Despierta tu Conciencia

CAPÍTULO 1 El día en que dejaste de escucharte

Hay despertares que ocurren por la mañana y otros que suceden muchos años después de haber abierto los ojos.
El primero necesita solamente que salga el sol. El segundo necesita que algo dentro de nosotros se canse de vivir dormido.
Durante mucho tiempo creemos que estar despiertos significa levantarnos temprano, cumplir nuestras obligaciones, responder mensajes, trabajar, pagar cuentas, ocuparnos de los demás, regresar a casa, cenar, mirar alguna pantalla y finalmente cerrar los ojos para comenzar nuevamente al día siguiente. Aprendemos a funcionar. Aprendemos a resistir. Aprendemos a decir “estoy bien” incluso cuando algo en nuestro interior lleva demasiado tiempo pidiendo ayuda.
Y, sin darnos cuenta, podemos convertirnos en expertos en vivir hacia afuera mientras nos vamos perdiendo por dentro.
Quizás eso te haya sucedido.
Quizás todavía te esté sucediendo.
Tal vez has llegado hasta este libro porque un día descubriste que estabas cansado de una manera que dormir no podía solucionar.
No era solamente cansancio físico.
Era otra cosa.
Una especie de agotamiento silencioso.
El cansancio de sostener una vida que por momentos parecía demasiado pesada.
El cansancio de sonreír cuando querías llorar.
El cansancio de aparentar seguridad cuando tenías miedo.
El cansancio de intentar satisfacer expectativas que ni siquiera sabías si eran realmente tuyas.
El cansancio de recordar conversaciones que ya habían terminado, personas que ya se habían ido y oportunidades que ya no podían regresar.
El cansancio de preguntarte qué habías hecho mal.
Y quizá, sobre todo, el cansancio de haber pasado tanto tiempo intentando ser para todos los demás aquello que necesitaban, mientras tú mismo ibas quedando para después.
“Después descansaré.”
“Después me ocuparé de mí.”
“Después cambiaré.”
“Después viajaré.”
“Después haré aquello que realmente deseo.”
“Después seré feliz.”
Pero la vida tiene una costumbre misteriosa: si siempre dejamos nuestra propia vida para después, algún día podemos descubrir que hemos pasado años esperando el momento adecuado para comenzar a vivir.
Y entonces aparece una pregunta.
No siempre llega con dramatismo.
A veces aparece una noche cualquiera, mientras estás solo.
A veces surge después de una conversación.
A veces mientras conduces.
A veces en medio de una enfermedad, una pérdida, una separación, un fracaso o un cambio inesperado.
A veces aparece simplemente cuando miras tu rostro en el espejo y, por un instante, sientes que estás observando a alguien conocido, pero distante.
La pregunta es sencilla:
“¿En qué momento dejé de escucharme?”
Quizás esa pregunta sea el comienzo del despertar.
No porque tenga una respuesta inmediata, sino porque por primera vez en mucho tiempo estás dispuesto a escucharla.
Había una vez una mujer llamada Elena.
Tenía cuarenta y nueve años y una vida que, desde afuera, parecía ordenada.
Tenía trabajo, una casa pequeña y cálida, dos hijos adultos y una agenda que siempre estaba llena.
Era de esas personas a las que todos llamaban cuando necesitaban algo.
Si alguien estaba enfermo, Elena aparecía.
Si alguien necesitaba hablar, Elena escuchaba.
Si alguien tenía un problema, Elena buscaba una solución.
Si alguien necesitaba ayuda, Elena decía que sí.
Casi siempre decía que sí.
Lo hacía porque había aprendido desde muy joven que ser necesaria era una forma de sentirse querida.
Nadie se lo había enseñado con palabras.
Lo había aprendido lentamente.
Cuando era niña, su madre atravesaba momentos difíciles y Elena había comenzado a cuidar de sus hermanos menores. Aprendió a no generar problemas. Aprendió a ser responsable. Aprendió a tragarse el llanto cuando los demás estaban preocupados.
