Hay cosas que no se van de nuestra vida cuando decidimos soltarlas.
Se quedan durante un tiempo.
Como una canción que todavía conocemos de memoria.
Como un perfume que nos devuelve a una habitación.
Como una fotografía guardada en un cajón.
Como una fecha que aparece cada año sin pedir permiso.
Como una pregunta que nunca recibió respuesta.
Soltar no significa borrar.
No significa olvidar.
No significa dejar de amar.
Y tampoco significa decir que aquello que ocurrió no importó.
A veces soltar significa algo mucho más profundo:
aceptar que algo fue importante y, precisamente por eso, permitir que ocupe un lugar diferente dentro de nosotros.
Hay personas que viven aferradas al pasado porque creen que dejarlo atrás sería una forma de traición.
Traición a una persona que amaron.
A un sueño que no se cumplió.
A una familia que cambió.
A una versión de sí mismos.
A un lugar que tuvieron que abandonar.
A una oportunidad perdida.
Pero existe una verdad que puede resultar dolorosa y liberadora al mismo tiempo:
amar algo no significa tener que conservarlo de la misma manera para siempre.
La vida cambia.
Las personas cambian.
Nosotros cambiamos.
Y algunas cosas que fueron correctas para una etapa dejan de serlo para otra.
No porque hayan sido falsas.
Porque el camino continúa.
Imagina un árbol en otoño.
Nadie acusa al árbol de dejar de amar sus hojas cuando las suelta.
Nadie le grita:
“¡No las abandones!”
El árbol simplemente comprende algo que nosotros olvidamos:
para que llegue una nueva primavera, algunas hojas deben caer.
Nosotros también tenemos estaciones.
Hay épocas para recibir.
Épocas para crecer.
Épocas para florecer.
Y también épocas para dejar caer aquello que ya cumplió su ciclo.
El problema es que muchas veces intentamos vivir en una primavera permanente.
Queremos conservarlo todo.
Todos los vínculos.
Todas las versiones de nosotros.
Todos los sueños.
Todas las oportunidades.
Todos los recuerdos.
Pero la vida no funciona así.
La vida es movimiento.
Y lo que se niega a moverse dentro de nosotros puede convertirse en peso.
Conocí, en la historia de muchas personas, un patrón silencioso:
no sufren únicamente por lo que perdieron.
Sufren también porque siguen intentando recuperar algo que ya cambió.
Una relación terminó, pero siguen esperando que vuelva a ser como antes.
Un hijo creció, pero continúan tratándolo como cuando era pequeño.
Una amistad se transformó, pero siguen buscando aquella intimidad que existía años atrás.
Un trabajo cambió, pero siguen comparándolo con el pasado.
Su propio cuerpo cambió, pero siguen exigiéndose ser quienes eran veinte años atrás.
La nostalgia puede ser hermosa.
Pero cuando se convierte en una casa permanente, puede impedirnos conocer el presente.
Había una mujer llamada Clara.
Tenía sesenta y tres años y guardaba en una caja de madera más de cuarenta cartas.
Eran cartas de amor.
Las había escrito un hombre llamado Andrés, con quien había vivido una relación intensa durante su juventud.
Nunca llegaron a casarse.
La vida los llevó por caminos diferentes.
Ella formó una familia.
Él también.
Durante muchos años Clara creyó que había dejado aquella historia atrás.
Hasta que, después de la muerte de su esposo, comenzó a revisar objetos antiguos.
Encontró la caja.
La abrió.
Leyó la primera carta.
Después la segunda.
Luego la tercera.
Y de repente sintió que regresaba a los veintidós años.
Recordó el perfume de aquel hombre.
Sus bromas.
Las caminatas.
Las conversaciones interminables.
Recordó lo feliz que había sido.
Y también recordó lo que había dolido cuando todo terminó.
Durante semanas, Clara pensó en Andrés.
Se preguntaba qué habría ocurrido si hubieran elegido de otra manera.
“¿Y si me hubiera ido con él?”
“¿Y si hubiera esperado?”
“¿Y si aquella historia era la verdadera?”
Esas preguntas comenzaron a ocupar demasiado espacio.
Una tarde llevó la caja a casa de su hija.
—Quiero mostrarte algo —dijo.
Su hija leyó algunas cartas.
Después la miró.
—Mamá, ¿todavía lo amas?
Clara tardó en responder.
—Creo que amo lo que fui cuando estuve con él.
