Despierta tu Conciencia

CAPÍTULO 5 Cuando la gratitud transforma la mirada

Hay personas que esperan tener una vida diferente para comenzar a agradecer.
Esperan ganar más dinero.
Resolver un problema.
Encontrar el amor.
Recuperar la salud.
Conseguir el trabajo que desean.
Reparar una relación.
Cumplir un sueño.
Y mientras esperan, pasan por alto pequeñas cosas que ya están sosteniendo su vida.
Una taza caliente entre las manos.
Una conversación sincera.
Una ventana por la que entra el sol.
Una persona que pregunta cómo estás.
El cuerpo que, aun cansado, continúa acompañándote.
La posibilidad de comenzar nuevamente.
El simple hecho de abrir los ojos una mañana más.
La gratitud no significa afirmar que todo está bien cuando no lo está.
No significa negar las dificultades.
No significa mirar el dolor y decir que debemos estar agradecidos por haber sufrido.
Eso sería injusto con nuestra propia humanidad.
La gratitud verdadera es más profunda.
Es aprender a reconocer lo que todavía existe incluso cuando algo falta.
Es poder decir:
“Esto me duele, pero esto también lo valoro.”
“Estoy atravesando una dificultad, pero no todo está perdido.”
“Extraño a alguien, pero agradezco haberlo conocido.”
“Mi vida no es perfecta, pero todavía contiene momentos que merecen ser vividos.”
La gratitud no elimina la tristeza.
Puede enseñarnos a caminar con ella sin permitir que ocupe toda la casa.
Había una mujer llamada Isabel que durante años había sentido que la vida le debía algo.
No era una persona mala.
Al contrario.
Era generosa, responsable y profundamente sensible.
Pero estaba cansada.
Había trabajado mucho.
Había hecho sacrificios.
Había atravesado dificultades familiares.
Había dejado sueños para después.
Y cuando miraba a otras personas parecía que todos recibían aquello que ella había esperado durante años.
Una amiga viajaba.
Otra había comprado una casa.
Otra comenzaba una relación.
Otra celebraba el éxito de sus hijos.
Isabel miraba las fotografías y sentía una punzada.
No quería sentir envidia.
Pero la sentía.
Después se culpaba.
Y la culpa hacía que se sintiera peor.
Una noche se encontró llorando frente a la pantalla del teléfono.
Había visto una publicación de una antigua compañera.
“Cumpliendo sueños”, decía.
Isabel dejó el teléfono sobre la mesa.
—¿Y los míos? —preguntó en voz alta.
Nadie respondió.
Entonces escuchó el sonido de una llave.
Era su padre, que vivía con ella.
Entró lentamente.
La vio llorando.
No preguntó inmediatamente qué ocurría.
Se sentó a su lado.
Después de un rato dijo:
—¿Sabes qué aprendí con los años?
Isabel negó con la cabeza.
—Que uno puede pasar tanto tiempo mirando lo que le falta que deja de ver todo lo que todavía tiene.
Ella lo miró.
—No estoy agradecida con mi vida.
Su padre respiró.
—Entonces no empieces por tu vida entera. Empieza por este momento.
Isabel no entendió.
—¿Por este momento?
—Sí. Mira alrededor. Dime una cosa que esté bien ahora.
Isabel miró la habitación.
—La lámpara.
Su padre sonrió.
—Otra.
—La taza.
—Otra.
—Estás aquí.
Él asintió.
—Una más.
Isabel miró sus manos.
—Estoy respirando.
Su padre respondió:
—Entonces todavía hay un comienzo.
Aquella frase quedó dentro de ella.
Todavía hay un comienzo.
No necesitaba agradecer toda su vida.
No necesitaba sentirse feliz.
No necesitaba negar sus problemas.
Solamente necesitaba aprender a mirar aquello que estaba presente.
Esa noche tomó una libreta.
Escribió tres cosas.
La primera:
“Mi padre está aquí.”
La segunda:
“Tengo un lugar donde dormir.”
La tercera:
“Todavía puedo empezar.”
No sintió una transformación inmediata.
No apareció una música celestial.