Cada vez que renunciaba a algo suyo para ayudar a alguien, recibía una mirada de agradecimiento.
Y esa mirada se convirtió en una especie de alimento emocional.
Con los años, Elena empezó a confundir amor con sacrificio.
No porque no supiera amar.
Precisamente porque amaba profundamente.
El problema era que había aprendido a entregar tanto que ya no sabía qué necesitaba recibir.
Una tarde de otoño salió de su trabajo más tarde de lo habitual.
Había sido un día agotador.
Una compañera le había pedido que cubriera una tarea.
Un vecino le había escrito para pedirle ayuda.
Su hijo le había llamado preocupado por una situación personal.
Una amiga necesitaba hablar.
Y, antes de salir, su jefe le había pedido que al día siguiente llegara un poco más temprano.
Elena había respondido que sí a todo.
Como siempre.
Subió al automóvil, cerró la puerta y permaneció varios segundos sin encender el motor.
Afuera llovía.
Las gotas descendían lentamente por el parabrisas, deformando las luces de los vehículos estacionados.
Por primera vez en mucho tiempo no tenía a nadie frente a quien sonreír.
No tenía que resolver nada.
No tenía que responder.
No tenía que tranquilizar a nadie.
Solamente estaba ella.
Y entonces sucedió algo extraño.
Comenzó a llorar.
No fue un llanto ruidoso.
Fue un llanto silencioso, casi tímido, como si incluso sus lágrimas tuvieran miedo de molestar.
Se llevó una mano al pecho.
Respiró.
Y entre sollozos dijo:
“No puedo más.”
La frase quedó suspendida dentro del automóvil.
“No puedo más.”
La repitió.
Esta vez con mayor claridad.
Y algo dentro de ella se quebró.
Pero no fue una ruptura destructiva.
Fue la ruptura de una mentira que había sostenido durante años.
La mentira de que podía con todo.
La mentira de que siempre tenía que ser fuerte.
La mentira de que decir “no” significaba dejar de ser buena.
La mentira de que descansar era perder el tiempo.
La mentira de que atenderse a sí misma era egoísmo.
Elena lloró durante varios minutos.
Después respiró profundamente.
Y por primera vez en mucho tiempo se hizo una pregunta sin pensar inmediatamente en la respuesta:
“¿Qué necesito yo?”
No supo qué decir.
Y eso la asustó.
Porque sabía exactamente qué necesitaban los demás.
Sabía qué necesitaban sus hijos.
Sabía qué necesitaba su madre.
Sabía qué necesitaban sus amigos.
Sabía qué necesitaba su trabajo.
Pero cuando alguien le preguntaba qué necesitaba Elena, casi siempre respondía:
“Estoy bien.”
Aquella tarde comprendió algo que cambiaría su vida:
decir “estoy bien” no siempre significa estar bien.
A veces significa “no sé cómo explicar lo que me pasa”.
A veces significa “no quiero preocupar a nadie”.
A veces significa “tengo miedo de reconocer lo que siento”.
Y a veces significa simplemente “me olvidé de preguntármelo”.
Elena encendió el automóvil.
No cambió de vida aquella noche.
No renunció a su trabajo.
No vendió su casa.
No se fue a vivir a una montaña.
No hizo nada extraordinario.
Solamente tomó una decisión pequeña.
Cuando llegó a casa, en lugar de atender inmediatamente todos los mensajes, se preparó una taza de té, apagó el teléfono y se sentó junto a una ventana.
Permaneció allí durante diez minutos.
Diez minutos sin hacer nada.
Al principio sintió culpa.
Después ansiedad.
Después impaciencia.
Luego comenzó a escuchar sonidos que hacía años no escuchaba.
La lluvia.
El viento.
El refrigerador.
Su propia respiración.
Y, debajo de todos esos sonidos, descubrió algo todavía más profundo:
su propio silencio.
Ese silencio que durante tanto tiempo había intentado evitar.
Ese silencio que no venía a castigarla.
Venía a hablarle.
Quizás todos necesitamos alguna vez sentarnos frente a nuestro propio silencio.
