Despierta, Mamá

El Espejo

El agotamiento terminó venciendo al miedo. Regresó a su habitación y cayó profundamente dormido. Cuando despertó, la casa seguía sumida en un inquietante silencio. Salió nuevamente. Buscó a su madre en cada rincón de la vivienda. No estaba. Cada habitación vacía aumentaba su ansiedad. Se acurrucó en uno de los sofás de la sala y esperó. Sin darse cuenta, terminó quedándose dormido.

Algún tiempo después sintió una mano sacudiendo su hombro. Abrió lentamente los ojos. Era Cristin. Había regresado. Su rostro seguía cubierto de golpes e inflamaciones. Gerónimo fue incapaz de mirarla directamente. Una culpa inmensa comenzó a consumirlo. No entendía por qué, pero sentía que todo aquello era culpa suya. Sin decir una palabra, obedeció cuando ella le ordenó regresar a su habitación.

Transcurrieron varios minutos. Entonces se levantó lentamente y caminó hasta el espejo. Se sentó frente a él. Observó fijamente su propio reflejo. No pestañeaba. Su expresión comenzó a cambiar poco a poco. Como si una idea estuviera naciendo dentro de su mente.

Esbozó una leve sonrisa. Pero, de un instante a otro, aquella sonrisa desapareció. Comenzó a llorar. Después el llanto se transformó en desesperación. Su respiración se volvió caótica. El pecho le dolía. Sentía que el aire no alcanzaba para llenar sus pulmones.

Y, dominado por el pánico… estrelló violentamente su rostro contra el espejo.

El cristal explotó. Fragmentos afilados se incrustaron en su piel. La sangre comenzó a deslizarse por su cara mientras el dolor desaparecía bajo una extraña sensación de alivio. El estruendo alertó a Cristin. La puerta se abrió de golpe.

—¡¿Qué has hecho, estúpido?! —gritó con rabia.

Lo sujetó con brusquedad y comenzó a arrancarle uno por uno los fragmentos de vidrio incrustados en el rostro. Gerónimo gritaba de dolor. Cada trozo arrancado abría nuevas heridas. La sangre corría por su cuello, empapando la ropa y las manos de su madre. Aun así, Cristin jamás pensó en llevarlo a un hospital. Solo limpió las heridas de cualquier manera, colocó unas gasas sobre los cortes y dio todo por terminado.

Horas después, Gerónimo volvió a mirarse en el espejo del baño. Las vendas cubrían parte de su rostro. Una tenue sonrisa apareció lentamente. Se observó durante varios segundos. Luego susurró con una dulzura inquietante:

—Ahora me parezco a mami…

Hizo una pausa.

—Ya no es la única que se lastima…

Otra sonrisa. Más amplia. Más extraña.

—Ella pronto estará mejor… Yo también seré un niño bueno… y entonces podremos ser felices.

Continuó contemplando su reflejo. Sin apartar la vista. Sin dejar de sonreír. En aquel instante, la inocencia que alguna vez había existido en los ojos de Gerónimo comenzó a desaparecer. En su lugar nació una expresión imposible de encontrar en un niño. Una mirada vacía. Perturbadora. Cruel. La clase de mirada que hacía pensar que, tal vez, el verdadero monstruo no era el que se arrastraba en las sombras, sino el que se forjaba en el silencio de un hogar roto. Los médicos, años después, intentarían descifrar el origen de esa mirada, atribuyéndola a los primeros episodios de un trastorno disociativo, una defensa psíquica ante un trauma insoportable. Pero para Gerónimo, en ese momento, solo era el reflejo de una promesa cumplida: la de no estar solo en su dolor, la de compartir la carga con la única persona que conocía. Y el lagarto, en algún rincón de su mente, sonreía también, sabiendo que su regreso estaba asegurado, no como una aparición externa, sino como una semilla plantada en el alma de un niño.



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En el texto hay: miedo, horror y sangre, horror y terror

Editado: 29.07.2026

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