Despierta tu Conciencia

CAPÍTULO 7 El poder de vivir el presente

Hay una parte de nuestra vida que casi nunca habitamos completamente.
El presente.
Nuestro cuerpo está aquí, pero muchas veces nuestra mente está en otro lugar.
Mientras desayunamos, pensamos en lo que tenemos que hacer.
Mientras trabajamos, pensamos en lo que ocurrió ayer.
Mientras conversamos, imaginamos lo que podría pasar mañana.
Mientras descansamos, nos preocupamos por algo que todavía no ocurrió.
Y así, sin darnos cuenta, podemos pasar años viajando entre el pasado y el futuro mientras el único momento que realmente tenemos se queda esperando.
El presente no hace ruido.
No exige.
No promete.
Simplemente está.
Está en la respiración que acabas de tomar.
En la luz que entra por una ventana.
En el sonido de una voz querida.
En tus manos.
En el suelo bajo tus pies.
En este instante que, mientras lo lees, ya está convirtiéndose en pasado.
Quizá por eso vivir conscientemente sea una de las prácticas espirituales más profundas.
Porque estar presente parece sencillo, pero requiere aprender a regresar una y otra vez.
Regresar cuando la mente se va.
Regresar cuando aparece una preocupación.
Regresar cuando el pasado llama.
Regresar cuando el futuro intenta asustarnos.
Regresar.
Eso es todo.
Volver.
Había un hombre llamado Julián que tenía una costumbre extraña.
Cada vez que algo bueno ocurría, inmediatamente comenzaba a preocuparse por perderlo.
Si recibía una buena noticia, pensaba:
“¿Cuánto durará?”
Si tenía dinero, pensaba:
“¿Y si mañana no tengo?”
Si estaba sano:
“¿Y si me enfermo?”
Si estaba enamorado:
“¿Y si me abandona?”
Si sus hijos estaban bien:
“¿Qué pasará cuando crezcan?”
Julián no sabía disfrutar de una alegría sin colocarle una fecha de vencimiento.
Su mente siempre estaba preparando la próxima pérdida.
No lo hacía porque fuera pesimista.
Lo hacía porque tenía miedo.
Había perdido a su madre cuando era joven y desde entonces había aprendido, sin darse cuenta, que aquello que amaba podía desaparecer.
Entonces intentaba adelantarse al dolor.
Creía que preocuparse era una forma de protección.
Pensaba:
“Si imagino lo peor, estaré preparado.”
Pero ocurría algo diferente.
No estaba preparado para el dolor.
Estaba viviendo pequeños dolores anticipados todos los días.
Una tarde, su hija de ocho años llegó de la escuela.
Entró corriendo.
—¡Papá!
Julián estaba mirando el teléfono.
—¿Qué pasó?
—¡Mira!
La niña le mostró un dibujo.
Era una casa.
Había un árbol.
Un sol enorme.
Tres personas tomadas de la mano.
—Somos nosotros —dijo.
Julián sonrió.
—Es hermoso.
—¿Sabes qué? —dijo ella—. Hoy aprendimos algo.
—¿Qué?
—La maestra dijo que cuando uno está contento, tiene que estar contento.
Julián soltó una pequeña risa.
—¿Y eso qué significa?
La niña lo miró con seriedad.
—Que no hay que preocuparse por mañana mientras estamos contentos hoy.
Julián se quedó callado.
La niña tomó el dibujo y lo pegó en la heladera.
Aquella noche, mientras todos dormían, Julián volvió a pensar en sus palabras.
“Cuando uno está contento, tiene que estar contento.”
Era una frase infantil.
Y precisamente por eso era profunda.
Los adultos complicamos aquello que los niños a veces comprenden naturalmente.
Un niño puede llorar intensamente y diez minutos después reír.
Puede enojarse y luego abrazar.
Puede descubrir una mariposa y quedarse completamente fascinado.
Puede mirar una nube durante varios minutos sin preguntarse qué productividad tendrá ese momento.
Los niños todavía saben estar.
Nosotros aprendemos a hacer.
Hacer.
Resolver.
Prevenir.
Planificar.
Controlar.
Y todas esas capacidades son necesarias.
El problema aparece cuando olvidamos simplemente estar.
Vivir el presente no significa abandonar nuestras responsabilidades.
No significa dejar de planificar.
No significa ignorar el futuro.
Significa no sacrificar completamente el ahora en nombre de un mañana que todavía no existe.
Puedes ahorrar para el futuro y disfrutar una tarde.