Porque cuando todo se calla, aparecen preguntas que durante el ruido cotidiano permanecen escondidas.
¿Estoy viviendo como quiero?
¿Estoy siendo quien soy?
¿Estoy amando desde la libertad o desde el miedo?
¿Estoy haciendo aquello que deseo o solamente aquello que esperan de mí?
¿Estoy cuidando mi cuerpo?
¿Estoy respetando mis límites?
¿Estoy permitiéndome descansar?
¿Estoy perdonando?
¿Estoy viviendo en el presente o sigo conversando con mi pasado?
¿Estoy esperando que alguien venga a salvarme de una vida que yo mismo puedo comenzar a transformar?
No todas las preguntas tienen respuestas agradables.
Pero una conciencia despierta no busca solamente respuestas cómodas.
Busca verdad.
Y la verdad, aunque a veces duela, tiene una capacidad extraordinaria de liberar.
Despertar la conciencia comienza muchas veces de una forma humilde.
No comienza con grandes revelaciones.
Comienza cuando dejamos de mentirnos.
Cuando admitimos:
“Esto me duele.”
“Esto ya no me hace bien.”
“Necesito ayuda.”
“Estoy cansado.”
“Quiero cambiar.”
“Extraño aquello que era.”
“Quiero volver a sentirme vivo.”
“Ya no quiero vivir de esta manera.”
Estas frases pueden parecer pequeñas.
Pero pronunciadas desde el corazón pueden convertirse en puertas.
Una puerta no obliga a nadie a entrar.
Solamente ofrece una posibilidad.
Y despertar es precisamente eso: descubrir posibilidades donde antes solamente veíamos paredes.
Hay personas que pasan años esperando que cambien las circunstancias para sentirse en paz.
Esperan tener más dinero.
Esperan encontrar pareja.
Esperan que alguien las valore.
Esperan que sus hijos cambien.
Esperan que desaparezcan los problemas.
Esperan que llegue el momento perfecto.
Pero la vida rara vez se vuelve completamente perfecta.
Siempre habrá algo pendiente.
Siempre habrá alguna preocupación.
Siempre existirá alguna incertidumbre.
Por eso la paz profunda no puede depender exclusivamente de que todo esté resuelto.
La paz comienza cuando aprendemos a permanecer enteros incluso mientras algunas cosas todavía están en proceso.
Esto no significa negar el dolor.
No significa fingir optimismo.
No significa repetir frases positivas mientras por dentro estamos destruidos.
Significa mirar aquello que duele con compasión.
Decir:
“Esto está pasando.”
“Esto me afecta.”
“Esto es difícil.”
“Pero no soy solamente esto.”
Porque tú no eres tu problema.
No eres tu fracaso.
No eres tu miedo.
No eres aquello que alguien dijo de ti.
No eres la pérdida que sufriste.
No eres el error que cometiste.
No eres la etapa más oscura de tu vida.
Eres mucho más amplio que cualquier circunstancia.
Dentro de ti existe una historia que todavía no terminó.
Existe una parte de ti que quizás se encuentre cansada, pero no está muerta.
Existe una esperanza que puede parecer pequeña, pero sigue respirando.
Y mientras exista una pequeña chispa de esperanza, todavía puede encenderse una nueva luz.
A veces pensamos que sanar significa olvidar.
Pero sanar no siempre significa olvidar.
A veces significa recordar sin volver a rompernos.
Significa poder mirar una fotografía antigua y sentir tristeza sin quedar atrapados en ella.
Significa pronunciar el nombre de alguien que ya no está y agradecer el tiempo compartido.
Significa reconocer que una experiencia nos cambió, pero no tiene derecho a decidir nuestro futuro.
Significa comprender que algunas heridas forman parte de nuestra historia sin convertirse en nuestra identidad.
Una herida puede enseñarnos.
Pero no tiene que gobernarnos.
Hay personas que han pasado tantos años defendiendo sus heridas que terminan creyendo que soltar significa traicionarse.
No es así.