Su hija guardó silencio.
Clara continuó:
—Pero no sé si amo al hombre que sería hoy. Ni siquiera sé quién es.
Aquella frase cambió algo.
Porque comprendió que había estado enamorada también de una posibilidad.
De una versión del pasado que la memoria había embellecido.
No recordaba las discusiones.
Las diferencias.
Las inseguridades.
Las razones por las que la relación había terminado.
Recordaba principalmente aquello que le hacía sentir.
Y entonces entendió algo esencial:
la memoria no siempre conserva la historia completa.
Conserva fragmentos.
Y nuestra nostalgia puede completar los espacios vacíos con aquello que deseamos que hubiera ocurrido.
Clara no necesitaba destruir las cartas.
Tampoco necesitaba buscar a Andrés.
Necesitaba colocar aquella historia en su verdadero lugar.
No como una puerta hacia atrás.
Como una parte de su vida.
Una parte hermosa.
Una parte dolorosa.
Una parte terminada.
La noche siguiente volvió a leer la primera carta.
Esta vez no lloró.
Sonrió.
Y dijo en voz baja:
“Gracias.”
No sabía exactamente a quién se lo decía.
A Andrés.
A la vida.
A la joven que había sido.
O a sí misma.
Quizá a todos.
Después guardó las cartas.
Pero ya no volvió a abrir la caja durante mucho tiempo.
Había aprendido a recordar sin regresar.
Y esa diferencia puede cambiar una vida.
Recordar no significa volver.
Extrañar no significa necesitar regresar.
Amar no significa poseer.
Perdonar no significa reconciliarse.
Cerrar una etapa no significa negar que fue importante.
A veces necesitamos aprender estas diferencias porque nuestro corazón confunde el apego con el amor.
El apego dice:
“Necesito que esto permanezca para estar bien.”
El amor sano puede decir:
“Deseo que estés bien, incluso si tu camino ya no coincide con el mío.”
El apego intenta controlar.
El amor acompaña.
El apego teme perder.
El amor comprende que nada puede poseerse para siempre.
El apego mira hacia atrás.
El amor puede honrar el pasado y continuar caminando.
Por supuesto, no siempre es sencillo.
Hay despedidas que duelen profundamente.
Hay personas cuya ausencia cambia nuestra vida.
Hay pérdidas que no se superan en unos días, ni en unos meses.
Hay duelos que se transforman con el tiempo, pero nunca desaparecen completamente.
Y no necesitamos obligarnos a olvidar.
Cuando perdemos a alguien que amamos, no se trata de dejar de quererlo.
Se trata de aprender una nueva manera de quererlo.
Ya no desde la presencia física.
Desde la memoria.
Desde la gratitud.
Desde aquello que esa persona dejó en nosotros.
Quizá alguien te enseñó a cocinar.
Quizá te enseñó a ser valiente.
Quizá te enseñó una canción.
Quizá te enseñó a reír.
Quizá te enseñó, incluso sin quererlo, qué clase de persona no quieres llegar a ser.
Todo encuentro deja algo.
No todos dejan lo mismo.
Pero casi todos pueden enseñarnos algo.
Eso no convierte el dolor en algo bueno.
Convierte nuestra experiencia en algo que podemos integrar.
Y cuando integramos una experiencia, deja de estar dividida dentro de nosotros.
Ya no necesitamos fingir que no ocurrió.
Podemos decir:
“Sí, sucedió.”
“Sí, me dolió.”
“Sí, me cambió.”
“Y aun así, aquí estoy.”
Hay una fuerza enorme en esas últimas palabras:
“Aquí estoy.”
No:
“Estoy igual.”
No:
“No me afectó.”
Sino:
“Aquí estoy.”
Significa que atravesaste algo y continúas.
Que quizás tengas cicatrices.
Que quizás algunas fechas todavía duelan.
Pero sigues respirando.
Sigues aprendiendo.
Sigues teniendo la capacidad de amar.
Y eso merece ser reconocido.
A veces nos concentramos tanto en lo que perdimos que olvidamos todo lo que permaneció.
Perdiste una relación, pero quizá conservaste tu capacidad de amar.
Perdiste un trabajo, pero quizá conservaste tus conocimientos.
Perdiste una oportunidad, pero quizá descubriste una nueva dirección.
Perdiste una persona, pero quizá conservaste todo lo que aprendiste a su lado.
Perdiste una versión de ti, pero quizá encontraste otra más consciente.
