Hay guerras que nadie ve.
No aparecen en las noticias.
No dejan edificios destruidos.
No tienen soldados ni uniformes.
Ocurren en silencio, dentro de una persona que sonríe mientras intenta convencer a su propio corazón de que debería ser diferente.
Una parte quiere descansar.
Otra exige continuar.
Una parte quiere perdonar.
Otra insiste en recordar.
Una parte quiere avanzar.
Otra teme dejar atrás lo conocido.
Una parte sueña.
Otra responde:
“Sé realista.”
Y así podemos pasar años viviendo divididos.
No porque nos falte voluntad.
Sino porque hemos aprendido a luchar contra nosotros mismos.
Queremos ser más fuertes.
Más tranquilos.
Más exitosos.
Más espirituales.
Más pacientes.
Más disciplinados.
Más seguros.
Más felices.
Y cuanto más intentamos obligarnos a convertirnos rápidamente en esa versión ideal, más lejos podemos sentirnos de la persona que somos hoy.
La paz comienza cuando dejamos de tratarnos como un enemigo.
No significa conformarnos.
No significa renunciar al crecimiento.
Significa crecer sin odiarnos durante el proceso.
Hay una diferencia enorme entre decir:
“Quiero mejorar”
y decir:
“Necesito cambiar porque no valgo suficiente.”
La primera frase nace del amor.
La segunda nace del rechazo.
Y nadie debería tener que odiarse para transformarse.
Durante mucho tiempo, Laura creyó que necesitaba arreglarse.
Había pasado los cuarenta y sentía que su vida era una colección de asuntos pendientes.
Quería perder algunos kilos.
Quería ganar más dinero.
Quería ser más organizada.
Quería tener más paciencia con sus hijos.
Quería dejar de preocuparse tanto.
Quería aprender a meditar.
Quería leer más.
Quería dormir mejor.
Quería sentirse segura.
Tenía una lista interminable.
Cada noche prometía:
“Mañana comienzo.”
Y cada mañana, cuando algo salía mal, se decía:
“Ves, nunca cambias.”
No se daba cuenta de que había convertido su crecimiento personal en un juicio permanente.
Un día, mientras ordenaba un armario, encontró una fotografía de cuando tenía veinte años.
Se quedó mirándola.
La joven de la fotografía sonreía.
Laura recordó inmediatamente todo lo que aquella muchacha pensaba sobre sí misma.
“Soy demasiado delgada.”
“No soy suficientemente bonita.”
“No sé qué quiero hacer.”
“Todos los demás parecen tener la vida resuelta.”
Laura sonrió con tristeza.
La joven de la fotografía había pasado años sintiéndose insuficiente.
Y ahora ella, veinte años después, seguía sintiéndose insuficiente.
Solo habían cambiado las razones.
A los veinte:
“Necesito verme diferente.”
A los treinta:
“Necesito ganar más.”
A los cuarenta:
“Necesito tener todo bajo control.”
Y entonces comprendió algo:
si esperaba sentirse suficiente después de conseguir todo lo que se exigía, probablemente nunca llegaría.
Porque la exigencia siempre podía inventar una nueva condición.
Cuando cumpliera una meta, aparecería otra.
Cuando resolviera un problema, encontraría otro.
Cuando alcanzara una versión ideal, descubriría una nueva imperfección.
No había una línea de llegada.
Solo una carrera.
Y estaba cansada de correr.
Aquella noche hizo algo diferente.
Se sentó frente al espejo.
No para buscar defectos.
Para mirarse.
Permaneció allí durante un minuto.
Al principio sintió incomodidad.
Después dijo:
“Esta soy yo.”
Nada más.
No:
“Esta soy yo y debería ser distinta.”
No:
“Esta soy yo y tengo que arreglarme.”
Solo:
“Esta soy yo.”
Lloró.
Porque hacía mucho tiempo que no se miraba sin evaluarse.
Quizá tú también conozcas esa sensación.
Mirarte y comenzar inmediatamente a juzgar.
Tu rostro.
Tu cuerpo.
Tu edad.
Tus decisiones.
Tu pasado.
Tu situación económica.
Tu trabajo.
Tus relaciones.
Tu manera de hablar.
Tus errores.
La mente puede convertir un espejo en un tribunal.
Pero un espejo solamente muestra.
Nosotros agregamos el juicio.
Y tal vez haya llegado el momento de aprender a mirarnos sin convertir cada defecto en una condena.