Puedes organizar tu semana y saborear tu desayuno.
Puedes pensar en una meta y caminar conscientemente hacia ella.
El presente no es enemigo del futuro.
Es el lugar desde donde lo construyes.
No puedes construir mañana sin utilizar hoy.
Y, sin embargo, muchas personas viven como si el presente fuera solamente una sala de espera.
“Cuando termine esto, descansaré.”
“Cuando tenga dinero, disfrutaré.”
“Cuando mis hijos sean grandes, viajaré.”
“Cuando resuelva este problema, estaré tranquilo.”
“Cuando encuentre pareja, seré feliz.”
“Cuando cambie de trabajo, comenzaré a vivir.”
Pero cada “cuando” puede convertirse en otra postergación.
La vida continúa mientras esperamos.
Y un día podemos descubrir que llevamos años esperando permiso para disfrutar de nuestra propia existencia.
Julián comenzó a practicar algo sencillo.
Cada vez que descubría que estaba preocupado por el futuro, se preguntaba:
“¿Está ocurriendo esto ahora?”
Si la respuesta era no, respiraba.
No intentaba eliminar la preocupación.
Solo regresaba al presente.
Una mañana estaba desayunando con su hija.
Ella hablaba de una historia que había leído.
Julián notó que su mente se iba hacia un problema del trabajo.
Se detuvo.
Miró a su hija.
—Perdón. ¿Qué estabas diciendo?
Ella repitió la historia.
Julián escuchó.
De verdad escuchó.
No pensó en el trabajo.
No miró el teléfono.
No preparó una respuesta.
Simplemente escuchó.
Cuando terminaron, la niña dijo:
—Hoy sí me escuchaste.
Julián sintió un pequeño nudo en la garganta.
No había hecho nada extraordinario.
Pero había estado allí.
Completamente allí.
Y quizá ese sea uno de los regalos más grandes que podemos ofrecer a alguien:
nuestra presencia.
Puedes darle dinero a una persona.
Puedes comprarle un regalo.
Puedes solucionar un problema.
Pero estar realmente presente cuando alguien habla es una forma de amor que no tiene precio.
Porque estar presente significa:
“En este momento, tú importas.”
También necesitamos aprender a estar presentes con nosotros mismos.
¿Cuántas veces haces algo mientras tu mente está en otro lugar?
Comes sin saborear.
Caminas sin mirar.
Te duchas pensando.
Conduces repasando conversaciones.
Te acuestas planeando.
Incluso cuando descansas, tu mente sigue trabajando.
Entonces el cuerpo está agotado y la mente continúa corriendo.
No es extraño que sintamos que el día desaparece.
Nunca estuvimos completamente dentro de él.
Una práctica sencilla puede cambiar esto.
Cuando hagas algo cotidiano, haz solamente eso durante unos minutos.
Si bebes café, bebe café.
Siente la temperatura.
El aroma.
El sabor.
El contacto de la taza con tus manos.
Si caminas, camina.
Siente los pies.
Observa el entorno.
Escucha.
Si hablas con alguien, escucha.
Mira sus ojos.
No prepares tu respuesta mientras la persona habla.
Si comes, come.
No necesitas convertir cada comida en una meditación de media hora.
Dos minutos de presencia ya son una práctica.
El objetivo no es vivir perfectamente en el presente.
Es aprender a regresar.
La mente se irá.
Es normal.
No te castigues.
Volver es la práctica.
Imagina que estás caminando con un niño pequeño.
El niño se distrae constantemente.
Ve una piedra.
Una hoja.
Un pájaro.
Una bicicleta.
Tú puedes enfadarte:
“¡Deja de distraerte!”
O puedes acompañarlo:
“Sí, es un pájaro.”
La mente funciona de manera parecida.
Se distrae.
No necesitas insultarla.
Puedes decir:
“Me fui.”
Y volver.
Eso es todo.
No hay fracaso.
Hay regreso.
Uno de los mayores obstáculos para vivir el presente es nuestra relación con el pasado.
El pasado tiene una fuerza particular porque ya ocurrió.
No podemos modificarlo.
Pero podemos modificar la manera en que lo llevamos.
Hay personas que viven conversaciones antiguas una y otra vez.
“Debí haber dicho…”
“Si hubiera elegido…”
“Por qué no hice…”
“Cómo pude…”
La mente intenta reescribir.
Pero no puede.
Y cada vez que vuelve al pasado buscando una salida que ya no existe, consume energía que podría utilizar para construir el presente.