La pérdida cambia el mapa.
No necesariamente elimina el camino.
Soltar requiere aceptar que no podemos controlar el resultado de todo.
Y esta es una de las lecciones espirituales más profundas.
Queremos controlar.
Controlar cuándo alguien llega.
Cuándo se queda.
Cuándo se va.
Qué siente.
Qué piensa.
Qué decide.
Qué ocurre mañana.
Pero la vida contiene misterio.
Y el misterio no es necesariamente una amenaza.
Puede ser también una invitación a confiar.
Confiar no significa cerrar los ojos ante la realidad.
Significa aceptar que no podemos conocer todos los capítulos antes de vivirlos.
Quizá hoy estés atravesando una etapa que no entiendes.
Quizá pienses:
“¿Por qué está ocurriendo esto?”
Y no encuentres respuesta.
No te obligues a encontrarla.
Hay preguntas que necesitan tiempo.
Hay respuestas que llegan después de haber cambiado.
Y hay preguntas que quizá nunca tengan una respuesta completa.
La paz no siempre llega cuando comprendemos por qué.
A veces llega cuando dejamos de exigir que el pasado sea diferente.
Aceptación no significa aprobación.
Esta distinción merece quedarse contigo.
Aceptar que algo ocurrió no significa decir que estuvo bien.
Aceptar que una persona no volverá no significa que no la amaste.
Aceptar que una relación terminó no significa que no fue importante.
Aceptar que cometiste un error no significa que seas una mala persona.
Aceptar es dejar de pelear con un hecho que ya pertenece al pasado.
La energía que utilizas intentando cambiar lo ocurrido puede empezar a utilizarse para construir lo que viene.
Y allí comienza una transformación.
Una tarde, Clara decidió hacer algo que había postergado durante años.
Entró sola a un restaurante.
Pidió una mesa junto a la ventana.
Al principio se sintió incómoda.
Miraba alrededor pensando que todos podían notar que estaba sola.
Después comenzó a disfrutar.
Pidió el plato que le gustaba.
Escuchó música.
Observó a las personas.
Y cuando terminó, caminó lentamente hacia su casa.
Comprendió que llevaba años esperando compañía para permitirse disfrutar de determinadas cosas.
Aquella noche escribió en una hoja:
“Quiero aprender a acompañarme.”
No quería convertirse en una persona aislada.
Quería dejar de sentirse incompleta cuando estaba sola.
Y existe una diferencia enorme.
Estar solo no siempre es sentirse solo.
La soledad puede ser dolorosa cuando la vivimos como abandono.
Pero la soledad elegida puede convertirse en un espacio de encuentro.
Un espacio donde nadie te exige.
Nadie espera.
Nadie necesita.
Allí puedes escucharte.
Puedes descubrir qué música te gusta realmente.
Qué libros quieres leer.
Qué lugares quieres conocer.
Qué sueños todavía existen.
Qué partes de ti quedaron olvidadas.
Quizá llevas años preguntándote:
“¿Qué quiere la vida de mí?”
Y tal vez también deberías preguntarte:
“¿Qué quiero yo de la vida?”
No para exigir que todo suceda inmediatamente.
Para recordar que tus deseos también tienen un lugar.
Hay personas que se han acostumbrado tanto a cuidar a otros que cuando finalmente tienen tiempo libre no saben qué hacer con él.
Eso también es una señal.
La conciencia no solamente nos ayuda a descubrir lo que debemos soltar.
También nos ayuda a descubrir qué queremos recuperar.
Recuperar una afición.
Una amistad.
Una pasión.
Una parte de nuestra personalidad.
Una curiosidad.
Una capacidad de reír.
Una forma de mirar.
Una espiritualidad.
Quizá alguna vez amabas escribir y dejaste de hacerlo.
Quizá pintabas.
Quizá cantabas.
Quizá caminabas.
Quizá rezabas.
Quizá soñabas con viajar.
Quizá querías estudiar algo.
Quizá simplemente querías sentarte a contemplar el cielo.
No todo lo que dejamos atrás debe permanecer atrás.
Algunas cosas pueden regresar.
Pero esta vez desde una versión más consciente de nosotros.
Soltar también puede significar soltar la idea de quién creíamos que debíamos ser.
Esa puede ser una de las cargas más pesadas.
La persona perfecta.
El padre perfecto.
La madre perfecta.
El hijo perfecto.
