria entró como si el edificio fuera suyo, emanando un aura de furia y perfume importado que me hizo querer esconderme bajo el escritorio de roble.
—Dos meses, Miles —soltó, dejando su bolso de diseñador con un golpe seco—. Dos meses desde la última vez que me tocaste.
Me quedé helada, sentía que el corazón me iba a estallar. Victoria se acercó, invadiendo mi espacio personal hasta acorralarme contra el ventanal.
—y no me vengas con excusas. Nunca me dices que no al sexo, Miles. Jamás. Y de repente, eres un monje —me clavó el dedo en el pecho—. Me estuve acostando con otros porque tú no estás cumpliendo como novio. Y me importa una mierda, pero no voy a permitir que me ignores. O vuelves a cumplir como hombre ahora mismo, o rompo la sociedad que tiene mi familia con tu compañía. Te hundo, Miles. Te hundo mañana mismo.
Sentí que el alma se me salía del cuerpo. Si Miles perdía su empresa por mi culpa, él mismo se encargaría de mi funeral. El pánico me nubló el juicio y, antes de que pudiera procesarlo, las palabras salieron disparadas de mi boca.
—¡Es que soy gay! —grité.
Silencio absoluto. Victoria se quedó petrificada, con la mano a medio camino de mi cuello. Parpadeó varias veces, procesando la información como si fuera un error del sistema.
—¿Qué? —susurró, retrocediendo un paso.
—Es en serio —improvisé —. No tuve sexo contigo porque... bueno, me empezaron a pasar muchas cosas. Me descubrí. Soy gay, Victoria.
—Pero... —ella miró al techo, luego al suelo—. ¿No te molesta que me haya acostado con otros?
—¿Acaso me escuchaste? —le dije, poniendo los ojos en blanco con una indignación que me salió muy natural.
—Miles... yo no sabía. O sea, ¿tu gay es en serio? —Victoria parecía genuinamente sorprendida, casi desorientada.
—Sí, pero por favor no se lo digas a nadie —le rogué, bajando la voz y tratando de parecer vulnerable—. Me da mucha vergüenza, te juro que iba a hablar contigo sobre esto pero no sabía cómo decirlo, por eso te estuve evitando.
Victoria me miró fijo unos segundos. Su expresión pasó de la furia a una especie de solidaridad maternal extraña que me dio escalofríos.
—Miles, sabes que nunca te juzgaría. Es más, tienes mi apoyo en esto—dijo, y para mi sorpresa, me puso una mano en el hombro—. Pero vamos a tener que hacer algo para que tu padre no te descubra. Sabes como es él con la imagen de la familia.
—¿Tú en serio harías eso por mí? —pregunté, fingiendo una emoción que, en parte, era alivio real por no tener que acostarme con ella.
—Sí, te quiero mucho a pesar de todo. Y si eso te hace feliz, pues bien —hizo una pausa y sonrió de lado—. Igual yo no me quiero hacer la santa, estuve conociendo gente...
—Prefiero no saber detalles —la interrumpí rápido. No necesitaba más imágenes mentales en mi cabeza.
Victoria sonrió, ahora mucho más relajada.
—Está bien, pero llámame ante alguna junta o manteneme al tanto. Tu padre y el mío nos tienen que ver juntos, tenemos que mantener las apariencias sabes de eso.
—Sí, eso seguro —asentí con énfasis.
Se despidió con un beso en la mejilla y salió del despacho mucho más liviana de lo que entró. Yo me desplomé en el sillón de cuero, sintiendo que me temblaban hasta las uñas.
Me quedé mirando la puerta por la que acababa de salir Victoria como si fuera el portal a mi propia ejecución. El silencio del penthouse, que antes me parecía elegante, ahora se sentía como el de una sala de espera en una funeraria.
Tenía que decírselo, no podía dejar que se enterara por un tercero.
Con las manos temblando, agarré el teléfono y le marqué.
—¿Qué pasa ahora, Agnes? —la voz de Miles sonó seca, probablemente irritado porque lo interrumpí.
—Miles... tienes que venir al penthouse. Ya mismo —dije, tratando de que no se me cortara la voz.
—¿Para qué? Estoy terminando de resumir unos trabajos. No tengo tiempo Agnes.
—Es sobre Victoria. Se plantó aquí y... bueno, pasó algo. No puedo decírtelo por teléfono. Te espero aquí . No tardes, por favor.
Colgué antes de que pudiera protestar. ¿Cómo se supone que empiezas una conversación así? "Hola Miles, buenas noticias: salvé tu empresa. Malas noticias: ahora eres gay para todo tu círculo íntimo".
Pasaron cuarenta minutos que se sintieron como décadas. Escuché el sonido del ascensor y mi corazón empezó a martillar contra mis costillas. La puerta se abrió y Miles entró.
—Más te vale que sea importante —dijo, dejando la mochila en la mesa de entrada y cruzándose de brazos—. ¿Qué hizo Victoria? ¿Te amenazó de nuevo?
Me puse de pie, sintiendo que las piernas me flaqueaban. Estar frente a él, sabiendo lo que acababa de inventar sobre su identidad, me hacía sentir diminuta a pesar de estar usando su ropa de tres mil dólares.
—Ella... ella vino muy decidida, Miles. Quería tener intimidad. Dijo que hace dos meses no la tocás y que se estuvo acostando con otros porque tu no cumplías—solté de un tirón.
Miles arqueó una de mis cejas, impasible.
—Eso ya lo sospechaba. Victoria siempre fue... impulsiva. ¿Y? ¿Cómo lo manejaste? Supongo que usaste la excusa de la migraña que te sugerí.
—Lo intenté —tragué saliva, sintiendo un nudo en la garganta—. Pero no funcionó. Me amenazó con romper la sociedad de las familias si tú no empezabas a cumplir. Dijo que te iba a hundir, Miles.
Miles se tensó, su mirada se volvió gélida.
—¿Y qué hiciste, Agnes? —preguntó con una calma que me dio más miedo que cualquier grito—. Decime que no cediste.
—No, no cedí —di un paso atrás, buscando la protección del escritorio—. Pero tuve que improvisar algo fuerte. Algo que la frenara en seco y que justificara por qué no la tocas hace meses sin que se sintiera rechazada como mujer.