Esto no significa ignorar el pasado.
El pasado puede enseñarnos.
Podemos reflexionar.
Aprender.
Pedir perdón.
Reparar.
Pero existe un momento en el que analizar deja de ser aprendizaje y se convierte en repetición.
¿Cómo saber la diferencia?
Pregúntate:
“¿Pensar en esto me está ayudando a comprender o solamente me está haciendo sufrir otra vez?”
Si estás aprendiendo, toma la enseñanza.
Si solamente estás repitiendo el dolor, quizá sea momento de regresar.
A veces necesitas decir:
“Ya pensé suficiente por hoy.”
Y volver a lo que tienes delante.
Una taza.
Una conversación.
Una tarea.
Una respiración.
El presente puede ser un refugio cuando el pasado se vuelve pesado.
También puede ser un refugio cuando el futuro se vuelve amenazante.
Porque el futuro todavía no existe.
Eso no significa que no debamos prepararnos.
Significa que no podemos vivir emocionalmente dentro de todos los escenarios posibles.
La mente puede crear cien futuros en una tarde.
Y sufrir por cada uno.
“¿Y si ocurre esto?”
“¿Y si ocurre aquello?”
“¿Y si sale mal?”
“¿Y si me rechazan?”
“¿Y si pierdo?”
“¿Y si enfermo?”
“¿Y si no puedo?”
La imaginación es maravillosa cuando crea.
Pero puede ser agotadora cuando se utiliza exclusivamente para anticipar amenazas.
Por eso pregunta:
“¿Qué está ocurriendo realmente ahora?”
Quizá la respuesta sea:
“Ahora estoy sentado.”
“Ahora estoy respirando.”
“Ahora estoy a salvo.”
“Ahora puedo ocuparme de esta parte.”
No necesitas resolver todos los posibles futuros.
Solo el presente que tienes delante.
La preocupación puede decir:
“Necesitas controlar todo.”
La conciencia responde:
“Necesito hacer mi parte.”
Esa diferencia puede devolverte tranquilidad.
Haz tu parte.
Después respira.
El resto pertenece al territorio de lo incierto.
Y aprender a convivir con la incertidumbre es una de las formas más profundas de madurez.
No sabemos qué ocurrirá mañana.
Nadie lo sabe completamente.
Podemos planificar.
Podemos prevenir.
Podemos tomar decisiones prudentes.
Pero siempre queda una parte desconocida.
La vida no ofrece garantías.
Y quizá si esperas una garantía completa antes de vivir, nunca comenzarás.
Julián tuvo que aprender esto después de una experiencia inesperada.
Una mañana recibió una llamada.
Su hija se había sentido mal en la escuela.
No era algo grave, pero tuvo que ir a buscarla.
Mientras conducía hacia allí, su mente comenzó a crear escenarios.
“¿Qué tendrá?”
“¿Y si es algo serio?”
“¿Y si…?”
Entonces recordó una frase que había comenzado a practicar:
“¿Qué está ocurriendo ahora?”
Ahora estaba conduciendo.
Ahora iba a buscarla.
Ahora podía estar con ella.
Eso era suficiente.
Cuando llegó, la encontró sentada junto a una maestra.
Su hija lo vio y sonrió.
—Papá.
Julián se arrodilló.
—Estoy aquí.
La niña lo abrazó.
Y durante ese abrazo no pensó en el futuro.
No imaginó enfermedades.
No imaginó problemas.
No imaginó escenarios.
Simplemente abrazó.
Ese momento duró unos segundos.
Pero fue completamente suyo.
Y la vida está hecha de esos segundos.
No solamente de grandes acontecimientos.
Está hecha de pequeños momentos que muchas veces no reconocemos hasta que se convierten en recuerdos.
Una mano sobre el hombro.
Una risa en la cocina.
Una conversación nocturna.
Un paseo.
Una comida.
Una mirada.
Una canción.
Una puerta que se abre.
Una persona que llega.
Un abrazo antes de salir.
¿Por qué esperamos perder algo para valorar su presencia?
¿Por qué necesitamos una fotografía antigua para descubrir que aquel día era hermoso?
La conciencia intenta responder antes.
No siempre lo consigue.
Somos humanos.
Olvidamos.
Nos distraemos.
Nos preocupamos.
Pero podemos practicar.
Podemos volver.
Una de las maneras más poderosas de vivir el presente es dejar de esperar que cada momento sea extraordinario.