No desaparecieron sus problemas.
Pero algo se movió.
Había cambiado la dirección de su mirada.
Y cambiar la mirada puede ser el principio de cambiar una vida.
Porque muchas veces no sufrimos solamente por lo que sucede.
También sufrimos por aquello en lo que concentramos nuestra atención.
La mente tiene una tendencia natural a buscar amenazas, errores y carencias.
Es una forma de protección.
Pero si vivimos permanentemente mirando lo que falta, podemos terminar creyendo que nuestra vida entera es una lista de ausencias.
La gratitud introduce otra pregunta:
“¿Qué sí está aquí?”
No para negar lo que falta.
Para ampliar la imagen.
Imagina una habitación oscura con una pequeña ventana.
Puedes concentrarte en la oscuridad.
O puedes mirar la luz que entra por esa ventana.
La oscuridad sigue existiendo.
Pero ahora sabes que también existe luz.
Eso hace la gratitud.
No borra la noche.
Nos enseña dónde está la ventana.
Y quizá todos necesitemos encontrar una ventana de vez en cuando.
Hay días en los que agradecer será sencillo.
Otros días será difícil.
No importa.
La gratitud no debe convertirse en una obligación.
Si estás atravesando una pérdida profunda, no necesitas forzarte a decir:
“Estoy agradecido por esto.”
Puedes decir:
“Estoy agradecido por la persona que tuve en mi vida.”
La diferencia es enorme.
Si estás atravesando una enfermedad, no necesitas agradecer el dolor.
Puedes agradecer a quienes te acompañan.
Puedes agradecer el cuidado que recibes.
Puedes agradecer cada día que logras atravesar.
Si estás atravesando una separación, no necesitas agradecer el sufrimiento.
Puedes agradecer lo que aprendiste.
Si has perdido un trabajo, no necesitas agradecer la incertidumbre.
Puedes agradecer las capacidades que todavía tienes y las oportunidades que puedan aparecer.
La gratitud encuentra algo sin negar lo demás.
Eso la hace humana.
No necesitamos convertirnos en personas que sonríen permanentemente.
Necesitamos convertirnos en personas capaces de reconocer la luz incluso cuando todavía estamos atravesando la sombra.
Hay una diferencia entre optimismo ingenuo y esperanza consciente.
El optimismo ingenuo dice:
“Todo saldrá bien.”
La esperanza consciente dice:
“No sé exactamente cómo terminará esto, pero voy a hacer mi parte y seguir adelante.”
La primera necesita certeza.
La segunda puede convivir con la incertidumbre.
Y la gratitud pertenece más a la segunda.
Porque agradecer es reconocer el presente sin exigirle que sea perfecto.
Quizá puedas comenzar ahora mismo.
Mira dónde estás.
No necesitas moverte.
Observa.
¿Qué puedes ver?
Quizá una pared.
Una mesa.
Una ventana.
Una persona.
Un objeto.
Después escucha.
¿Qué puedes oír?
Tal vez un vehículo.
Una voz.
El viento.
Un electrodoméstico.
Tu propia respiración.
Ahora siente.
¿Puedes sentir tus pies?
Tus manos.
El peso de tu cuerpo.
La temperatura del ambiente.
Eso es presencia.
Y la presencia es una puerta hacia la gratitud.
Porque no puedes agradecer aquello que no estás dispuesto a mirar.
Vivimos demasiado rápido.
Comemos mientras miramos una pantalla.
Conversamos mientras revisamos mensajes.
Caminamos mientras pensamos en lo que sigue.
Descansamos mientras nos preocupamos por mañana.
Y así podemos pasar por un momento hermoso sin estar realmente allí.
La gratitud necesita presencia.
Necesita que estés.
Una madre abraza a su hijo.
Pero mientras lo abraza piensa en el trabajo.
Una pareja cena junta.
Pero ambos revisan el teléfono.
Un abuelo escucha a su nieto.
Pero está pensando en otra cosa.
Una persona contempla el amanecer.
Pero inmediatamente toma una fotografía para publicarla.
No hay nada malo en una fotografía.
El problema aparece cuando registramos el momento y olvidamos vivirlo.