Esto no significa dejar de cuidar nuestra salud, nuestros hábitos o nuestra vida.
Significa hacerlo desde un lugar diferente.
Puedo cuidar mi cuerpo porque lo valoro.
No porque lo odio.
Puedo estudiar porque quiero crecer.
No porque soy estúpido.
Puedo trabajar para mejorar mi situación.
No porque mi vida actual no tenga valor.
Puedo cambiar un hábito.
No porque sea una persona terrible.
Sino porque quiero vivir de una manera más saludable.
La intención importa.
La misma acción puede nacer del amor o del rechazo.
Y nuestro mundo interior siente la diferencia.
Piensa en un niño que está aprendiendo a caminar.
Cuando cae, nadie debería decirle:
“Eres un fracaso.”
Le decimos:
“Vamos, intenta otra vez.”
¿Por qué dejamos de hablarnos así cuando crecemos?
¿Por qué creemos que los adultos necesitan insultarse para avanzar?
Quizá porque confundimos disciplina con dureza.
La disciplina puede ser firme y amable al mismo tiempo.
Puedes decir:
“Esto debo cambiar.”
Sin decir:
“Soy un desastre.”
Puedes reconocer:
“Me equivoqué.”
Sin concluir:
“No sirvo.”
Puedes admitir:
“Necesito ayuda.”
Sin pensar:
“Soy débil.”
La conciencia separa el comportamiento de la identidad.
Hiciste algo incorrecto.
Eso no significa que seas incorrecto.
Tomaste una mala decisión.
Eso no significa que seas una mala persona.
Fallaste.
Eso no significa que seas un fracaso.
Perdiste.
Eso no significa que estés perdido.
Hay una palabra que puede cambiar la manera en que enfrentamos nuestra vida:
“Todavía.”
Todavía no lo logré.
Todavía estoy aprendiendo.
Todavía estoy sanando.
Todavía estoy descubriendo.
Todavía tengo miedo.
Todavía puedo intentarlo.
Todavía hay tiempo para un paso.
“Todavía” mantiene abierta la puerta.
Y una conciencia despierta necesita puertas abiertas.
Laura comenzó a utilizar esa palabra.
Cuando se equivocaba:
“Todavía estoy aprendiendo.”
Cuando algo no salía bien:
“Todavía no encontré la manera.”
Cuando tenía un mal día:
“Todavía puedo volver a empezar mañana.”
No se volvió una persona completamente diferente.
Pero dejó de castigarse por no transformarse de inmediato.
Y eso le dio energía.
Porque la energía que antes utilizaba para insultarse comenzó a estar disponible para actuar.
Aquí existe una paradoja:
cuanto más te rechazas, más difícil puede resultar cambiar.
Porque una persona que se siente permanentemente defectuosa suele buscar alivio, no transformación.
Come para calmarse.
Se distrae.
Evita.
Procrastina.
Se aísla.
Busca aprobación.
Pero cuando una persona se siente segura dentro de sí misma, puede mirar sus dificultades con mayor claridad.
Puede decir:
“Esto no me está haciendo bien.”
Y actuar.
La compasión no es indulgencia.
Es una forma de fuerza.
Compasión significa mirar el sufrimiento sin añadirle crueldad.
Imagina que un amigo llega a tu casa después de cometer un error enorme.
Está destruido.
Llora.
Te dice:
“Arruiné todo.”
¿Qué harías?
Probablemente lo escucharías.
Le dirías que puede aprender.
Quizá le ayudarías a reparar lo que sea posible.
No le repetirías durante horas:
“Eres inútil.”
Entonces pregúntate:
¿Por qué tú sí mereces ese trato?
¿Por qué eres capaz de ofrecer compasión a otros y te la niegas a ti mismo?
Quizá necesitas aprender a convertirte en tu propio lugar seguro.
No significa que debas justificar tus errores.
Significa que puedes corregirlos sin destruirte.
Hay una frase que Laura escribió:
“Quiero ser una casa donde yo también pueda descansar.”
Qué hermosa intención.
Porque algunas personas se sienten seguras con todos menos consigo mismas.
Saben que pueden llamar a un amigo.
Pero no saben estar solas.
Necesitan ruido.
Necesitan aprobación.
Necesitan actividad.
Necesitan sentir que alguien las valida.
Y cuando están solas aparece una voz interna dura.
La paz interior no significa no necesitar a nadie.
Significa poder estar contigo sin convertirte en tu propio enemigo.
Eso se construye.
