Despierta, Mamá

El Lagarto

Cuando amaneció, Gerónimo no quiso salir de su habitación. Permaneció sentado sobre la cama durante varios minutos, reuniendo el valor suficiente para abandonar aquel único lugar que todavía sentía seguro. Solo salió porque necesitaba ir al baño.

Al atravesar el pasillo encontró a su madre sentada en la sala. Permanecía completamente inmóvil. Tenía el cuerpo rígido y la cabeza inclinada hacia arriba, con los ojos clavados en el techo. Ni siquiera parpadeaba. Era como si estuviera observando algo que solo ella podía ver.

Gerónimo levantó lentamente la vista. El techo era completamente normal. No había nada. Al menos… nada que él pudiera distinguir.

Después de salir del baño intentó regresar a su habitación, pero entonces escuchó algo. Murmullos. Provenían del cuarto de su madre. Se detuvo en seco. Era imposible: Cristin seguía sentada en la sala, inmóvil, perdida en aquel extraño trance. Entonces… ¿quién hablaba dentro de la habitación?

Una sensación helada recorrió su espalda. Durante varios segundos luchó contra el miedo, hasta que la curiosidad terminó imponiéndose. Se acercó lentamente. Cada paso parecía resonar demasiado fuerte. Finalmente, asomó apenas la cabeza por el marco de la puerta.

Y el mundo pareció detenerse. Había alguien sentado sobre la cama. Era una silueta humana. Completamente inmóvil. Gerónimo sintió que el aire desaparecía de sus pulmones. Aquello no podía ser real. Vivían completamente solos. Cristin jamás llevaba visitas a la casa.

Retrocedió de inmediato. Corrió desesperadamente hacia su habitación. Sin embargo, antes siquiera de cruzar el umbral, una presencia lo obligó a detenerse. Ya estaba allí. Esperándolo. O eso creyó. La sombra se alargó, distorsionándose en las esquinas de su visión, y por un instante, la forma de un lagarto erguido sobre dos patas pareció materializarse en el umbral. ¿Era real o un truco de la luz, un eco de su mente atormentada? La criatura, o lo que Gerónimo percibía como tal, era alta y antinatural. Su cuerpo recordaba vagamente al de un enorme lagarto erguido sobre dos patas. Vestía ropas negras, desgastadas y húmedas, que parecían absorber la escasa luz de la habitación. De su mandíbula caía una baba espesa y putrefacta cuyo olor hacía revolverse el estómago. Cada respiración emitía un sonido viscoso, como si algo se estuviera descomponiendo dentro de su garganta.

Entonces habló. Su voz era grave. Rota. Como si varias voces susurraran al mismo tiempo.

—Mmm… muchacho… debes de tener un sabor… delicioso…

La criatura dejó escapar una carcajada. Gerónimo sintió que el corazón se detenía por un instante. Era exactamente la misma risa. La misma que había escuchado salir de la boca de su madre durante la noche. Una idea comenzó a abrirse paso en su mente: ¿y si aquella risa nunca había pertenecido realmente a Cristin? ¿Y si aquello era lo que habitaba dentro de ella?

Un escalofrío le recorrió todo el cuerpo. Los ojos del monstruo permanecían fijos sobre él. No tenían pupilas. Solo una oscuridad absoluta. Un negro tan profundo que parecía tragarse la luz.

O quizá eran simplemente los ojos de un niño que llevaba demasiado tiempo mirando la oscuridad.

Gerónimo fue incapaz de moverse. Sentía que cualquier gesto, por pequeño que fuera, provocaría el ataque de aquella cosa. El tiempo dejó de existir. No sabía si habían pasado segundos o minutos. Hasta que, poco a poco, logró recuperar el control de sus piernas. Retrocedió un paso. Luego otro. Y de repente salió corriendo mientras lanzaba un grito desgarrador.

Se encerró en el baño. Permaneció allí durante horas. Llorando. Temblando. Con la espalda apoyada contra la puerta y las manos cubriéndole los oídos, como si así pudiera impedir que aquella voz regresara.

Cuando finalmente reunió el valor para salir, la casa parecía completamente vacía. Cristin ya no estaba en la sala. La criatura también había desaparecido.

Gerónimo respiraba con dificultad. Su mente era incapaz de comprender qué estaba ocurriendo. ¿Había sido real? ¿O estaba comenzando a perder la razón? Era demasiado pequeño para responder a una pregunta semejante. Y quizá… ni siquiera quien leyera esta historia sería capaz de hacerlo.



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En el texto hay: miedo, horror y sangre, horror y terror

Editado: 29.07.2026

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