Soltar no significa decir que aquello estuvo bien.
Soltar significa dejar de permitir que aquello continúe ocupando el centro de nuestra vida.
Perdonar tampoco significa justificar.
A veces perdonar es simplemente decidir:
“Ya no voy a entregarle más días de mi vida a aquello que me hizo daño.”
Y quizá uno de los actos más profundos de conciencia sea comprender que nuestro pasado merece respeto, pero nuestro futuro merece libertad.
Volvamos por un momento a Elena.
Durante las semanas siguientes comenzó algo pequeño.
Cada mañana, antes de levantarse, se quedaba un minuto en silencio.
No pedía nada.
No intentaba controlar el día.
Simplemente respiraba.
Al inhalar pensaba:
“Estoy aquí.”
Al exhalar:
“Estoy viva.”
Después abría los ojos.
Al principio le parecía demasiado sencillo.
Con el tiempo comenzó a notar algo.
Su día no había cambiado demasiado.
Ella sí.
Comenzó a detectar cuándo estaba aceptando algo que realmente no quería hacer.
Comenzó a notar el tono con el que se hablaba.
Descubrió que era mucho más amable con los demás que consigo misma.
Cuando un amigo cometía un error, decía:
“No pasa nada, todos nos equivocamos.”
Cuando ella cometía un error, pensaba:
“Siempre haces todo mal.”
Entonces comprendió que necesitaba comenzar por la persona que escuchaba todos sus pensamientos:
ella misma.
Aprendió a cambiar algunas palabras.
En lugar de decir:
“Soy un desastre.”
Comenzó a decir:
“Estoy atravesando un momento difícil.”
En lugar de:
“No puedo.”
Comenzó a preguntarse:
“¿Qué necesito para poder?”
En lugar de:
“Nunca voy a cambiar.”
Comenzó a decir:
“Todavía estoy aprendiendo.”
No eran simples frases bonitas.
Eran nuevas formas de mirarse.
Y la manera en que nos hablamos puede convertirse en un refugio o en una prisión.
Piensa por un instante en tu propia voz interior.
¿Qué te dices cuando nadie te escucha?
¿Te acompañas o te castigas?
¿Te das permiso para equivocarte?
¿Te reconoces tus esfuerzos?
¿Te agradeces?
Quizás nunca hayas pensado en esto.
Nos enseñaron a cuidar nuestras palabras cuando hablamos con otros, pero pocas veces nos enseñaron a cuidar las palabras con las que habitamos nuestra propia mente.
Y la conciencia comienza también allí.
En descubrir que dentro de nosotros existe una conversación permanente.
Algunas voces vienen de nuestros padres.
Otras de nuestros maestros.
Otras de antiguas relaciones.
Otras de experiencias dolorosas.
Algunas son nuestras.
Otras las heredamos sin darnos cuenta.
“Debes ser fuerte.”
“No llores.”
“No puedes equivocarte.”
“Primero los demás.”
“Eso no es para ti.”
“Ya es demasiado tarde.”
“Debes conformarte.”
“Así es la vida.”
“Las cosas siempre fueron así.”
Pero no todo pensamiento que vive en tu mente merece seguir viviendo allí.
Despertar también significa aprender a cuestionar aquello que hemos dado por cierto durante demasiado tiempo.
Quizás una de las preguntas más poderosas que puedes hacerte sea:
“¿Esto es realmente mío?”
¿Es realmente tu miedo?
¿Es realmente tu límite?
¿Es realmente tu deseo?
¿O alguien te enseñó a temer?
¿Alguien te hizo creer que no podías?
¿Alguien decidió por ti quién debías ser?
¿Y si todavía existe dentro de ti una versión de ti mismo que está esperando permiso para aparecer?
No necesitas regresar a quien eras antes.
Quizás tampoco necesites convertirte en quien imaginabas.
Quizás tu camino consista en descubrir quién eres ahora.
Porque cada etapa de la vida nos transforma.
El niño que fuiste todavía vive en alguna parte de ti.
El adolescente que soñaba.