Pequeño a pequeño.
Una tarde sin teléfono.
Una caminata.
Una respiración.
Una comida tranquila.
Un diario.
Una conversación contigo.
Un descanso sin culpa.
El descanso merece una atención especial.
Vivimos en una cultura que muchas veces celebra estar ocupados.
“Estoy a mil.”
“Estoy lleno de trabajo.”
“No tengo tiempo.”
Lo decimos como si fuera una medalla.
Pero estar permanentemente ocupado no significa estar viviendo bien.
El cuerpo necesita descanso.
La mente necesita pausas.
El corazón necesita espacios.
La creatividad necesita silencio.
Incluso la tierra tiene estaciones.
No todo es crecimiento visible.
En invierno, muchas cosas parecen quietas.
Pero debajo de la tierra continúan procesos.
Quizá tú también estés en un invierno interior.
Y eso no significa que no estés creciendo.
Tal vez estás procesando.
Recuperándote.
Aprendiendo.
Esperando.
No todo crecimiento puede verse desde afuera.
No te juzgues por una temporada.
Un árbol sin flores no está muerto.
Está atravesando otra etapa.
La vida humana también tiene estaciones.
Hay momentos de expansión.
Momentos de recogimiento.
Momentos de búsqueda.
Momentos de descanso.
Momentos de duelo.
Momentos de renacimiento.
La sabiduría consiste en reconocer qué estación estás viviendo.
No puedes exigirte florecer todos los días.
Y no deberías hacerlo.
Quizá hoy necesites menos metas y más descanso.
Quizá mañana necesites acción.
Escucharte significa saber diferenciar.
Laura descubrió que estaba agotada porque intentaba mejorar diez cosas al mismo tiempo.
Cada semana comenzaba una dieta.
Un plan de ejercicio.
Un curso.
Un libro.
Una rutina de meditación.
Un proyecto.
Una lista.
Y cuando no podía sostenerlo todo, se sentía culpable.
Entonces decidió algo revolucionario:
una cosa a la vez.
Durante un mes, solamente trabajaría en dormir mejor.
No cambiaría toda su vida.
Solo cuidaría el descanso.
Después incorporaría otra práctica.
Descubrió que la transformación sostenible suele ser menos espectacular que las promesas de cambio instantáneo.
No necesita destruir tu vida.
Necesita reorganizarla.
Pequeñas decisiones repetidas pueden convertirse en grandes cambios.
Beber agua.
Caminar.
Dormir.
Respirar.
Leer.
Escribir.
Decir no.
Decir sí.
Pedir ayuda.
Ordenar un espacio.
Reducir ruido.
Hablar con alguien.
No parecen actos espirituales.
Pero pueden serlo.
Porque espiritualidad también es cuidar la vida concreta.
Tu cuerpo.
Tu tiempo.
Tus relaciones.
Tus responsabilidades.
Tus palabras.
No puedes vivir una espiritualidad profunda mientras desprecias tu existencia cotidiana.
Lo sagrado también puede estar en lavar los platos con presencia.
En cocinar para alguien.
En trabajar honestamente.
En descansar.
En cuidar una planta.
En acompañar a un familiar.
En pedir perdón.
En pagar una deuda.
En cumplir una promesa.
En reconocer un error.
Lo espiritual no siempre está arriba.
A veces está profundamente aquí abajo.
En el suelo.
En las manos.
En la respiración.
En lo cotidiano.
Eso puede cambiar nuestra manera de vivir.
Porque dejamos de esperar momentos extraordinarios para sentir conexión.
Comenzamos a encontrarla en lo sencillo.
Hay otra batalla interior muy común:
compararnos.
Vivimos rodeados de vidas editadas.
Fotografías seleccionadas.
Logros anunciados.
Sonrisas publicadas.
Viajes.
Casas.
Negocios.
Cuerpos.
Celebraciones.
Y luego comparamos nuestro detrás de escena con el escenario de otra persona.
No es una comparación justa.
No sabes cuántas noches de esa persona están llenas de dudas.
No sabes qué problemas existen detrás de una fotografía.
No sabes qué precio pagó por aquello que ves.
Y tampoco necesitas saberlo.
Tu camino tiene otro ritmo.
Quizá estás comenzando.
Quizá estás reconstruyendo.
Quizá estás cuidando a alguien.
Quizá estás pagando deudas.
Quizá estás aprendiendo.
Quizá estás sobreviviendo.
No uses la vida de otra persona para medir el valor de la tuya.