Quizá algunos momentos de nuestra vida no necesiten ser fotografiados.
Necesiten ser sentidos.
Hay abrazos que no necesitan una cámara.
Hay conversaciones que no necesitan una publicación.
Hay amaneceres que solamente necesitan nuestros ojos.
Hay lágrimas que no necesitan explicación.
La gratitud también es íntima.
No necesita espectadores.
Isabel comenzó a practicarla de una manera sencilla.
Cada mañana, antes de levantarse, pensaba en una cosa.
No siempre era grande.
A veces era simplemente:
“Gracias por esta mañana.”
Otros días:
“Gracias por mi padre.”
“Gracias por mi cama.”
“Gracias por el café.”
“Gracias por poder caminar.”
“Gracias por una conversación.”
“Gracias por haber podido dormir.”
No intentaba sentir una emoción extraordinaria.
Solo reconocía.
Y con el tiempo empezó a notar algo:
aquello que antes le parecía insignificante comenzó a adquirir valor.
El café tenía otro sabor.
La luz de la mañana parecía diferente.
Una conversación con una amiga se volvió más profunda.
Una caminata dejó de ser solamente ejercicio.
Era presencia.
Y la presencia transformó sus días.
Esto no significa que sus problemas desaparecieran.
Algunos incluso continuaron durante años.
Pero dejó de vivir exclusivamente desde la carencia.
Había comenzado a vivir también desde el reconocimiento.
Y eso cambió su energía interior.
Cuando una persona vive pensando:
“No tengo suficiente”,
su atención se orienta permanentemente hacia la falta.
Cuando comienza a pensar:
“Quizá no tenga todo, pero puedo reconocer lo que sí tengo”,
aparece una sensación diferente.
No necesariamente abundancia material.
Abundancia de conciencia.
La capacidad de reconocer valor.
Y eso es diferente.
La gratitud no promete riqueza.
Promete perspectiva.
Puede cambiar la pregunta:
“¿Por qué no tengo esto?”
por:
“¿Qué puedo hacer con lo que tengo?”
La primera pregunta puede dejarte atrapado.
La segunda puede devolverte poder.
No control total.
Poder de acción.
Supongamos que tienes poco tiempo.
En lugar de pensar:
“No tengo tiempo para mí”,
puedes preguntar:
“¿Qué pequeño espacio puedo crear hoy?”
Quizá diez minutos.
Supongamos que estás atravesando una etapa económica difícil.
La gratitud no significa ignorarla.
Significa preguntarte:
“¿Qué capacidades tengo para buscar soluciones?”
Supongamos que una relación terminó.
Puedes llorar.
Puedes extrañar.
Y también preguntar:
“¿Qué puedo aprender sobre la forma en que quiero amar en el futuro?”
La gratitud no reemplaza la acción.
La acompaña.
Y quizás ese sea uno de sus mayores poderes.
Te permite actuar sin quedar completamente atrapado en la desesperanza.
Hay una palabra que se relaciona profundamente con la gratitud:
suficiente.
No significa conformarse.
Significa reconocer.
Puedes querer crecer y, al mismo tiempo, reconocer lo que ya has construido.
Puedes querer más dinero y agradecer lo que tienes.
Puedes querer una casa diferente y agradecer el techo que hoy te protege.
Puedes querer mejorar tu cuerpo y agradecer que te acompaña cada día.
Puedes querer aprender más y agradecer lo que ya sabes.
Puedes querer cambiar de vida y agradecer haber llegado hasta aquí.
“Suficiente” no significa “no quiero más”.
Significa:
“Lo que tengo hoy merece ser valorado mientras construyo lo que deseo mañana.”
Eso puede liberar una enorme cantidad de energía.
Porque cuando creemos que solamente seremos felices después de alcanzar algo, ponemos nuestra vida en pausa.
“Cuando tenga dinero, disfrutaré.”
“Cuando me jubile, descansaré.”
“Cuando encuentre pareja, seré feliz.”
“Cuando mis hijos crezcan, viviré para mí.”
“Cuando resuelva esto, podré respirar.”
Pero el futuro siempre se mueve.