El joven que se equivocó.
El adulto que luchó.
La persona que perdió.
La persona que amó.
La persona que tuvo miedo.
La persona que volvió a levantarse.
Todas esas versiones forman parte de ti.
No necesitas rechazar ninguna.
Puedes abrazarlas.
Puedes decirles:
“Gracias por haberme traído hasta aquí.”
Eso también es conciencia.
Comprender que tu historia no necesita ser perfecta para ser valiosa.
Quizás hayas cometido errores.
Quizás hayas tomado decisiones que hoy tomarías de otra manera.
Quizás hayas confiado en personas equivocadas.
Quizás hayas amado donde no debías.
Quizás hayas dejado pasar oportunidades.
Quizás hayas perdido años.
Pero mientras estés vivo, no todos los caminos están cerrados.
Todavía puedes elegir.
Quizás no puedas modificar lo ocurrido.
Pero puedes decidir qué significado tendrá en tu vida.
Y esa decisión puede transformar el pasado sin cambiar una sola de sus circunstancias.
Hay personas que convierten sus heridas en muros.
Otras las convierten en ventanas.
La herida es la misma.
La diferencia está en lo que hacemos con ella.
Una ventana permite mirar más lejos.
Permite comprender a otros.
Permite desarrollar sensibilidad.
Permite descubrir una fuerza que no sabíamos que teníamos.
Por eso, si has sufrido, no pienses que todo ese dolor fue inútil.
No glorifiques el sufrimiento.
No necesitas agradecer aquello que te destruyó.
Pero sí puedes agradecer la persona en la que estás aprendiendo a convertirte después de atravesarlo.
La vida no siempre nos pregunta qué queremos aprender.
A veces simplemente nos coloca frente a una situación y nos invita a descubrir qué podemos llegar a ser.
Y en medio de una dificultad puede aparecer una versión de nosotros que jamás habríamos conocido de otro modo.
Una versión más compasiva.
Más consciente.
Más humilde.
Más fuerte.
Más auténtica.
Más conectada con lo esencial.
Despertar no significa dejar de sufrir.
Significa dejar de vivir inconscientemente dentro del sufrimiento.
Hay una diferencia enorme.
Puedes sentir tristeza sin convertirte en tristeza.
Puedes sentir miedo sin convertirte en miedo.
Puedes atravesar incertidumbre sin pensar que tu vida perdió sentido.
Puedes estar cansado y aun así continuar.
Puedes no tener respuestas y seguir caminando.
Puedes llorar y seguir siendo fuerte.
Puedes pedir ayuda y seguir siendo valiente.
Puedes comenzar nuevamente sin tener que explicar a nadie por qué.
Y quizá una de las grandes formas de espiritualidad sea precisamente esa:
aprender a permanecer conectados con la esperanza cuando todavía no vemos el resultado.
La esperanza no siempre es una certeza.
A veces es una decisión.
La decisión de levantarte una vez más.
La decisión de creer que mañana puede contener algo que hoy todavía desconoces.
La decisión de cuidar una pequeña luz en medio de una habitación oscura.
No necesitas ver todo el camino.
Solo necesitas ver el próximo paso.
Tal vez hoy ese paso sea descansar.
Tal vez pedir perdón.
Tal vez perdonarte.
Tal vez decir que no.
Tal vez comenzar un proyecto.
Tal vez cerrar una puerta.
Tal vez abrir otra.
Tal vez simplemente respirar.
No subestimes los pequeños comienzos.
Las grandes transformaciones casi siempre comienzan de manera invisible.
Una semilla no parece un árbol.
Una primera página no parece un libro.
Una respiración consciente no parece una nueva vida.
Pero todo comienza en algún lugar.
Tu despertar también.
Ahora quiero proponerte algo.
Antes de continuar leyendo este libro, detente unos minutos.
No necesitas música especial.
No necesitas incienso.
No necesitas estar en un lugar perfecto.
Busca solamente un espacio donde puedas permanecer tranquilo.
Siéntate cómodamente.
Apoya los pies en el suelo.
