Las horas transcurrieron lentamente. Ninguno de los dos volvió a mencionar el pasado. Habían llorado tanto que ya no les quedaban lágrimas. Solo un profundo agotamiento. Sin embargo, por primera vez en muchos años, la casa parecía distinta. Más silenciosa. Más ligera. Como si el peso de aquel secreto hubiera abandonado por fin las paredes.
Cristin tomó aire profundamente.
—Nos iremos mañana.
Gerónimo levantó la vista. Ella sonrió. Era una sonrisa pequeña. Frágil. Pero sincera. Quizá la primera sonrisa auténtica que él recordaba haber visto en toda su vida.
Pasaron el resto de la tarde preparando algunas maletas. Guardaron fotografías. Ropa. Un par de juguetes que Gerónimo todavía conservaba. El viejo anillo de matrimonio quedó olvidado junto al esqueleto, como si perteneciera definitivamente al pasado.
Cuando terminaron de empacar, ambos se sentaron en la sala. Hablaron durante horas. Recordaron los pocos momentos felices que podían rescatar. Inventaron otros que nunca habían ocurrido. Se permitieron soñar con una vida distinta. Una vida donde nadie gritara. Donde nadie sintiera miedo de dormir. Donde la culpa dejara de perseguirlos.
Cristin le preguntó qué quería ser cuando fuera grande. Gerónimo pensó un momento y dijo que quería ser alguien que ayudara a niños que vivieran solos con el miedo. Cristin no respondió. Solo lo miró durante un largo rato con una expresión que él nunca había visto en ella. Algo parecido al orgullo.
Después Cristin le preparó algo de cenar. Comieron juntos por primera vez en años. Sin gritos. Sin insultos. Sin el olor permanente del alcohol. Solo la luz tenue de la cocina y el sonido de los cubiertos sobre los platos.
Gerónimo lavó los platos. Cristin lo observó desde la puerta. Ninguno de los dos habló, pero el silencio ya no pesaba igual que antes. Era un silencio distinto. Casi tibio.
Antes de despedirse, Cristin se acercó lentamente. Le acarició el cabello. Después besó suavemente su frente.
—Buenas noches, hijo.
Gerónimo quedó inmóvil. Nunca… nunca recordaba haber recibido un beso de buenas noches. Sintió un nudo en la garganta. Las lágrimas comenzaron a caer otra vez. Pero esta vez no eran de miedo. Eran de felicidad.
—Buenas noches, mamá.
Cristin apagó la luz de su habitación. Gerónimo hizo lo mismo. Y, durante unas horas… la casa permaneció completamente en silencio.
Un ruido lo despertó.
Abrió lentamente los ojos. La oscuridad era absoluta. Miró el reloj. Eran las tres y diecisiete de la madrugada. Necesitaba ir al baño. Salió descalzo de su habitación procurando no hacer ruido. Mientras regresaba por el pasillo… escuchó algo.
Un forcejeo. Muy leve. Provenía del cuarto de Cristin. Se quedó inmóvil. El corazón comenzó a acelerarse. La puerta estaba entreabierta. Se acercó lentamente. Miró por la rendija.
Y sintió que el mundo se detenía.
Un hombre vestido completamente de negro estaba inclinado sobre la cama. Con ambas manos presionaba una almohada contra el rostro de Cristin. Ella se retorcía desesperadamente. Intentaba respirar. Intentaba gritar. Pero apenas conseguía mover los brazos.
Gerónimo sintió que todo su cuerpo comenzaba a temblar.
No… No podía volver a perderla. No ahora. No después de haberla recuperado.
Retrocedió lentamente. Corrió hasta la cocina. Tomó el primer cuchillo que encontró. Las manos le temblaban tanto que estuvo a punto de dejarlo caer. Respiraba con desesperación. Las imágenes de toda su infancia comenzaron a mezclarse dentro de su cabeza. El lagarto. Los gritos. La sangre. El baño. El esqueleto. Todo giraba a su alrededor.
Volvió corriendo. Entró al cuarto lanzando un grito desgarrador.
—¡¡¡SUÉLTALA!!!
Cerró los ojos. Y se lanzó con todas sus fuerzas. Sintió el cuchillo atravesar algo blando. Una vez. Otra. Y otra más. No dejó de atacar. Lloraba. Gritaba. Cada puñalada iba acompañada de un desesperado:
—¡¡¡Déjala!!!
—¡¡¡Déjala!!!
—¡¡¡Déjala!!!
Hasta que todo quedó inmóvil.
El silencio volvió a llenar la habitación. Gerónimo permanecía jadeando. Su respiración era tan fuerte que apenas escuchaba el sonido de sus propios latidos. Abrió los ojos como si despertara de un sueño, como si reaccionara del sonambulismo. La oscuridad aún lo envolvía, pero la silueta del hombre ya no estaba. Solo quedaba Cristin, inmóvil en la cama. El cuchillo, aún en su mano, goteaba sangre. La escena era confusa, borrosa, como un mal sueño del que no podía despertar. El agotamiento lo venció, y cayó de rodillas, el cuchillo resbalando de sus dedos entumecidos.
No había ningún hombre. No había ningún intruso. Solo estaba Cristin. Tendida sobre la cama. Su pecho inmóvil. Su ropa completamente empapada de sangre. El cuchillo seguía clavado en sus manos.
Gerónimo retrocedió tambaleándose. Negó una y otra vez con la cabeza.
—No… No… No… Esto no puede estar pasando… Despierta mamá, Despiertaaaa!
Entonces levantó la vista. Frente a la puerta, apenas iluminado por la tenue luz que entraba desde el pasillo…
El lagarto permanecía observándolo.
No sonreía. No hablaba. Solo inclinó lentamente la cabeza. Como si contemplara una obra que llevaba demasiado tiempo esperando terminar. Y, por primera vez… Gerónimo creyó ver algo parecido a satisfacción en aquellos ojos negros como el vacío.
La criatura levantó una de sus enormes garras. Muy despacio. Y señaló al niño. Después… desapareció. Como si nunca hubiera estado allí.
Gerónimo cayó de rodillas junto al cuerpo de su madre. La abrazó con desesperación. Lloró hasta quedarse sin voz.
Sin comprender si había destruido aquello que más amaba porque un monstruo lo había manipulado durante años…
O si simplemente su mente, enferma y heredada, había construido una vez más lo que necesitaba ver para hacer lo que una parte suya, en algún rincón oscuro, ya había decidido.
El lagarto nunca respondió esa pregunta. Quizá porque la respuesta era demasiado humana para que un monstruo pudiera cargar con ella.