Despierta, Mamá

Solo La Verdad

Cristin tomó con delicadeza las manos de su hijo. Se dejó caer junto a él. Respiró varias veces intentando reunir el valor suficiente. Cuando volvió a abrir los ojos, ya no quedaba espacio para las mentiras.

—Tienes derecho a saberlo todo… —susurró con la voz rota—. Aunque después de escucharme… quizá jamás vuelvas a verme como tu madre.

Gerónimo la observó fijamente. Solo hizo una pregunta. Una pregunta que llevaba años esperando una respuesta.

—¿Por qué mataste a papá…?

Cristin rompió a llorar. Y, por primera vez desde que todo había comenzado, decidió contar la verdad.

Permaneció largo rato en silencio. Las lágrimas caían sobre sus manos sin que intentara secarlas. Respiraba con dificultad. Cada vez que abría la boca para hablar, las palabras parecían quedarse atrapadas en su garganta. Finalmente, levantó la mirada hacia el esqueleto.

—Yo amaba a tu padre… más de lo que jamás he amado a nadie. Y ese fue mi mayor error.

Hizo una pausa. El peso de los recuerdos parecía aplastarla.

—Cuando lo conocí era amable, atento… Me hacía sentir protegida. Yo era muy joven, demasiado ingenua para darme cuenta de quién era realmente. Después naciste tú… y todo cambió. Ni siquiera estuvo presente el día de tu nacimiento. Desapareció durante meses. Pensaba que nos había abandonado… pero un día volvió como si nada hubiera ocurrido. Con el tiempo descubrí que tenía otras dos familias. Otras mujeres… otros hijos. Nosotros nunca fuimos los únicos.

Las lágrimas volvieron a brotar.

—Aun así… seguía amándolo. Aquella confesión parecía dolerle más que cualquier otra. Después comenzaron los golpes. Al principio eran empujones… luego bofetadas… después cualquier cosa podía hacerlo perder el control. Muchas noches me encerraba contigo para que no nos encontrara.

Gerónimo sintió un nudo en la garganta. No recordaba nada de aquello. Era demasiado pequeño.

—Con el tiempo empezó a desquiciarse. Decía que yo lo engañaba. No importaba cuánto intentara convencerlo de lo contrario. Las manos de Cristin comenzaron a temblar. Una noche perdió completamente la razón. Tomó un cuchillo. Dijo que, si no era de él… no sería de nadie. Corrí hacia la puerta contigo en brazos. Solo quería escapar. Pero él me alcanzó. Me arrancó de tus brazos. Todavía puedo escuchar cómo llorabas…

Cristin rompió nuevamente en llanto. Le costó varios minutos recuperar la voz.

—Te levantó sujetándote con un solo brazo… mientras con la otra mano sostenía el cuchillo. Dijo que primero te mataría a ti. Y después a mí.

Gerónimo sintió que el corazón se detenía.

—No pensé… No razoné… Solo vi unas tijeras sobre la mesa. Las tomé… Y las clavé en su espalda. Una vez. Luego otra. Y otra. Y otra más. Hasta que dejó de moverse.

La casa quedó completamente en silencio.

—Cuando reaccioné… comprendí lo que había hecho. Había matado al hombre que amaba. Y también al monstruo que quería destruirnos. Las dos cosas eran ciertas. Quise llamar a la policía. Lo intenté muchas veces. Pero cada vez que imaginaba que te separarían de mí… me paralizaba. Pensé que crecerías solo. Que terminarías en un hogar. Y tuve miedo. Muchísimo miedo. Por eso hice lo peor que podía hacer. Lo enterré aquí. Debajo del baño. Y mentí. Te dije que nos había abandonado. Durante años repetí esa mentira tantas veces… que terminé intentando creerla yo misma.

Las lágrimas no dejaban de caer. Pero aún no había terminado. Su rostro cambió. Ahora el miedo era distinto. Más profundo.

—Después empezó lo verdaderamente horrible. La culpa me estaba destruyendo. No podía dormir. Escuchaba pasos por las noches. Pensaba que tu padre había regresado. Busqué personas que decían comunicarse con los muertos. Solo quería pedirle perdón. Solo quería escuchar su voz una última vez.

Su respiración comenzó a quebrarse.

—Hicimos sesiones espiritistas. Rezamos. Invocamos. Abrimos puertas que jamás debieron abrirse. Y entonces apareció… el lagarto.

La habitación pareció enfriarse.

—Al principio creí que era tu padre. Pero no lo era. Nunca lo fue. Era algo diferente. Algo antiguo. Algo que parecía alimentarse de nuestra culpa. De nuestro miedo. De nuestro odio.

Cristin volvió a mirar a Gerónimo.

—No sé si era un demonio… No sé si era producto de mi mente destrozada… No sé si ambas cosas pueden existir al mismo tiempo. Solo sé que estaba allí. Yo lo veía. Lo escuchaba. Hablaba conmigo. Y, con el paso de los años, empecé a notar que tú también lo mirabas cuando eras pequeño.

Hizo una pausa larga. Cuando volvió a hablar, su voz era apenas un susurro.

—Hay una enfermedad que se hereda, Gerónimo. No siempre. No en todos los casos. Pero existe. Una enfermedad que hace que la mente construya cosas que no están ahí. Que hace que lo que ves sea tan real como lo que toco yo ahora mismo. Los médicos tienen un nombre para eso. Yo nunca quise pronunciarlo porque pronunciarlo significaba aceptar que quizá te lo había pasado. Que quizá el lagarto no era algo que estaba fuera de nosotros… sino algo que vivía dentro.

Aquella duda era mucho más aterradora que cualquier respuesta.

Cristin tomó con delicadeza las manos de su hijo.

—Si todo fue real… te arrastré conmigo al infierno. Y si todo estaba únicamente dentro de mi cabeza… entonces también destruí la tuya. No existe un perdón capaz de reparar eso.

Gerónimo rompió a llorar. Por primera vez no veía a su madre como un monstruo. Solo veía a una mujer completamente rota. Una mujer que llevaba demasiados años prisionera de su culpa. Sin decir una palabra, la abrazó. Cristin respondió al abrazo con una fuerza desesperada.

Ambos lloraron durante horas. Lloraron por el hombre que murió. Por la infancia que jamás existió. Por todas las noches de terror. Por las heridas. Por las mentiras. Y por la esperanza de que, quizá, todavía quedara una oportunidad para empezar de nuevo lejos de aquella casa.



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En el texto hay: miedo, horror y sangre, horror y terror

Editado: 29.07.2026

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