Relaja los hombros.
Cierra los ojos si te resulta agradable.
Respira lentamente.
No intentes respirar de una manera perfecta.
Simplemente siente que estás respirando.
Observa el aire entrando.
Observa el aire saliendo.
Y mientras respiras, pregúntate:
“¿Cómo estoy realmente?”
No respondas inmediatamente.
Deja que la pregunta permanezca.
Quizás aparezca una palabra.
Quizás una imagen.
Quizás un recuerdo.
Quizás una emoción.
Quizás no aparezca nada.
Todo está bien.
No estás realizando un examen.
Estás aprendiendo a escucharte.
Después pregúntate:
“¿Qué estoy necesitando y no me estoy dando?”
Puede ser descanso.
Puede ser afecto.
Puede ser perdón.
Puede ser silencio.
Puede ser compañía.
Puede ser libertad.
Puede ser reconocimiento.
Puede ser tiempo.
Puede ser simplemente volver a sentirte tú.
Luego pregunta:
“¿Qué estoy sosteniendo que ya no necesito sostener?”
No luches contra la respuesta.
Solo escucha.
Quizás aparezca una relación.
Una culpa.
Un miedo.
Una expectativa.
Una preocupación.
Una historia.
Un recuerdo.
No necesitas soltarlo hoy.
A veces el primer paso para soltar algo es reconocer que lo estamos sosteniendo.
Finalmente, pregunta:
“¿Qué parte de mí necesita volver a despertar?”
Quizás sea tu alegría.
Quizás tu creatividad.
Quizás tu confianza.
Quizás tu capacidad de amar.
Quizás tu espiritualidad.
Quizás tus sueños.
Quizás esa parte de ti que alguna vez creía que la vida podía ser diferente.
Quédate unos segundos en silencio.
Respira.
Y cuando estés preparado, abre los ojos.
No esperes sentir algo extraordinario.
Quizás simplemente sientas un poco de calma.
Eso ya es suficiente.
Porque la transformación verdadera no siempre llega acompañada de fuegos artificiales.
A veces llega como una pequeña certeza.
Una sensación casi imperceptible que dice:
“Quiero volver a mí.”
Esa frase puede cambiar una vida.
Volver a ti no significa alejarte de todos.
Significa dejar de abandonarte para mantener a todos contentos.
Volver a ti no significa volverte egoísta.
Significa reconocer que también eres digno de tu propio cuidado.
Volver a ti no significa cerrar el corazón.
Significa aprender a amar sin desaparecer dentro de los demás.
Volver a ti no significa vivir únicamente para tus deseos.
Significa encontrar un equilibrio entre entregar y recibir, acompañar y dejarte acompañar, avanzar y descansar.
Porque una vida consciente no es una vida perfecta.
Es una vida observada.
Una vida en la que empiezas a preguntarte por qué haces lo que haces.
Una vida en la que tus decisiones dejan de ser solamente respuestas automáticas.
Una vida en la que comienzas a reconocer tus emociones antes de que se conviertan en explosiones.
Una vida en la que aprendes a detectar cuándo estás actuando desde el miedo y cuándo desde el amor.
Una vida en la que empiezas a comprender que cada pensamiento repetido puede convertirse en una dirección.
Y cada dirección repetida puede convertirse en una vida.
Por eso cuida tus pensamientos.
No porque debas pensar positivamente todo el tiempo.
Eso sería imposible.
Sino porque mereces aprender a observarlos.
Un pensamiento no es necesariamente una verdad.
Es una interpretación.
Es una posibilidad.
Es una construcción de tu mente.
Puedes tener el pensamiento:
“No voy a poder.”
Y, al mismo tiempo, preguntarte:
“¿Estoy seguro?”
Puedes pensar:
“Ya es demasiado tarde.”
Y preguntarte:
“¿Quién decidió eso?”
Puedes pensar:
“Nadie me necesita.”
Y preguntarte:
“¿Estoy confundiendo necesitar con amar?”
Puedes pensar:
“No tengo nada para ofrecer.”