La comparación roba presencia.
La gratitud la devuelve.
En lugar de:
“¿Por qué ellos tienen eso?”
pregunta:
“¿Qué puedo construir desde donde estoy?”
La segunda pregunta devuelve poder.
Y si no puedes construir todavía, pregunta:
“¿Qué puedo cuidar?”
A veces la etapa no es de construcción.
Es de reparación.
Y reparar también es avanzar.
Hay personas que necesitan permiso para no estar bien todo el tiempo.
Si hoy estás triste, no necesitas convertirte inmediatamente en una persona positiva.
Puedes decir:
“Hoy estoy triste.”
Y después:
“Voy a cuidarme.”
Eso es suficiente.
Si hoy estás cansado:
“Estoy cansado.”
Y:
“Voy a descansar.”
Si hoy estás confundido:
“No sé.”
Y:
“Voy a esperar.”
La conciencia no siempre busca respuestas.
A veces busca honestidad.
Y la honestidad puede traer paz.
Porque fingir consume mucha energía.
Fingir que no duele.
Fingir que no importa.
Fingir que todo está bajo control.
Fingir que eres feliz.
Fingir que no necesitas.
Fingir que sabes.
Qué cansancio.
Quizá puedas quitar una máscara.
Solo una.
Y ver qué ocurre.
No tienes que mostrárselo al mundo entero.
Empieza contigo.
Reconoce:
“Esto soy hoy.”
Sin condena.
Sin excusas.
Simplemente reconocimiento.
Desde ahí puedes decidir.
El presente es el único lugar desde el que realmente puedes transformar algo.
No puedes cambiar el pasado.
No puedes vivir mañana.
Puedes actuar ahora.
Esta respiración.
Esta decisión.
Esta palabra.
Este momento.
Quizá la paz sea más accesible de lo que creemos porque siempre comienza en el presente.
No necesitamos resolver toda la vida para tener cinco segundos de paz.
Respira.
Suelta los hombros.
Afloja la mandíbula.
Apoya los pies.
Mira alrededor.
Estás aquí.
No necesitas solucionar nada durante este instante.
Solo estar.
Ese pequeño espacio puede convertirse en una práctica.
Y con práctica, en una forma de vivir.
La paz no es ausencia de problemas.
Es una relación diferente con ellos.
Puedes tener problemas y no convertirte en ellos.
Puedes estar preocupado y seguir respirando.
Puedes estar triste y seguir cuidándote.
Puedes tener incertidumbre y seguir caminando.
Puedes no saber qué sucederá y aun así tomar el siguiente paso.
Esto es madurez espiritual.
No escapar de la realidad.
Habitarla con conciencia.
Laura empezó a entenderlo una mañana.
Se despertó tarde.
Tenía varias cosas pendientes.
Antes se habría insultado:
“Qué desastre.”
Ese día respiró.
Miró el reloj.
Dijo:
“Llegué tarde.”
Nada más.
Se levantó.
Se vistió.
Organizó lo urgente.
Canceló lo que podía esperar.
Y siguió.
No había perdido una hora.
Había evitado perder también el resto del día castigándose.
Parece pequeño.
No lo es.
Muchas veces un problema ocupa diez minutos y nosotros le entregamos cinco horas de sufrimiento adicional.
El hecho ocurrió.
Después añadimos una historia.
“Esto siempre me pasa.”
“Soy un desastre.”
“Todo me sale mal.”
“Nunca voy a cambiar.”
La conciencia puede cortar esa segunda parte.
“He llegado tarde.”
Punto.
“Me equivoqué.”
Punto.
“Esto salió mal.”
Punto.
Ahora:
“¿Qué hago?”
Ese espacio es libertad.
No necesitas creer todo lo que tu mente dice después de un error.
Puedes escucharla.
Pero puedes elegir.
Y esa elección se practica.
Una y otra vez.
También puedes aprender a distinguir entre responsabilidad y culpa.
Responsabilidad:
“Esto ocurrió y quiero hacer algo al respecto.”
Culpa destructiva:
“Esto ocurrió porque soy una persona terrible.”
La primera construye.
La segunda paraliza.
Si hiciste daño, repara.
Si puedes disculparte, hazlo.
Si necesitas cambiar, cambia.
Pero no conviertas la culpa en una identidad.
No necesitas castigarte para demostrar que aprendiste.
A veces la mejor disculpa es una vida diferente.
Una conducta diferente.
Una decisión diferente.
