Gerónimo permanecía acurrucado junto a la entrada del baño. Las rodillas apretadas contra el pecho. Los brazos rodeando sus piernas. La mirada perdida. Había pasado horas enteras allí, incapaz de levantarse. El eco de la risa del lagarto, o de la risa de su madre, o de ambas, aún resonaba en sus oídos. El miedo se había instalado en cada fibra de su ser, pero una extraña curiosidad, una necesidad de entender, comenzaba a roerlo por dentro.
De repente, un ruido lo sobresaltó. Provenía del baño. Un golpe seco, seguido de un arrastre. Gerónimo contuvo la respiración. ¿Había regresado? ¿O era su mente, una vez más, jugando con él? Se arrastró lentamente, asomando apenas la cabeza por el umbral. La oscuridad era casi total, pero pudo distinguir una silueta. Alta. Distorsionada. El lagarto. Estaba allí, en el centro del baño, y con una de sus garras señalaba insistentemente una esquina del suelo.
Gerónimo sintió un escalofrío. La criatura no se movía, solo señalaba, con una fijeza que le helaba la sangre. Entonces, de la nada, un grito desgarrador rompió el silencio de la casa. Era Cristin. Sus ojos se abrieron de golpe, llenos de un terror que Gerónimo nunca había visto. Y en ese instante, la silueta del lagarto se desvaneció, como si nunca hubiera existido. Solo quedó el silencio. Un silencio mucho más aterrador que cualquier grito, porque dejaba la duda de lo que había sido real y lo que no.