El profesional perfecto.
La pareja perfecta.
El amigo perfecto.
La persona espiritual perfecta.
No existe.
Y cuanto antes lo aceptemos, antes podremos comenzar a ser reales.
La vida no necesita una versión perfecta de ti.
Necesita una versión presente.
Una versión que pueda equivocarse y aprender.
Que pueda pedir perdón.
Que pueda decir “no sé”.
Que pueda cambiar de opinión.
Que pueda reconocer sus límites.
Que pueda llorar.
Que pueda descansar.
Que pueda comenzar nuevamente.
Tal vez durante años te has castigado por decisiones que tomaste cuando eras una persona diferente.
Pero piensa:
¿cómo podías saber entonces lo que sabes ahora?
No eras quien eres hoy.
Tenías otra información.
Otros miedos.
Otras necesidades.
Otra madurez.
Otra historia.
Juzgar a tu antiguo yo con la sabiduría que adquiriste después puede ser profundamente injusto.
Quizá necesites decirle:
“Con lo que sabías, hiciste lo mejor que pudiste.”
Eso no significa negar los errores.
Significa aprender de ellos sin convertirlos en una sentencia eterna.
Hay una forma de culpa que enseña.
Y otra que destruye.
La primera dice:
“Reconoce lo que hiciste, repara lo que puedas y aprende.”
La segunda dice:
“Eres imperdonable.”
La conciencia necesita la primera.
La segunda no te hace mejor.
Te mantiene atrapado.
Si cometiste un error, pregunta:
“¿Qué puedo reparar?”
Si puedes reparar, hazlo.
Si puedes pedir perdón, pídelo.
Si puedes aprender, aprende.
Si puedes cambiar, cambia.
Y si hay algo que ya no puedes modificar, entonces tendrás que aprender a soltarlo.
No puedes viajar al pasado con la persona que eres hoy.
Pero puedes permitir que la persona que eres hoy cuide las consecuencias de quien fuiste.
Eso también es responsabilidad.
Eso también es amor.
Hay algo más que necesitamos soltar:
la necesidad de que todos comprendan nuestro camino.
No todos entenderán tus decisiones.
No todos aprobarán tus límites.
No todos estarán de acuerdo con tus cambios.
Y no siempre necesitas convencerlos.
Cuando comienzas a vivir desde una conciencia más profunda, algunas personas pueden decir:
“Has cambiado.”
Y quizá tengan razón.
Has cambiado.
Pero cambiar no siempre es traicionar quién eras.
A veces es dejar de traicionarte.
Una persona que durante años se calló puede comenzar a hablar.
Una persona que siempre dio puede aprender a recibir.
Una persona que vivía para agradar puede aprender a ser auténtica.
Una persona que soportaba todo puede aprender a poner límites.
Desde afuera parece un cambio.
Desde adentro puede sentirse como regresar a casa.
No tengas miedo de ese regreso.
No tengas miedo de convertirte en alguien que ya no acepta lo que antes aceptaba.
No tengas miedo de perder algunas cosas si el precio de conservarlas es perderte a ti mismo.
Pero tampoco confundas soltar con escapar.
Hay cosas que necesitan trabajo, conversación, paciencia y compromiso.
No todo problema se resuelve alejándose.
No toda incomodidad significa que debes abandonar.
La conciencia también consiste en distinguir.
¿Estoy huyendo porque tengo miedo?
¿O estoy alejándome porque sé que esto ya no es saludable para mí?
¿Estoy renunciando porque estoy cansado?
¿O porque realmente terminó un ciclo?
¿Estoy soltando desde la paz?
¿O desde la rabia?
No siempre sabrás la respuesta inmediatamente.
Por eso algunas decisiones necesitan silencio.
No tomes decisiones permanentes desde emociones temporales.
Respira.
Duerme.
Camina.
Escribe.
Habla con alguien de confianza.
Ora si la oración forma parte de tu vida.
Medita.
Espera.
A veces la claridad llega cuando dejamos de perseguirla.
Hay una sabiduría que aparece después de la tormenta.
No porque la tormenta haya sido necesaria.
Sino porque cuando el ruido baja podemos escuchar.
Soltar requiere espacio.
No puedes llenar cada minuto con distracciones y esperar escuchar lo que tu interior intenta decirte.
Necesitas silencio.
No un silencio perfecto.
Cinco minutos pueden ser suficientes.
Apaga el teléfono.