Una manera diferente de tratar a los demás.
Eso vale más que mil promesas.
La paz interior no nace solamente de perdonarnos.
También nace de aprender a vivir de acuerdo con nuestros valores.
Cuando sabes que estás haciendo lo correcto, incluso si es difícil, existe una tranquilidad particular.
Puede haber miedo.
Puede haber dudas.
Pero hay coherencia.
Y la coherencia es un alimento profundo para el alma.
Pregúntate:
¿Qué clase de persona quiero ser cuando nadie está mirando?
¿Cómo quiero tratar a los demás?
¿Cómo quiero tratarme?
¿Qué cosas no quiero negociar?
¿Qué valores quiero transmitir?
No necesitas tener respuestas perfectas.
Pero cuanto más claras sean tus respuestas, más fácil será tomar algunas decisiones.
La conciencia no elimina todos los conflictos.
Reduce los conflictos innecesarios.
Porque cuando sabes quién eres, algunas cosas dejan de ser negociables.
Y otras dejan de ser importantes.
Ya no necesitas ganar todas las discusiones.
Ya no necesitas demostrar que tienes razón.
Ya no necesitas responder cada crítica.
Ya no necesitas explicar cada decisión.
A veces puedes simplemente decir:
“Esto es lo que necesito.”
Y seguir.
Hay una paz especial en no tener que convencer a todo el mundo.
Tu vida no es una presentación.
No necesitas defenderla constantemente.
Las personas que te aman de verdad pueden no estar de acuerdo con todo lo que haces y aun así respetar tu camino.
Y si alguien solamente te acepta mientras haces lo que quiere, quizá no esté aceptando realmente quién eres.
Soltar esa necesidad de aprobación puede ser liberador.
No significa dejar de escuchar.
Significa no depender de cada opinión para saber quién eres.
La opinión de alguien puede ser información.
No necesariamente identidad.
Puedes escuchar una crítica y preguntarte:
“¿Hay algo que pueda aprender?”
Si sí, apréndelo.
Si no, déjalo pasar.
No todo comentario merece entrar en tu corazón.
Tu interior necesita filtros.
Así como no abrirías la puerta de tu casa a cualquier persona, tampoco tienes que abrir la puerta de tu mente a cualquier opinión.
Esto también es paz.
Proteger tu mundo interior.
Cuidar aquello que consumes.
Lo que miras.
Lo que escuchas.
Las conversaciones que mantienes.
Las cuentas que sigues.
Las personas con las que pasas tiempo.
No porque debas vivir aislado.
Porque tu atención es limitada.
Y aquello a lo que prestas atención crece dentro de ti.
Si consumes miedo todo el día, tu mundo puede empezar a parecer peligroso.
Si consumes comparación, puedes sentirte insuficiente.
Si consumes conflicto, puedes acostumbrarte a la tensión.
Si consumes belleza, aprendizaje y esperanza, no resolverás todos tus problemas, pero ofrecerás a tu mente otro tipo de alimento.
La conciencia también es elegir qué entra.
No todo merece tu atención.
No todo merece tu energía.
No todo merece una respuesta.
Aprender a decir:
“No voy a participar en esto”
puede ser profundamente espiritual.
Porque estás diciendo:
“Mi paz también importa.”
Y tu paz importa.
No porque debas evitar todo conflicto.
Sino porque no necesitas crear conflictos innecesarios.
A veces la paz consiste en responder.
A veces consiste en retirarte.
A veces consiste en hablar.
A veces consiste en guardar silencio.
La sabiduría está en distinguir.
Y esa distinción se construye con experiencia.
No te castigues por no haber sabido antes.
Estás aprendiendo.
Todos estamos aprendiendo.
Quizá eso sea lo más humano que podemos reconocer:
nadie tiene el manual completo.
Los padres improvisan.
Los hijos improvisan.
Las parejas improvisan.
Los profesionales improvisan.
Los líderes improvisan.
Las personas espirituales también improvisan.
Todos hacemos lo mejor que podemos con la conciencia que tenemos en cada momento.
Y cuando nuestra conciencia crece, podemos hacerlo mejor.
Eso es evolución.
No perfección.
Evolución.
Laura comenzó a practicar una frase:
“Hoy puedo hacerlo un poco mejor.”
No perfecto.
Un poco mejor.
Escuchar un poco más.
Hablar un poco menos.
Descansar un poco antes.
Comer con más presencia.
Mover el cuerpo.
Decir gracias.
Pedir perdón.
