Gerónimo había desarrollado una rutina casi obsesiva: cada día observaba a su madre con detenimiento. Analizaba la forma en que hablaba, sus silencios, sus gestos y hasta la manera en que caminaba por la casa. No lo hacía por desconfianza ni por miedo. Lo hacía con la esperanza de comprender qué la consumía y descubrir la manera de devolverle una pizca de felicidad.
Una tarde reunió el valor suficiente para acercarse a ella. Solo quería hacerle una pregunta. Ni siquiera alcanzó a abrir la boca.
—¡Lárgate de aquí! ¡Déjame en paz! —gritó Cristin, acompañando cada palabra con insultos que desgarraban mucho más que cualquier golpe.
Gerónimo permaneció inmóvil durante unos segundos. Sintió cómo la garganta se le cerraba y los ojos comenzaban a arder. Después corrió hasta su habitación, donde rompió en un llanto incontenible. No había buscado una explicación ni un regalo. Solo necesitaba un poco de cariño. Un abrazo. Una palabra de afecto. Pero su madre únicamente parecía conocer los gritos.
La noche terminó envolviendo la casa con un silencio espeso, y el cansancio acabó venciendo al pequeño.
No supo cuánto tiempo había pasado cuando un estruendo lo arrancó del sueño.
Abrió los ojos de golpe. La oscuridad era absoluta. Durante unos segundos permaneció sentado sobre la cama, inmóvil, intentando comprender qué ocurría.
Entonces volvió a escucharlo.
Golpes. Golpes violentos. Secos. Desesperados. Procedían de la habitación de Cristin. Algo chocaba contra las paredes una y otra vez. Después venía otro impacto, seguido del estrépito de muebles desplomándose y objetos haciéndose añicos. Cada sonido hacía vibrar la madera de la casa. Cada golpe parecía más fuerte que el anterior.
Y entonces llegó la risa.
Una carcajada enfermiza. Descontrolada. Inhumana. Cristin reía con una alegría imposible mientras el caos continuaba al otro lado del pasillo. Cada estruendo era acompañado por otra carcajada, más aguda, más rota, más perturbadora.
Gerónimo sintió que el miedo comenzaba a paralizarlo. Aquella no era la voz de su madre. O quizá sí… Y eso era todavía peor.
De repente, los golpes cesaron. El silencio cayó sobre la casa con una calma insoportable. Entonces comenzó a escuchar pasos. Lentos. Pesados. Deliberados. Cada uno resonaba con una precisión escalofriante.
Tac… Tac… Tac…
No se alejaban. Se acercaban. El corazón de Gerónimo comenzó a golpearle el pecho con tanta fuerza que creyó que podía escucharse desde el otro lado de la puerta. Los pasos se detuvieron justo frente a su habitación. Él se cubrió completamente con las cobijas, ocultando incluso el rostro mientras todo su cuerpo temblaba sin control.
Entonces escuchó el chirrido. La puerta se estaba abriendo. Muy despacio. Como si quien estuviera al otro lado quisiera prolongar su miedo durante el mayor tiempo posible.
Gerónimo contuvo la respiración.
¡BANG!
La puerta se abrió de un solo golpe. La habitación volvió a llenarse con aquella risa insoportable. Cristin se acercó lentamente a la cama. Gerónimo sintió unas manos recorrer las cobijas, palmeando su cuerpo con una lentitud enfermiza mientras una voz dulce, completamente incompatible con aquella risa, susurraba:
—Ven, hijito… hijito amado… ven a darle un beso de buenas noches a mami…
Y volvía a reír. Aquella risa parecía deslizarse por sus oídos para clavarse directamente en su mente. No era una simple carcajada. Era un sonido capaz de congelar la sangre.
Después de varios segundos que parecieron eternos, Cristin arrancó las cobijas de un tirón. Gerónimo abrió los ojos… Y aquella imagen quedó grabada para siempre en lo más profundo de su memoria.
Su madre tenía el rostro completamente destrozado. Un ojo estaba tan inflamado que apenas podía abrirse. La piel aparecía cubierta de hematomas y heridas recientes. La sangre descendía lentamente desde su frente, recorría sus mejillas y terminaba deslizándose hasta su boca. Cada vez que reía, parte de aquella sangre desaparecía entre sus labios. Como si saborearla le produjera placer.
Gerónimo lanzó un grito desgarrador. Corrió por toda la casa sin mirar atrás hasta refugiarse en el baño. Se encerró allí, temblando de pies a cabeza. Respiraba con dificultad. Su mirada permanecía perdida en un punto invisible mientras el terror lo iba vaciando por dentro.
Entonces la puerta del baño se abrió. Cristin estaba allí. Seguía sonriendo. Gerónimo volvió a huir. Corrió desesperadamente por el pasillo hacia su habitación mientras escuchaba a su madre perseguirlo. Pero había algo aún más aterrador: cada pocos pasos, Cristin estrellaba su cabeza contra las paredes. Una… otra… y otra vez. Los impactos resonaban por toda la casa con una violencia insoportable, haciendo vibrar la madera. Y aun así… nunca dejaba de reír.
Gerónimo alcanzó por fin su habitación. Cerró la puerta de un portazo. Arrastró una silla y la encajó bajo la manija con las pocas fuerzas que le quedaban. Apenas terminó de hacerlo, los golpes comenzaron.
¡BUM! ¡BUM! ¡BUM!
La puerta se sacudía con una fuerza monstruosa. Entre un golpe y otro, la voz de Cristin volvía a escucharse desde el otro lado.
—Hijito… hijito amado… ábrele a mami…
La risa de su madre permaneció resonando en la mente de Gerónimo durante toda la noche.