Y recordar que una palabra amable, una escucha sincera o una presencia amorosa pueden significar muchísimo para alguien.
La conciencia no consiste en eliminar todos los pensamientos negativos.
Consiste en dejar de creer automáticamente todo lo que pensamos.
Ese pequeño espacio entre pensamiento y reacción es profundamente poderoso.
Allí comienza la libertad.
Allí puedes elegir.
Allí puedes respirar antes de responder.
Allí puedes observar antes de juzgar.
Allí puedes decidir antes de actuar.
Allí puedes cambiar una historia.
Quizás durante años hayas reaccionado de la misma manera frente a determinadas situaciones.
Alguien te critica y te cierras.
Alguien se distancia y piensas que ya no te quiere.
Algo sale mal y te culpas.
Alguien te rechaza y concluyes que no eres suficiente.
Pero despertar significa comenzar a observar esos patrones.
No para castigarte.
Para comprenderte.
Porque aquello que comprendes puedes comenzar a transformar.
Y aquello que transformas conscientemente puede dejar de repetirse.
Elena descubrió algo parecido.
Un día una compañera le pidió nuevamente que hiciera una tarea que no le correspondía.
La antigua Elena habría respondido inmediatamente:
“Sí, no hay problema.”
Pero esta vez respiró.
Sintió culpa.
Sintió miedo de parecer poco colaboradora.
Y aun así dijo:
“Hoy no puedo hacerlo.”
Su voz tembló.
La compañera la miró sorprendida.
No ocurrió ninguna catástrofe.
El mundo no se detuvo.
Nadie dejó de quererla.
No perdió su trabajo.
Simplemente había dicho la verdad.
Cuando llegó a casa se sentó nuevamente junto a la ventana.
Sonrió.
Había descubierto algo importante:
poner un límite también puede ser un acto de amor.
Amor propio.
No todos comprenderán tus límites.
Algunas personas se acostumbraron a la versión de ti que siempre decía que sí.
Cuando empieces a decir que no, quizás se sorprendan.
Eso no significa que estés haciendo algo malo.
Significa que estás cambiando una dinámica.
Y cambiar una dinámica puede incomodar a quienes se beneficiaban de tu falta de límites.
Despertar requiere valentía.
No la valentía de no tener miedo.
La valentía de hacer algo correcto aun sintiendo miedo.
Quizás nunca dejes de sentir miedo.
Pero puedes dejar de permitir que el miedo tome todas las decisiones.
Y cada vez que eliges conscientemente en lugar de reaccionar automáticamente, despiertas un poco más.
Tal vez eso sea la conciencia:
un regreso constante a ti mismo.
Volver cuando te distraes.
Volver cuando te pierdes.
Volver cuando el ruido aumenta.
Volver cuando el miedo aparece.
Volver cuando alguien intenta convencerte de que no eres suficiente.
Volver cuando el pasado te llama.
Volver cuando la tristeza te visita.
Volver a respirar.
Volver a escuchar.
Volver a recordar.
Y recordar que no necesitas tener una vida extraordinaria para vivir de manera significativa.
Puedes encontrar espiritualidad en una conversación sincera.
En cuidar una planta.
En contemplar el amanecer.
En perdonar.
En preparar una comida para alguien que amas.
En escuchar sin mirar el teléfono.
En caminar lentamente.
En abrazar.
En agradecer.
En llorar.
En ayudar.
En descansar.
En contemplar el cielo.
En guardar silencio.
En reconocer que cada día, incluso el más sencillo, contiene algo que nunca volverá a repetirse exactamente igual.
Quizás la vida sea mucho más sagrada de lo que creemos.
Y quizás estamos demasiado ocupados buscando señales extraordinarias para reconocer las pequeñas bendiciones que ya están frente a nosotros.
La conciencia nos enseña a mirar.
No solamente a ver.
Mirar.
Hay una diferencia.
Ver es recibir una imagen.
Mirar es prestar presencia.
Puedes ver a alguien todos los días y nunca realmente mirarlo.
