Despierta, Mamá

El niño y La Tormenta

La lluvia azotaba el cristal con una violencia salvaje, estallando contra el vidrio antes de derretirse en hilos que desafiaban la gravedad. A Gerónimo le fascinaban las tormentas. Amaba contemplar el descenso de las gotas, viéndolas como rocas frágiles y majestuosas que adornaban la tristeza del mundo; un bálsamo que daba sentido a la perturbada naturaleza humana o a su belleza, dependiendo de los ojos que las miraran.

Gerónimo tenía apenas diez años. Llevaba cuatro viviendo a solas con su madre, Cristin, desde que su padre desapareciera sin dejar rastro. Al menos eso era lo que ella siempre le había dicho. A partir de aquel día, el mundo del niño se torció. Cristin sufrió una metamorfosis drástica y abrupta: la mujer tranquila, amorosa y sensible que él recordaba se evaporó, dejando en su lugar a un ser agresivo, gélido, hiriente y profundamente quebrado. El alcohol se convirtió en su única constante, y el maltrato hacia Gerónimo, en su rutina.

Casi a diario, la mujer lo arrastraba a un llanto tan abominable y desgarrador que el niño sentía que solo la tormenta al otro lado del vidrio podía comprender su agonía. De ahí nacía su idilio con el temporal. Mientras miraba fijamente el horizonte, viendo el agua caer de forma oblicua, un pensamiento recurrente lo consolaba:

«Tal vez, si algo tan titánico e imponente como el cielo llora, yo no soy el único ser triste en este mundo.»

A pesar del infierno, Gerónimo intentaba con desesperación ser un buen hijo. Pero cuando Cristin regresaba borracha, el alcohol distorsionaba su mirada; veía el reflejo de su exesposo grabado en las facciones del niño y arremetía contra él sin piedad. Los golpes eran brutales. Sin embargo, las marcas púrpuras que florecían en el rostro y el cuerpo de Gerónimo no dolían tanto como las grietas de su espíritu destrozado.

El trauma comenzó a manifestarse de noche. El niño sufría de pesadillas espantosas, terrores nocturnos y un sonambulismo severo que se volvía cada vez más peligroso. Más de una vez había despertado herido tras rodar por las escaleras en un trance inconsciente. Cristin, lejos de compadecerse, lo mantenía en un encierro absoluto. Su único escape era un viejo televisor, donde el niño consumía, con una fascinación extraña y creciente, contenidos cargados de violencia extrema.

Pero el horror no era exclusivo de Gerónimo. Cristin también era devorada por sus propios demonios nocturnos. Solía despertar gritando, sumida en pánicos ciegos que la empujaban a buscar el suicidio de manera inmediata. Era un espectáculo escalofriante para un niño de diez años quien, atrapado en esa misma frecuencia de dolor, albergaba en secreto los mismos deseos de desaparecer.

Aun así, el amor que Gerónimo sentía por ella sobrevivía de forma casi enferma entre la sangre y los gritos. Tenía que salvarla. Tenía que salvarse a sí mismo. Esa misma noche, mientras veía la lluvia golpear el vidrio, una idea fija y macabra comenzó a germinar en su mente. Tenía que lograr, a cualquier precio, que su madre dejara de estar triste.

Deseaba, con toda la fuerza de su alma, verla sonreír una última vez. Aunque tuviera que dibujarle la sonrisa él mismo.



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En el texto hay: miedo, horror y sangre, horror y terror

Editado: 29.07.2026

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