Siéntate.
Respira.
Y permite que aparezca lo que tenga que aparecer.
Tal vez aparezca tristeza.
Tal vez rabia.
Tal vez alivio.
Tal vez una idea.
Tal vez nada.
No importa.
Estás practicando presencia.
Y la presencia es una forma de amor.
Cuando estás realmente presente contigo mismo, dejas de tratarte como una tarea pendiente.
Te conviertes en alguien a quien acompañas.
Puedes decir:
“Hoy no tengo todas las respuestas, pero no voy a abandonarme.”
Esa frase puede convertirse en un refugio.
Porque habrá días difíciles.
Días en los que volverás a pensar en aquello que soltaste.
Días en los que extrañarás.
Días en los que dudarás.
No significa que hayas retrocedido.
Sanar no es una línea recta.
Puedes avanzar y volver a sentir dolor.
Puedes creer que has cerrado una etapa y descubrir una nueva emoción.
Puedes perdonar y volver a enojarte.
Puedes aceptar y volver a extrañar.
Eso no invalida tu proceso.
Significa que eres humano.
La conciencia no exige perfección emocional.
Exige honestidad.
Y si hoy extrañas, di:
“Extraño.”
No construyas toda una historia alrededor de esa emoción.
No significa necesariamente que debas regresar.
Solo significa que extrañas.
Deja que la emoción exista sin convertirla en una orden.
Puedes extrañar a alguien y seguir adelante.
Puedes amar a alguien y elegir distancia.
Puedes perdonar y mantener límites.
Puedes agradecer y despedirte.
Puedes recordar y continuar.
Estas son formas maduras del amor.
Quizá una de las frases más liberadoras que podemos aprender sea:
“Te amo, pero no necesito perderme para amarte.”
Puede decirse a una pareja.
A un hijo.
A un padre.
A un amigo.
A una familia.
Incluso a una idea.
Amar no debería exigir nuestra desaparición.
Una relación sana no pide que renuncies completamente a ti.
Una familia sana no necesita que seas una persona distinta para pertenecer.
Una espiritualidad sana no debería llenarte de miedo.
El crecimiento espiritual debería acercarte más a la compasión, a la verdad, a la responsabilidad y a la libertad interior.
Si una creencia te obliga a odiarte, quizá necesites revisarla.
Si una relación te obliga a abandonarte, quizá necesites poner límites.
Si una meta te obliga a destruirte, quizá necesites preguntarte qué estás intentando demostrar.
Soltar no siempre es perder.
A veces es recuperar.
Recuperarte.
Recuperar tu tiempo.
Tu voz.
Tu dignidad.
Tu descanso.
Tu alegría.
Tu identidad.
Tu capacidad de elegir.
Tu paz.
Y cuando comienzas a recuperar esas cosas, descubres que quizá el vacío que temías encontrar después de soltar no era realmente un vacío.
Era espacio.
Espacio para algo nuevo.
La vida necesita espacio para entrar.
Una habitación completamente llena no puede recibir nuevos muebles.
Un corazón completamente ocupado por el pasado tiene dificultades para reconocer el presente.
No necesitas expulsar todos tus recuerdos.
Solo necesitas dejar espacio.
Espacio para nuevas experiencias.
Nuevas conversaciones.
Nuevas personas.
Nuevos sueños.
Nuevas versiones de ti.
Clara tardó mucho tiempo en comprenderlo.
Un año después de encontrar aquella caja, regresó al mismo restaurante donde había cenado sola.
Esta vez llevó un cuaderno.
Se sentó junto a la ventana.
Abrió la primera página y escribió:
“Hoy no estoy esperando que vuelva nadie.”
Después escribió:
“Estoy aprendiendo a estar aquí.”
Miró por la ventana.
Era una tarde tranquila.
La gente caminaba.
Los automóviles pasaban.
Una pareja discutía suavemente.
Un niño corría detrás de una paloma.
Una mujer reía por teléfono.
La vida estaba sucediendo.
Y Clara comprendió algo:
había pasado demasiado tiempo mirando una puerta que se había cerrado sin darse cuenta de que el mundo entero estaba ocurriendo detrás de ella.
No necesitaba olvidar aquella puerta.
Solo necesitaba dejar de permanecer frente a ella.
Quizá tú también tengas una puerta así.
Una relación.
Una pérdida.
Un pasado.
Una culpa.
Un sueño.
Una versión de ti.