Puedes escuchar palabras y no escuchar el dolor detrás de ellas.
Puedes contemplar un paisaje y no sentirlo.
Puedes vivir años dentro de tu propia vida sin detenerte a conocer a la persona que eres.
Por eso este libro es, en esencia, una invitación a mirar.
Mirarte.
Mirar tu historia.
Mirar tus heridas.
Mirar tus sueños.
Mirar tus pensamientos.
Mirar tus emociones.
Mirar tus vínculos.
Mirar tus silencios.
Mirar aquello que todavía te duele.
Y también mirar todo lo que has sobrevivido.
Porque quizá hayas olvidado reconocer tu propia fortaleza.
Has sobrevivido a días que pensaste que no terminarían.
Has atravesado despedidas.
Has superado momentos de incertidumbre.
Has seguido adelante aun cuando no sabías cómo.
Has encontrado fuerzas que no sabías que existían.
Y aquí estás.
Leyendo estas palabras.
Eso también significa algo.
Quizás no estás empezando desde cero.
Quizás estás empezando desde la experiencia.
Y eso es muy diferente.
No necesitas borrar tu pasado para comenzar una nueva etapa.
Puedes construir sobre él.
Puedes tomar lo aprendido.
Puedes dejar atrás lo que ya cumplió su propósito.
Puedes conservar los recuerdos que te hacen bien.
Puedes agradecer las personas que te acompañaron.
Puedes despedirte de aquellas que ya no forman parte de tu camino.
Puedes continuar.
Siempre puedes continuar.
Aunque sea despacio.
Aunque sea con miedo.
Aunque sea llorando.
Aunque sea dando un paso pequeño.
La vida no te exige que corras.
Te pide que no abandones tu propio camino.
Y quizás, al terminar este capítulo, haya algo que quieras decirte.
Dilo.
Sin vergüenza.
Sin miedo.
Sin pensar que es demasiado sencillo.
Puedes decir:
“Estoy aquí.”
“Me escucho.”
“Me perdono.”
“Me permito comenzar.”
“Todavía tengo esperanza.”
“Todavía puedo cambiar.”
“Todavía puedo amar.”
“Todavía puedo aprender.”
“Todavía puedo despertar.”
Porque sí.
Puedes.
Tal vez no puedas controlar todo lo que sucederá mañana.
Pero puedes elegir cómo comenzar a vivir este momento.
Puedes respirar.
Puedes observar.
Puedes escuchar.
Puedes elegir una palabra diferente.
Puedes dar un paso.
Y ese paso, aunque parezca pequeño, puede ser el primero de un camino completamente nuevo.
No esperes sentirte preparado.
Nadie está completamente preparado para transformarse.
La conciencia no llega cuando desaparecen todas las dudas.
Llega cuando decides caminar a pesar de ellas.
Y quizá esta sea la verdad que necesitas llevar contigo al cerrar este capítulo:
No estás perdido.
Estás aprendiendo a encontrarte.
No estás roto.
Estás atravesando un proceso.
No llegaste tarde.
Estás llegando cuando estás preparado para escucharte.
No necesitas convertirte en alguien más.
Necesitas regresar, poco a poco, a quien eres debajo de todos los miedos, expectativas y máscaras que aprendiste a usar.
Y cuando finalmente vuelves a escucharte, descubres algo maravilloso.
La voz que buscabas afuera…
estaba dentro de ti desde el principio.
Tal vez nunca se fue.
Tal vez solamente estaba esperando que hicieras silencio.
Ahora comienza el verdadero viaje.
No hacia un lugar lejano.
No hacia una versión perfecta de ti.
Sino hacia tu propio interior.
Hacia ese territorio profundo donde todavía viven tus sueños, tu sensibilidad, tu capacidad de amar, tu intuición, tu esperanza y esa luz que ninguna noche pudo apagar por completo.
Respira.
Quédate un momento en silencio.
Escucha.
Quizás puedas sentirla.
Es tu conciencia llamándote.
Y esta vez…
no la ignores.




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