MILES
El sol de la mañana entraba por los ventanales del penthouse con una agresividad que me revolvía el estómago. No habíamos dormido casi nada. Estábamos ahí, en silencio, compartiendo un café que sabía amargo, sabiendo que las agujas del reloj eran ahora nuestros peores enemigos.
El sonido del teléfono sobre la mesa de mármol retumbó como un disparo. Miré la pantalla.
Padre.
—Agnes atiende y ponlo en altavoz —le ordené en un susurro.
Ella asintió, deslizando el dedo por el celular.
—Hijo —la voz de mi padre llenó la cocina. —. Estuve revisando los reportes de la última semana. Impecable. Sabía que delegarte la firma de logística iba a dar resultados. Eres el único que entiende que en esta familia no se descansa hasta que la competencia deja de respirar.
Sentí un pequeño pinchazo de orgullo en el pecho.
—Gracias, padre. Sabés que siempre priorizo los intereses de la firma.—respondió Agnes con voz firme.
—Lo sé, Miles. Por eso mismo, hoy cerramos el acuerdo con los socios de Victoria. Es una formalidad, pero eres mi mejor carta de presentación. Te quiero en mi oficina a las 18:00 en punto. Si esto sale como espero, vamos a anunciar tu ascenso a la vicepresidencia ejecutiva frente al directorio. Es tu momento, no me falles.
—Allí estaré —dijo Agnes, y cortó.
El silencio que siguió al "clic" fue ensordecedor. Me quedé mirando el teléfono como si fuera una granada a punto de explotar
—¡Las seis! —solté, levantándome de golpe de la banqueta—. ¡Dijo a las seis, Agnes!
—Si, y?...
—¡¿Cómo que y?! ¡Es la misma hora que Elvira nos citó para llegar al pueblo antes de que la luna esté en el cenit. ¡Es el último plazo! Si no estamos ahí, nos quedamos así para siempre!
Me pasé las manos por la cara, desesperado. Los nervios me estaban carcomiendo. Por un lado, la vicepresidencia, el cierre del contrato que estuve persiguiendo por meses. Por el otro, recuperar mi vida. No podía mandar a Agnes a esa reunión y si mi padre notaba un solo gesto fuera de lugar en esa firma, se terminaba todo. Me hundiría.
—Miles, escúchame... —trató de interrumpirme ella, pero yo ya estaba en modo colapso.
—¡Es que no entiendes! —le grité, frenándome frente a ella.
Agnes se acercó y me agarró de los hombros con las manos obligándome a frenar.
—Respira conmigo, vamos.
Inhalé tembloroso, tratando de seguir el ritmo que ella me marcaba. Poco a poco, el zumbido en mis oídos empezó a bajar de volumen. Me dejé caer en el sofá, agotado, sintiendo el peso de un cansancio que no era solo físico.
—¿Qué voy a hacer, Agnes? —susurré, mirando al techo—. Si no voy, lo pierdo. Me va a ver como un fracasado, como alguien que no tuvo la altura para el cargo. Pero si voy...
—Si vas, te quedas en este cuerpo para siempre —completó ella, sentándose a mi lado. El tono de mi voz en su boca era suave, casi compasivo—. Y yo me quedo en el tuyo. ¿Es eso lo que quieres?
—Quiero mi cuerpo de nuevo. Realmente lo quiero. Quiero volver a ser Miles Dumont, aunque Miles Dumont ya no tenga una oficina en el piso cincuenta. Porque lo más probable es que, cuando vuelva a ser yo, mi padre me saque del puesto por faltar a la firma más importante del año.
Me reí, una risa seca y amarga que me dolió en el pecho.
—Voy a perder mi imperio por recuperar mi piel. Es el peor negocio que hice en mi vida, financieramente hablando —la miré a los ojos—. Pero si me quedo aquí, no solo pierdo mi empresa, me pierdo a mí mismo. Y no puedo permitir que tu también pierdas todo por mi cobardía.
—¿Estás seguro, Miles? Me acabás de decir que tu padre es lo único que tienes. Si lo pierdes a él, si pierdes la empresa... ¿qué te queda?
—No lo sé —confesé—. Durante años, mi única definición de "yo" fue el éxito. Si cerraba un trato, yo era alguien. Si mi padre me sonreía, yo existía. Sin eso... supongo que solo soy un tipo que sabe mucho de finanzas y nada de la vida.
Agnes se acercó un poco más.
—Irónico, ¿no? Voy a sacrificar el trabajo de toda mi vida para volver a un cuerpo que probablemente no tenga donde caerse muerto mañana. Mi padre no perdona la falta de compromiso, Agnes. Para él, faltar a esa reunión es una traición personal. Me va a quitar hasta el apellido si puede. —añadí con una sonrisa amarga.
—¿Y te da miedo? —me preguntó, buscándome la mirada.
—Me aterra —respondí sin dudar—. Pero el miedo de quedarme atrapado siendo alguien que no soy es más fuerte que el miedo de decepcionarlo a él. Anoche te dije que no quería que perdieras tus sueños por mi culpa, y lo sostengo. Pero también me di cuenta de algo: si me quedo en tu cuerpo para salvar mi empresa, el Miles que él tanto "ama" ya habría muerto de todas formas.
Agnes se quedó callada un momento, procesando mis palabras. Dio un paso hacia mí y, por un segundo, sentí que la distancia entre nosotros desaparecía.
—Entonces vamos —dijo ella, con una firmeza que me dio el empujón que necesitaba—. Vamos a recuperar nuestras vidas, Miles. Aunque mañana tengamos que empezar de cero. Yo te ayudo a escribir tu nuevo currículum si quieres.
Me reí, una risa genuina que se sintió extraña a la vez.
—No creo que necesite un currículum para saber quién soy, pero te tomo la palabra.
Salimos del penthouse y, mientras el ascensor bajaba, sentí que el hilo que me ataba a la voluntad de mi padre se estiraba hasta el límite. Estaba a punto de romperse, y por primera vez, no quería evitarlo.
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Llegamos a la cabaña justo cuando el cielo empezaba a teñirse de un violeta oscuro, casi negro. El motor del deportivo todavía crujía por el calor mientras bajábamos a toda prisa. El aire del campo estaba helado, pero yo sentía que me hervía la sangre. Entramos sin llamar, y ahí estaba ella, sentada frente a su fogón como si no hubiera pasado ni un segundo desde que nos fuimos.
—Llegaron —dijo Elvira, levantando la vista. La luz de las brasas hacía que sus ojos nublados brillaran de una forma inquietante—. Díganme, ¿ya decidieron quién de los dos lo hará?