No tienes que destruirla.
Solo necesitas dejar de vivir frente a ella.
Da un paso hacia atrás.
Respira.
Mira alrededor.
Hay vida.
Todavía hay vida.
Hay caminos que no conoces.
Personas que todavía no conoces.
Momentos que todavía no viviste.
Canciones que todavía no escuchaste.
Lugares que todavía no viste.
Abrazos que todavía no recibiste.
Palabras que todavía no dijiste.
Y quizá incluso exista una versión de ti que todavía no conoces.
No permitas que una historia terminada te convenza de que tu historia completa también terminó.
No confundas un capítulo con el libro entero.
Esta frase merece acompañarte:
un capítulo puede terminar sin que termine la historia.
Y ahora quiero invitarte a una práctica de liberación.
Busca una hoja.
Escribe aquello que estás intentando soltar.
No necesitas explicarlo perfectamente.
Solo escribe.
Después completa:
“Lo que más me duele de esto es…”
Luego:
“Lo que aprendí de esto es…”
Después:
“Lo que ya no quiero llevar conmigo es…”
Y finalmente:
“Lo que quiero abrir espacio para recibir es…”
No rompas la hoja inmediatamente.
Léela.
Respira.
Permite que las palabras existan.
Y si sientes que es el momento, puedes guardarla.
O destruirla.
O dejarla dentro de un libro.
No es el acto físico lo que transforma.
Es la decisión interior.
La hoja solamente representa algo.
La verdadera liberación ocurre dentro.
Y recuerda:
no necesitas soltar todo hoy.
Puedes comenzar por algo pequeño.
Una culpa.
Una expectativa.
Una conversación imaginaria que repites una y otra vez.
La necesidad de tener razón.
La necesidad de controlar.
La comparación.
El miedo a decepcionar.
La idea de que debes poder con todo.
Empieza pequeño.
Las manos también aprenden a abrirse de a poco.
Quizá hoy no puedas abrir completamente la mano.
Está bien.
Solo afloja un dedo.
Después otro.
Hasta que aquello que estabas apretando deje de doler.
La vida no siempre nos pide que luchemos más.
A veces nos pide que soltemos.
Y existe una diferencia enorme entre rendirse y soltar.
Rendirse dice:
“No puedo más.”
Soltar dice:
“No quiero seguir gastando mi vida en esto.”
Rendirse abandona.
Soltar libera.
Rendirse cierra el corazón.
Soltar abre las manos.
Y quizá haya llegado el momento de abrirlas.
Abre las manos.
Abre espacio.
Abre el corazón con prudencia.
Abre la posibilidad de que algo diferente exista.
No sabes qué vendrá.
Y eso puede dar miedo.
Pero tampoco sabes qué hermoso puede estar esperando detrás de lo que todavía no conoces.
El futuro no está obligado a repetir el pasado.
Tú tampoco.
Puedes elegir diferente.
Puedes amar diferente.
Puedes hablar diferente.
Puedes vivir diferente.
Puedes comenzar nuevamente.
No necesitas permiso.
No necesitas que todos lo entiendan.
No necesitas esperar a sentirte completamente preparado.
Solo necesitas dar un paso consciente.
Y después otro.
Hasta que un día mires atrás y descubras que aquello que antes te retenía ahora solamente forma parte de tu historia.
No porque dejó de importar.
Porque dejó de gobernarte.
Ese es el verdadero arte de soltar.
No dejar de amar.
Sino aprender a amar sin encadenarte.
No borrar.
Sino integrar.
No negar.
Sino aceptar.
No abandonar.
Sino continuar.
Y quizás cuando finalmente sueltes aquello que llevabas tanto tiempo apretando, descubras algo inesperado:
tus manos no quedaron vacías.
Quedaron disponibles.
Disponibles para recibir.
Para crear.
Para abrazar.
Para sostener.
Para bendecir.
Para construir.
Para volver a comenzar.
Porque algunas despedidas no vienen a quitarte la vida.
Vienen a devolverte la posibilidad de vivirla de otra manera.
Y tal vez este sea tu momento.
No para olvidar.
No para correr.
No para fingir que nada pasó.
Sino para mirar tu historia con ternura y decir:
“Gracias por haber sido parte de mí.”
“Te honro.”
“Te dejo ir.”
“Y ahora continúo.”
Respira.
Abre las manos.
Mira hacia adelante.
Todavía hay camino.
Y todavía hay luz.