Cuando alcanzamos una meta, aparece otra.
Si no aprendemos a habitar el presente, podemos pasar la vida esperando.
Y un día descubrir que estuvimos esperando demasiado.
La gratitud nos devuelve al ahora.
No elimina los sueños.
Los vuelve más humanos.
Puedes perseguir una meta sin despreciar el lugar desde el que comienzas.
Puedes decir:
“Quiero llegar allí.”
Y también:
“Honro donde estoy hoy.”
Eso es crecimiento sin violencia interior.
Porque hay personas que utilizan sus metas para castigarse.
No importa cuánto logren.
Nunca es suficiente.
Terminan un proyecto y piensan en el siguiente.
Obtienen reconocimiento y necesitan más.
Alcanzan un objetivo y rápidamente lo desvalorizan.
La gratitud interrumpe ese ciclo.
Permite detenerse.
Mirar.
Respirar.
Decir:
“Esto también cuenta.”
“Yo también cuento.”
Hay algo más que la gratitud puede transformar:
la relación con nosotros mismos.
¿Cuándo fue la última vez que te agradeciste?
No por algo que hayas conseguido.
Por haber resistido.
Por haber continuado.
Por haber aprendido.
Por haber pedido ayuda.
Por haber cambiado.
Por haber cuidado a alguien.
Por haber cuidado de ti.
Quizá podrías decir:
“Gracias por no rendirte.”
“Gracias por haber seguido.”
“Gracias por haber aprendido.”
“Gracias por intentarlo otra vez.”
No es narcisismo.
Es reconocimiento.
Estamos acostumbrados a felicitarnos cuando obtenemos resultados.
Pero también podemos reconocernos por el proceso.
Un estudiante no necesita agradecerse solamente por aprobar.
Puede agradecerse por estudiar cuando tenía miedo.
Una madre puede agradecerse por haber hecho lo mejor que pudo.
Un padre puede reconocer sus errores y valorar el esfuerzo de aprender.
Una persona que atraviesa un duelo puede decir:
“Gracias por seguir aquí.”
Eso también es espiritualidad.
No una espiritualidad de frases perfectas.
Una espiritualidad humana.
Con lágrimas.
Con dudas.
Con días buenos y malos.
Con esperanza.
Con cansancio.
Con pequeñas victorias.
Hay una historia que puede ayudarnos a comprenderlo.
Un hombre llamado Samuel tenía una pequeña tienda.
Durante años trabajó desde temprano hasta la noche.
No tenía grandes lujos.
Un día un joven entró a comprar algo.
Mientras esperaba, observó una fotografía vieja detrás del mostrador.
—¿Quiénes son?
Samuel sonrió.
—Mis padres.
—¿Viven?
Samuel negó con la cabeza.
—No.
El joven guardó silencio.
Samuel continuó:
—Pero tuve la suerte de conocerlos.
El joven lo miró.
—¿No te da tristeza?
—Sí —respondió Samuel—. Pero la tristeza y la gratitud pueden vivir en la misma casa.
El joven no dijo nada.
Samuel tocó la fotografía.
—Los extraño. Y al mismo tiempo agradezco haber tenido a quién extrañar.
Aquella frase contiene una sabiduría enorme.
Podemos sostener dos emociones aparentemente opuestas.
Podemos estar tristes y agradecidos.
Podemos tener miedo y esperanza.
Podemos estar cansados y seguir siendo valientes.
Podemos amar y necesitar distancia.
Podemos extrañar y continuar.
La madurez emocional no consiste en elegir una sola emoción.
Consiste en aprender a convivir con nuestra complejidad.
Y la gratitud puede ayudarnos a hacerlo.
Cuando agradecemos, no estamos diciendo:
“Esto es perfecto.”
Estamos diciendo:
“Esto tiene valor.”
Hay una gran diferencia.
Tu vida no necesita ser perfecta para tener valor.
Tu cuerpo no necesita ser perfecto para merecer cuidado.
Tu familia no necesita ser perfecta para que existan momentos hermosos.
Tu trabajo no necesita ser perfecto para que puedas aprender algo.