No responder inmediatamente.
Pequeñas cosas.
Pero las pequeñas cosas repetidas construyen una identidad.
Y la identidad construida conscientemente puede cambiar un destino.
Antes de terminar este capítulo, quiero proponerte un ritual sencillo de paz.
No necesitas objetos especiales.
Solo necesitas unos minutos.
Siéntate.
Apoya los pies en el suelo.
Coloca una mano sobre el pecho y otra sobre el abdomen.
Respira lentamente.
Al inhalar, piensa:
“Me permito estar aquí.”
Al exhalar:
“No necesito resolverlo todo ahora.”
Repite varias veces.
Después piensa en algo que hoy te esté preocupando.
No intentes solucionarlo.
Solo obsérvalo.
Pregúntate:
“¿Qué depende de mí?”
Eso es importante.
Haz una lista mental.
Quizá dependa de ti hablar.
Organizar.
Pedir ayuda.
Trabajar.
Esperar.
Descansar.
Cambiar un hábito.
Tomar una decisión.
Y después pregunta:
“¿Qué no depende de mí?”
La respuesta puede incluir:
la opinión de otra persona.
el pasado.
el resultado exacto.
el clima.
el comportamiento de alguien.
lo que alguien decida.
No necesitas controlar lo que no te pertenece.
Puedes hacer tu parte.
Y después soltar un poco.
No todo.
Solo un poco.
Respira.
Imagina que estás abriendo la mano.
No estás abandonando.
Estás dejando de apretar.
Y cuando termines, di:
“Hoy elijo no ser mi propio enemigo.”
Esa frase puede acompañarte.
Cuando falles.
Cuando estés cansado.
Cuando te mires al espejo.
Cuando tengas miedo.
Cuando vuelvas a equivocarte.
Cuando sientas que no avanzas.
Recuerda:
no necesitas destruir la versión de ti que eres para convertirte en una versión más consciente.
Necesitas comprenderla.
Acompañarla.
Enseñarle.
Perdonarla.
Y, cuando sea necesario, ponerle límites.
Incluso a ti mismo.
Porque amor propio también significa decirte:
“No voy a seguir haciéndome daño.”
Eso puede significar abandonar un hábito.
Alejarte de una situación.
Buscar ayuda.
Dormir.
Trabajar.
Cambiar.
No todo autocuidado es suave.
A veces el acto más amoroso es tomar una decisión difícil.
Pero incluso cuando tengas que ser firme contigo, puedes hacerlo sin desprecio.
Como quien toma de la mano a alguien que ama y le dice:
“Vamos. Por aquí.”
No:
“Eres un inútil.”
No:
“Deberías haberlo sabido.”
Solo:
“Vamos.”
Quizá esa sea la palabra que necesitas hoy.
Vamos.
No importa si avanzas lentamente.
Vamos.
No importa si tienes miedo.
Vamos.
No importa si ayer retrocediste.
Vamos.
No importa si todavía no sabes cómo.
Vamos.
No importa si aún estás sanando.
Vamos.
Porque la vida no exige que estés completamente curado para seguir caminando.
Puedes caminar con una cicatriz.
Puedes caminar con dudas.
Puedes caminar con lágrimas.
Puedes caminar con esperanza.
Y puedes aprender a descansar sin sentir que has abandonado el camino.
La paz no siempre llega cuando desaparecen los problemas.
A veces llega cuando dejas de luchar contra el hecho de que eres humano.
Eres imperfecto.
Cambiante.
Sensible.
Vulnerable.
Capaz de equivocarte.
Capaz de aprender.
Capaz de amar.
Capaz de comenzar.
No necesitas ser otra persona para merecer paz.
Necesitas dejar de declarar la guerra a quien eres mientras aprendes a crecer.
Quizá esta noche, cuando te mires al espejo, no busques aquello que quieres cambiar.
Busca a la persona que ha llegado hasta aquí.
Mírala.
Respira.
Y dile:
“Gracias.”
“Te perdono.”
“Te escucho.”
“Estoy contigo.”
“Vamos.”
Después apaga la luz.
Descansa.
Mañana habrá cosas pendientes.
Pero esta noche puedes dejar de luchar.
Porque quizá la paz que estabas buscando afuera no estaba escondida en una vida perfecta.
Quizá estaba esperando el momento en que dejaras de exigirte ser perfecto para sentir que merecías vivir en paz.
Y ese momento puede comenzar ahora.
Aquí.
Contigo.