La vida cotidiana es la mayor parte de nuestra vida.
Si solamente valoramos los momentos excepcionales, estaremos despreciando la mayor parte de nuestra existencia.
Un lunes también cuenta.
Una tarde común también cuenta.
Una comida sencilla también cuenta.
Un día sin novedades también cuenta.
No todos los días deben ser memorables.
Algunos solamente necesitan ser vividos.
Quizá la espiritualidad consista en aprender a reconocer la belleza de lo ordinario.
El agua al lavarte la cara.
El sol sobre una pared.
La sombra de un árbol.
El sonido de la lluvia.
El olor del pan.
Una cama limpia.
Un mensaje inesperado.
La posibilidad de cerrar una puerta y descansar.
Hay una belleza humilde en estar vivo.
No necesitamos convertirla en espectáculo.
Solo necesitamos verla.
El presente también nos enseña a soltar la necesidad de controlar cada resultado.
Podemos sembrar.
Podemos cuidar.
Podemos trabajar.
Pero no podemos obligar a una semilla a crecer más rápido.
No podemos obligar a otra persona a amarnos.
No podemos obligar al pasado a cambiar.
No podemos obligar al futuro a ser exactamente como imaginamos.
Podemos actuar.
Después podemos aceptar.
Aceptar no significa rendirse.
Significa reconocer la realidad tal como es antes de decidir qué hacer con ella.
La resistencia constante agota.
Si está lloviendo y pasas todo el día pensando:
“No debería llover”,
la lluvia seguirá cayendo.
Puedes tomar un paraguas.
Puedes cambiar tus planes.
Puedes esperar.
Pero pelear mentalmente contra la lluvia no la detiene.
Con algunas circunstancias ocurre lo mismo.
No puedes controlar que alguien te rechace.
Sí puedes decidir cómo responder.
No puedes controlar una pérdida.
Sí puedes pedir ayuda.
No puedes controlar una opinión.
Sí puedes elegir cuánto valor darle.
No puedes controlar el pasado.
Sí puedes decidir qué haces hoy.
El presente devuelve responsabilidad sin exigir control absoluto.
Y esa es una combinación poderosa.
Responsabilidad:
“¿Qué puedo hacer?”
Aceptación:
“¿Qué no puedo cambiar?”
Sabiduría:
“¿Dónde debo poner mi energía?”
La respuesta suele ser más pequeña de lo que pensamos.
A veces es una llamada.
Una conversación.
Un trámite.
Una caminata.
Una decisión.
Un descanso.
Un límite.
Un abrazo.
Una oración.
Una respiración.
No subestimes los pasos pequeños.
Un camino de mil kilómetros también comienza con uno.
Y una vida consciente se construye momento a momento.
Hay una práctica que puede ayudarte cuando sientas que estás atrapado en pensamientos.
La llamaremos:
“Volver a cinco.”
Mira cinco cosas que puedas ver.
Después escucha cinco sonidos o identifica los que existan a tu alrededor.
Siente cinco puntos de contacto de tu cuerpo con el entorno.
No necesitas hacerlo perfectamente.
El propósito es volver al presente mediante los sentidos.
Cuando la mente está atrapada en una preocupación, los sentidos pueden recordarte:
“Estoy aquí.”
También puedes utilizar la respiración.
Inhala lentamente.
Exhala un poco más despacio.
No necesitas forzar.
Simplemente observa.
El aire entra.
El aire sale.
Mientras respiras, puedes decir:
“Aquí.”
Al exhalar:
“Ahora.”
Aquí.
Ahora.
Dos palabras.
Un lugar.
Un momento.
No necesitas viajar lejos para regresar a ti.
La respiración está contigo.
El presente está contigo.
El cuerpo está contigo.
A veces buscamos técnicas complejas porque pensamos que una transformación importante necesita ser complicada.
No siempre.
Lo sencillo, repetido con sinceridad, puede ser profundamente poderoso.
Julián empezó a hacer una cosa cada noche.
Antes de dormir, en lugar de repasar todo lo que había salido mal, recordaba un momento del día en el que había estado realmente presente.
Un día fue la conversación con su hija.
Otro, una caminata.
Otro, una taza de café.
Otro, una risa.
Otro, simplemente haber mirado el cielo.
Eso le enseñó a reconocer sus propios momentos de presencia.
Y cuanto más los reconocía, más aparecían.
La atención funciona como una linterna.
Aquello que iluminas ocupa más espacio en tu experiencia.