Tu historia no necesita ser perfecta para ser digna.
Tú no necesitas ser perfecto para merecer amor.
Quizá uno de los mayores regalos de la gratitud sea ese:
nos permite dejar de exigir perfección antes de concedernos permiso para vivir.
La gratitud también puede transformar nuestras relaciones.
Cuando agradeces a alguien de manera concreta, esa persona siente que ha sido vista.
No basta con decir:
“Gracias por todo.”
A veces es más poderoso decir:
“Gracias por llamarme aquella noche.”
“Gracias por escucharme cuando no sabía qué decir.”
“Gracias por enseñarme eso.”
“Gracias por creer en mí.”
“Gracias por estar.”
Las palabras específicas tienen profundidad.
Y quizá alguien cerca de ti necesite escuchar una de ellas.
No esperes una ocasión especial.
Las ocasiones especiales se construyen.
Llama.
Escribe.
Abraza.
Di gracias.
No sabemos cuánto tiempo tendremos para decir determinadas cosas.
La vida puede cambiar en un instante.
No para vivir con miedo.
Para vivir con presencia.
Hay personas que lamentan más las palabras que nunca dijeron que los errores que cometieron.
“Te quiero.”
“Te perdono.”
“Perdóname.”
“Gracias.”
“Estoy orgulloso de ti.”
“Me hiciste bien.”
“Me ayudaste.”
Son palabras sencillas.
Pero pueden acompañar a alguien durante años.
Y cuando las decimos, también nos transforman.
Porque expresar gratitud nos saca del aislamiento emocional.
Nos recuerda que nuestra vida nunca fue construida completamente solos.
Incluso cuando creemos que todo lo hicimos por nuestra cuenta, hubo manos.
Alguien enseñó.
Alguien abrió una puerta.
Alguien escuchó.
Alguien cocinó.
Alguien esperó.
Alguien creyó.
Alguien nos dio una oportunidad.
Quizá no recordemos todos los nombres.
Pero podemos reconocer que somos parte de una red de encuentros.
La gratitud nos vuelve humildes.
No para sentirnos pequeños.
Para recordar que somos parte de algo más grande que nuestro ego.
Y allí aparece una dimensión espiritual.
No necesitas pertenecer a una religión específica para experimentar gratitud espiritual.
Puedes sentirla frente a la naturaleza.
Frente a la vida.
Frente a Dios, si tienes fe.
Frente al misterio de existir.
Frente al hecho extraordinario de estar aquí.
Respirar.
Sentir.
Amar.
Aprender.
Elegir.
No necesitamos resolver el misterio para sentir reverencia.
A veces basta con contemplar.
Mira el cielo.
Observa un árbol.
Escucha la lluvia.
Contempla el rostro de alguien que amas.
Hay algo profundamente espiritual en reconocer que no todo necesita ser útil para tener valor.
Una flor no necesita producir dinero.
Una puesta de sol no necesita resolver problemas.
Una canción no necesita pagar cuentas.
Y, sin embargo, enriquecen la experiencia humana.
Quizá necesitamos más momentos que no tengan una finalidad productiva.
Momentos simplemente para estar.
La sociedad puede enseñarnos a medir todo.
Resultados.
Rendimiento.
Dinero.
Seguidores.
Logros.
Pero hay cosas que no caben en una estadística.
Una conversación.
Una mirada.
Un abrazo.
Un perdón.
Una tarde tranquila.
Un momento de paz.
La gratitud recupera ese lenguaje.
El lenguaje de lo esencial.
Isabel comenzó a llevar un pequeño cuaderno.
Lo llamó:
“Lo que sí.”
Cada noche escribía tres cosas.
No tenían que ser extraordinarias.
Un día escribió:
“Mi padre se rió durante la cena.”
“Hoy vi un pájaro en la ventana.”
“Tuve fuerzas para terminar una tarea.”
Otro día:
“Una amiga me llamó.”
“Dormí bien.”
“Me reí.”
Otro:
“Lloré y no me avergoncé.”
“Pedí ayuda.”
“Dije que no.”
Con el tiempo el cuaderno se llenó.
Un día volvió a leer las primeras páginas.
