La curiosidad había terminado venciendo al miedo. Después de recordar el gesto de la criatura señalando la esquina, Gerónimo no pudo detenerse. Necesitaba saber qué ocultaba aquella casa. Qué era aquello que el espantoso ser, real o imaginario, había intentado mostrarle. Con manos temblorosas tomó un martillo y comenzó a romper el cemento. Cada golpe resonaba por toda la vivienda. El polvo cubría su ropa. La tierra comenzó a ceder lentamente.
Y entonces lo encontró.
Un esqueleto humano. Permanecía oculto bajo el suelo desde hacía muchos años. Los huesos conservaban restos de ropa completamente descompuesta. Gerónimo sintió que el aire abandonaba sus pulmones. Las lágrimas comenzaron a deslizarse por sus mejillas. No podía apartar la vista.
Hasta que algo llamó su atención. En uno de los dedos del esqueleto aún permanecía un anillo de matrimonio. El mismo. Exactamente el mismo que seguía usando Cristin todos los días.
Gerónimo sintió que el mundo entero se derrumbaba. Recordó todas las veces que su madre le había dicho que su padre los había abandonado. Que un día simplemente decidió marcharse. Que jamás quiso volver a buscarlos.
Era mentira.
Aquellos huesos jamás habían salido de esa casa.
Su padre había permanecido allí todo el tiempo.
El horror fue tan grande que su mente dejó de reaccionar. Permaneció inmóvil durante horas. Ni siquiera notó cómo la oscuridad desaparecía poco a poco mientras la luz de la mañana comenzaba a entrar por las ventanas.
Cuando Cristin despertó y salió de su habitación, encontró a su hijo exactamente donde lo había dejado. No entendía qué hacía sentado frente al baño. Entonces notó la tierra que cubría su ropa. Sus manos. Sus zapatos. Su expresión cambió de inmediato. Sin decir una palabra caminó lentamente hasta el baño. Miró el enorme agujero abierto en el suelo.
Y lo vio.
El esqueleto. Sus piernas dejaron de sostenerla. Cayó de rodillas. Un grito ahogado escapó de su garganta mientras las lágrimas comenzaban a brotar sin control. No era miedo. Era culpa. Una culpa que llevaba enterrada durante años… exactamente igual que aquel cadáver.
Durante varios minutos ninguno de los dos dijo una sola palabra. Solo podían escucharse los sollozos de Cristin. Finalmente, respiró profundamente. Se acercó a Gerónimo. Lo tomó suavemente del brazo. Ya no había rabia en sus movimientos. Solo desesperación.
—¿Por qué…? —preguntó con la voz quebrada—. ¿Por qué abriste esa tumba…?
Gerónimo giró lentamente el rostro. Sus ojos estaban vacíos. No parecían los de un niño.
—Porque alguien quería que la encontrara.
Cristin sintió un escalofrío recorrer todo su cuerpo.
—¿Quién…?
Gerónimo tardó varios segundos en responder.
—El lagarto.
Cristin cerró los ojos. Todo su cuerpo comenzó a temblar. No de ira. De terror. Por primera vez comprendió que el secreto que había intentado ocultar durante tantos años ya no podía permanecer enterrado. La revelación del lagarto, como una entidad que manipula la verdad, se volvía tan real como el cadáver bajo el suelo. O quizás, era la manifestación de la culpa que ambos compartían, una culpa que había tomado forma para desenterrar la verdad.