No significa que puedas negar lo negativo.
Significa que puedes ampliar el campo.
Si solo iluminas problemas, el mundo parecerá estar hecho de problemas.
Si también iluminas posibilidades, aparecerán posibilidades.
Eso es conciencia.
No elegir una realidad falsa.
Elegir mirar una realidad completa.
El presente también puede ayudarnos con nuestras relaciones.
¿Cuántas veces estamos físicamente con alguien pero emocionalmente lejos?
Una persona habla y nosotros estamos pensando en la respuesta.
Un hijo cuenta algo y pensamos en el trabajo.
Una pareja intenta expresar algo y nosotros buscamos defendernos.
Un amigo necesita compañía y nosotros miramos el reloj.
Estar presente significa escuchar sin preparar inmediatamente una solución.
A veces las personas no necesitan que arregles nada.
Necesitan sentir que no están solas.
Puedes decir:
“Te escucho.”
“Estoy aquí.”
“No sé qué decir, pero quiero acompañarte.”
Estas frases pueden ser más sanadoras que cualquier consejo.
Porque presencia significa compañía.
Y compañía puede ser medicina emocional.
No reemplaza ayuda profesional cuando es necesaria.
Pero puede hacer que alguien se sienta humano nuevamente.
El presente también puede transformar la forma en que miramos a nuestros seres queridos.
Algún día, la persona que tienes delante será un recuerdo.
No sabemos cuándo.
No vivimos pensando en la muerte.
Vivimos valorando la vida.
Eso significa mirar un poco más.
Escuchar un poco más.
Abrazar un poco más.
Decir un poco más:
“Te quiero.”
No esperar siempre una ocasión.
La vida no necesita una fecha especial para ser importante.
Julián comenzó a tomar fotografías diferentes.
No fotografiaba solamente viajes o celebraciones.
Fotografiaba pequeñas cosas.
Las manos de su hija dibujando.
La taza de su esposa.
Una sombra en la pared.
El árbol frente a su casa.
No para publicar.
Para recordar.
Y un día su hija le preguntó:
—¿Por qué sacas fotos de cosas aburridas?
Julián respondió:
—Porque algún día quizá me parezcan extraordinarias.
Ella no entendió.
Todavía era niña.
Pero años después lo comprendería.
La memoria convierte lo cotidiano en tesoro.
La conciencia intenta hacerlo antes.
Hay una frase que puede acompañarte:
“No esperes que se convierta en recuerdo para reconocer que es un momento.”
Léela despacio.
Quizá alguien que amas está sentado cerca.
Quizá tu casa no sea perfecta.
Quizá tu situación tampoco.
Pero hay algo aquí.
Hay vida.
Y eso merece presencia.
Vivir el presente también significa dejar de exigirle al momento que sea diferente antes de permitirnos habitarlo.
Si estás esperando cinco minutos perfectos para respirar, quizá nunca respires.
Si estás esperando una vida sin problemas para sentir paz, quizá nunca encuentres paz.
Puedes sentir paz en medio de una vida imperfecta.
No como una felicidad constante.
Como pequeños espacios.
Una pausa.
Una respiración.
Un momento de claridad.
Una conversación.
Un atardecer.
Eso basta.
La paz no siempre llega como una gran sensación.
A veces llega como ausencia de lucha durante diez segundos.
Aprovecha esos diez segundos.
No necesitas capturarlos.
Solo vivirlos.
Hay algo más que debemos aprender:
el presente no siempre será agradable.
A veces estar presente significa sentir dolor.
No escapar.
No distraernos inmediatamente.
No llenar el vacío.
Sentarnos con una emoción.
Decir:
“Esto duele.”
Y respirar.
La presencia no es solamente para los momentos felices.
Es también para el duelo.
Para la tristeza.
Para la incertidumbre.
Para la soledad.
Cuando estamos presentes en el dolor, podemos descubrir qué necesitamos.
Quizá llorar.
Quizá compañía.
Quizá descanso.
Quizá ayuda.
Quizá tiempo.
La distracción permanente puede retrasar aquello que necesita ser procesado.
Por eso, cuando algo duela, no tengas prisa por convertirlo en una lección.
Primero siente.
Después comprende.
Después, si llega el momento, transforma.
No todo dolor necesita una frase inspiradora inmediatamente.
Algunas heridas necesitan silencio.
Eso también es espiritualidad.
Acompañar sin exigir resultados.
La vida no es una máquina de productividad emocional.
No tienes que transformar cada experiencia en crecimiento.