Se sorprendió.
Su vida seguía teniendo problemas.
Pero ya no parecía solamente una colección de problemas.
Había momentos.
Personas.
Esfuerzos.
Pequeñas victorias.
Pequeñas luces.
Comprendió que la vida no había cambiado tanto como había cambiado su manera de mirarla.
Y esa es una de las grandes transformaciones de la conciencia:
cuando cambia la mirada, el mundo interior cambia de tamaño.
El problema puede seguir siendo grande.
Pero ya no ocupa todo.
La gratitud crea perspectiva.
Por eso quiero proponerte una práctica diferente.
Durante siete días, no escribas solamente aquello por lo que estás agradecido.
Escribe también por qué.
Por ejemplo:
“Estoy agradecido por mi amigo porque me escucha sin juzgar.”
“Estoy agradecido por mi casa porque me ofrece un lugar donde descansar.”
“Estoy agradecido por mi cuerpo porque me permite caminar.”
“Estoy agradecido por mi trabajo porque me permite sostener determinadas responsabilidades.”
“Estoy agradecido por aquella experiencia difícil porque me enseñó qué límites necesito.”
El “por qué” profundiza.
Después agrega una tercera pregunta:
“¿Cómo puedo honrar esto?”
Si agradeces a una persona, quizá puedas decírselo.
Si agradeces tu cuerpo, quizá puedas cuidarlo.
Si agradeces tu tiempo, quizá puedas utilizarlo con más conciencia.
Si agradeces una oportunidad, quizá puedas aprovecharla.
La gratitud se vuelve más poderosa cuando se convierte en acción.
No es solamente sentir.
Es responder.
Si alguien te ayudó, puedes ayudar a otro.
Si alguien creyó en ti, puedes creer en alguien.
Si recibiste una palabra de esperanza, puedes ofrecer una.
La gratitud se multiplica cuando circula.
Una pequeña amabilidad puede viajar mucho más lejos de lo que imaginamos.
Un hombre sonríe a una persona que está teniendo un mal día.
Esa persona llega a casa y trata con más paciencia a su hijo.
El niño al día siguiente trata mejor a un compañero.
El compañero ayuda a alguien.
Nadie sabe dónde comenzó.
La bondad no siempre deja una firma.
Pero deja huellas.
Quizá la vida espiritual también sea eso:
convertir lo que recibimos en algo que podemos entregar.
No necesitas salvar al mundo.
Puedes empezar por una persona.
No necesitas iluminar una ciudad.
Puedes encender una pequeña luz en una habitación.
No necesitas resolver todos los problemas.
Puedes aliviar uno.
No necesitas ser extraordinario.
Puedes ser presente.
Y estar presente para alguien puede ser uno de los regalos más grandes.
Hay otra forma de gratitud que pocas veces practicamos:
agradecer lo que aprendimos de nosotros mismos.
“Gracias por descubrir que puedo decir no.”
“Gracias por aprender a pedir ayuda.”
“Gracias por reconocer mis límites.”
“Gracias por saber que necesito descanso.”
“Gracias por descubrir una pasión.”
“Gracias por atreverme.”
“Gracias por sobrevivir.”
Estas frases no son simples.
Representan crecimiento.
Porque una vida consciente no mide solamente cuánto conseguimos.
También mide cuánto nos conocemos.
Cuánto comprendemos.
Cuánto sanamos.
Cuánto aprendemos a amar.
Cuánto aprendemos a soltar.
Cuánto aprendemos a permanecer.
Quizá dentro de algunos años mires atrás y descubras que los momentos que más transformaron tu vida no fueron necesariamente los más exitosos.
Tal vez fueron los momentos difíciles.
La conversación que te obligó a ser honesto.
La pérdida que te enseñó a valorar.
El fracaso que te hizo comenzar de nuevo.
La noche en que finalmente pediste ayuda.
La mañana en que dijiste:
“Ya no quiero vivir así.”
La tarde en que perdonaste.
El día en que te perdonaste.
No porque el dolor fuera bueno.
Sino porque descubriste algo de ti dentro de él.
La gratitud puede ayudarte a rescatar aprendizaje sin romantizar sufrimiento.
Esa diferencia importa.
No necesitas decir:
“Gracias por haber sufrido.”
Puedes decir:
“Gracias por haber descubierto que puedo reconstruirme.”
No necesitas decir:
“Gracias por haberme lastimado.”
Puedes decir:
“Gracias a esta experiencia comprendí qué límites necesito.”
No necesitas agradecer una injusticia.
Puedes agradecer la fuerza con la que estás aprendiendo a defender tu dignidad.
Así la gratitud deja de ser una obligación espiritual y se convierte en una herramienta de transformación.
Ahora detente un momento.
Coloca una mano sobre tu pecho.
Respira lentamente.
Piensa en una persona que haya hecho algo bueno por ti.
No tiene que ser alguien famoso.
Puede ser alguien de tu familia.
Un amigo.
Un maestro.
Un compañero.
Una persona que quizá ya no esté.
Recuerda su rostro.
Recuerda un momento.
Y di interiormente:
“Gracias.”
No necesitas hacer nada más.
Quédate unos segundos.
Observa qué ocurre.
Quizá aparezca una sonrisa.
Quizá una lágrima.
Quizá nostalgia.
Todo está bien.
A veces una lágrima también es una forma de gratitud.
Después piensa en ti.
Sí, en ti.
En la persona que has sido durante todos estos años.
Y di:
“Gracias por haber llegado hasta aquí.”
Puede que al principio te resulte extraño.
Hazlo de todos modos.
Gracias por las veces que continuaste.
Gracias por las veces que aprendiste.
Gracias por las veces que cambiaste.
Gracias por las veces que te levantaste.
Gracias por las veces que no sabías qué hacer y aun así seguiste.
Gracias por seguir buscando.
Porque aquí estás.
Y mientras estés aquí, todavía existen posibilidades.
Hay una frase que Isabel escribió en la última página de su cuaderno:
“Mi vida no se volvió perfecta. Se volvió visible.”
Quizá eso sea la gratitud.
Hacer visible lo que estaba allí.
La belleza pequeña.
La ayuda recibida.
El amor cotidiano.
La oportunidad.
La enseñanza.
El presente.
La respiración.
La vida.
No necesitas esperar a perder algo para descubrir su valor.
Mira ahora.
¿Qué tienes delante?
¿Quién está contigo?
¿Qué puedes hacer?
¿Qué parte de tu historia todavía merece ser celebrada?
Quizá sea muy pequeña.
No importa.
Una chispa sigue siendo fuego potencial.
Cuídala.
La gratitud no te pide que dejes de soñar.
Te invita a soñar sin despreciar el presente.
No te pide que dejes de querer más.
Te invita a reconocer lo que ya existe.
No te pide que olvides tus problemas.
Te recuerda que tú eres más grande que ellos.
Y quizá mañana, cuando despiertes, puedas comenzar de una manera diferente.
Antes de tomar el teléfono.
Antes de pensar en todo lo pendiente.
Antes de entrar en la velocidad del día.
Respira.
Abre los ojos.
Y piensa:
“Estoy aquí.”
Después:
“Todavía puedo elegir.”
Y finalmente:
“Gracias.”
No porque todo sea perfecto.
Sino porque todavía existe vida.
Todavía existen caminos.
Todavía existen personas.
Todavía existen aprendizajes.
Todavía existen oportunidades.
Todavía existe amor.
Todavía existe esperanza.
Y mientras exista esperanza, el futuro no está completamente escrito.
Tal vez la gratitud sea una de las formas más sencillas de despertar.
No cambia mágicamente lo que tienes.
Cambia la manera en que lo miras.
Y cuando cambia tu mirada, cambia aquello que haces con lo que tienes.
Entonces comienzas a vivir de otra manera.
Más presente.
Más consciente.
Más humilde.
Más profundamente conectado con lo esencial.
Y quizá descubras algo que estaba frente a ti desde siempre:
la vida no estaba esperando ser perfecta para regalarte momentos de belleza.
La belleza ya estaba ocurriendo.
Solo necesitabas detenerte para verla.




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