A veces simplemente necesitas atravesarla.
Y atravesar también es avanzar.
Quizá hoy estés atravesando una etapa que no comprendes.
No te apresures.
Estás aquí.
Respira.
Un día a la vez.
Una hora a la vez si hace falta.
Una respiración a la vez.
La conciencia reduce el tamaño del problema hasta hacerlo manejable.
No:
“¿Cómo resolveré toda mi vida?”
Sino:
“¿Qué necesito hacer hoy?”
No:
“¿Cómo voy a superar todos estos años?”
Sino:
“¿Qué puedo cuidar esta mañana?”
No:
“¿Cómo cambiaré completamente?”
Sino:
“¿Cuál es el próximo paso?”
Así se construyen las transformaciones reales.
En pequeñas unidades de presente.
Un día.
Una decisión.
Un hábito.
Una conversación.
Una oportunidad.
Julián no dejó de preocuparse completamente.
Todavía tenía momentos de ansiedad.
Todavía imaginaba futuros difíciles.
Pero ahora tenía una herramienta.
Regresar.
Cuando aparecía el pensamiento:
“¿Y si…?”
respondía:
“Ahora no está ocurriendo.”
Cuando aparecía:
“¿Qué pasará mañana?”
respondía:
“Mañana me ocuparé de mañana.”
Y cuando realmente debía planificar, planificaba.
La diferencia era que ya no vivía dentro de la planificación.
Usaba la planificación como herramienta.
No como casa.
Esa distinción cambió su vida.
Porque podemos utilizar nuestra mente sin permitir que nuestra mente nos utilice.
Podemos pensar sin perdernos en pensamientos.
Podemos recordar sin vivir en el pasado.
Podemos planificar sin vivir en el futuro.
Podemos estar.
Aquí.
Ahora.
Contigo.
Antes de cerrar este capítulo, quiero invitarte a realizar una pequeña experiencia.
Durante los próximos cinco minutos, deja el teléfono lejos.
Si estás leyendo esto desde un dispositivo, termina esta página y déjalo a un lado.
Siéntate.
Mira a tu alrededor.
Elige un objeto.
Puede ser una taza.
Una planta.
Una ventana.
Un libro.
Obsérvalo durante un minuto.
No necesitas describirlo.
Solo mira.
Después escucha.
¿Qué sonidos existen?
Después siente tu respiración.
No la cambies.
Solo observa.
Ahora pregúntate:
“¿Qué está bien en este momento?”
No en toda tu vida.
En este momento.
Quizá:
“Estoy respirando.”
“Estoy sentado.”
“Estoy a salvo.”
“Estoy descansando.”
“Estoy aprendiendo.”
“Estoy aquí.”
Eso basta.
Después pregúntate:
“¿Qué puedo dejar para mañana?”
Quizá haya algo.
Una preocupación.
Una tarea.
Una conversación.
No significa ignorarlo.
Significa reconocer que no todo necesita resolverse esta noche.
Dite:
“Por hoy, hice suficiente.”
Y si realmente no hiciste suficiente, puedes decir:
“Haré lo que pueda mañana.”
No necesitas castigarte para ser responsable.
Puedes descansar y continuar.
Finalmente, coloca una mano sobre el pecho.
Respira.
Y di:
“Este momento también es mi vida.”
Repítelo.
“Este momento también es mi vida.”
Porque lo es.
No solamente las grandes celebraciones.
No solamente los logros.
No solamente los viajes.
No solamente los días extraordinarios.
Este.
El día común.
La habitación común.
La taza común.
La conversación común.
La respiración común.
La vida común.
Todo eso es tu vida.
Y algún día, quizá, mirarás atrás y descubrirás que aquello que llamabas “un día cualquiera” era en realidad una parte irrepetible de tu existencia.
Por eso no esperes.
Mira.
Escucha.
Toca.
Respira.
Ama.
Agradece.
Llora cuando necesites.
Ríe cuando puedas.
Abraza.
Descansa.
Di lo que necesitas decir.
No dejes toda tu vida para después.
El futuro merece preparación.
El pasado merece respeto.
Pero el presente merece ser vivido.
Y quizás ese sea uno de los mayores secretos del despertar:
comprender que la vida nunca estuvo esperando en algún lugar lejano.
Estaba aquí.
En este instante.
En este cuerpo.
En esta respiración.
En esta oportunidad.
En ti.
Siempre estuvo aquí.
Solo necesitabas volver.




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