Despierta tu Conciencia

CAPÍTULO 8 Cuando aprendes a confiar en la vida

Hay momentos en los que la vida parece pedirnos algo que no sabemos dar: confianza.

No confianza en que todo saldrá exactamente como queremos.

No confianza en que jamás sufriremos.

No confianza en que ninguna persona nos decepcionará.

La vida no ofrece esas garantías.

La confianza verdadera es diferente.

Es aprender a caminar aunque no puedas ver todo el camino.

Es aceptar que algunas respuestas llegarán después.

Es comprender que no todo lo que hoy parece una pérdida será necesariamente el final de una historia.

Y también es aceptar que algunas cosas terminarán, aunque nosotros no queramos.

Confiar no significa cerrar los ojos.

Significa abrirlos y, aun viendo la incertidumbre, decidir continuar.

Hay personas que pasan gran parte de su vida esperando sentirse completamente seguras antes de dar un paso.

Esperan tener suficiente dinero.

Suficiente experiencia.

Suficiente conocimiento.

Suficiente apoyo.

Suficiente certeza.

Pero la certeza absoluta casi nunca llega.

Y mientras esperan, la vida sigue avanzando.

Los años pasan.

Las oportunidades cambian.

Las personas crecen.

Los hijos dejan de ser niños.

Los padres envejecen.

Los cuerpos cambian.

Los sueños se transforman.

Y un día podemos descubrir que estuvimos esperando sentirnos preparados para una vida que nunca iba a presentarse completamente preparada.

Confiar comienza cuando entendemos que quizá nunca tendremos todas las respuestas.

Había una mujer llamada Elena que había vivido durante años intentando controlar cada detalle de su existencia.

Tenía listas para todo.

Lista de gastos.

Lista de tareas.

Lista de objetivos.

Lista de cosas que debía hacer durante el año.

Incluso tenía una carpeta donde guardaba diferentes planes para posibles situaciones futuras.

Si algo cambiaba inesperadamente, se ponía nerviosa.

Necesitaba saber.

Necesitaba prever.

Necesitaba anticiparse.

Su familia solía decirle:

—Elena, tienes que relajarte.

Ella respondía:

—Si yo no pienso en las cosas, nadie lo hará.

Y, en cierto modo, tenía razón.

Era responsable.

Organizada.

Previsora.

Pero había una diferencia entre responsabilidad y control.

La responsabilidad dice:

“Haré mi parte.”

El control dice:

“Necesito asegurarme de que todo ocurra como quiero.”

Y la vida no firma contratos con nuestros deseos.

Un día, Elena recibió una noticia que no había previsto.

Una oportunidad profesional que esperaba desde hacía mucho tiempo no se concretaría.

Había preparado todo.

Había imaginado cómo sería su nueva etapa.

Incluso había comenzado a reorganizar su vida alrededor de aquella posibilidad.

Cuando recibió la respuesta negativa, sintió que algo se rompía.

—¿Por qué? —preguntó.

No había nadie a quien preguntárselo.

Se encerró en su habitación.

Durante varios días repasó mentalmente cada decisión.

“Si hubiera dicho esto…”

“Si hubiera hecho aquello…”

“Tal vez debería haber…”

Intentaba encontrar el punto exacto donde había perdido el control.

Pero finalmente comprendió algo.

No había perdido el control.

Nunca lo había tenido.

Simplemente había confundido planificación con garantía.

Y esa comprensión, aunque dolorosa, fue liberadora.

Porque si nunca tuvo el control absoluto, tampoco necesitaba castigarse por no haber podido conservarlo.

La vida no le había prometido aquella oportunidad.

Ella había hecho su parte.

El resultado había sido diferente.

Eso no significaba que su vida estuviera equivocada.

Significaba que el camino había cambiado.

Y los caminos cambian.

A veces contra nuestra voluntad.

A veces para mostrarnos algo que no habíamos considerado.

A veces simplemente porque así funciona la existencia.

No todo tiene una explicación inmediata.

Y quizá una de las mayores formas de madurez espiritual sea aceptar que no necesitamos comprender todo para seguir viviendo.

Hay preguntas que solamente el tiempo puede responder.

Y hay otras que quizá nunca respondan completamente.

Eso puede incomodarnos.

Estamos acostumbrados a pensar que, si analizamos suficientemente una situación, encontraremos una explicación.

Pero hay acontecimientos que no se resuelven con lógica.

Una persona se va.

Una relación termina.

Una oportunidad desaparece.

Un sueño cambia.

Una enfermedad altera los planes.

Una puerta se cierra.

Y uno pregunta:

“¿Por qué?”

A veces no hay una respuesta que nos satisfaga.

Entonces aparece una elección.

Podemos pasar años peleando con la pregunta.

O podemos comenzar a preguntarnos algo diferente:

“¿Qué puedo hacer con lo que ahora existe?”

Esa pregunta no borra el dolor.

Pero devuelve movimiento.

Y cuando una persona vuelve a moverse, comienza a recuperar esperanza.

Elena tuvo que aprender a vivir con una puerta cerrada.

Al principio solamente podía verla.

Después comenzó a mirar alrededor.

Descubrió otra posibilidad.

No era la que había imaginado.

No tenía el mismo reconocimiento.

No ofrecía exactamente las mismas condiciones.

Pero tenía algo que no había considerado.

Tiempo.

Más tiempo para escribir.

Más tiempo para acompañar a su madre.

Más tiempo para caminar.

Más tiempo para aprender.

Y, sobre todo, más tiempo para preguntarse qué quería realmente.

La oportunidad que había perdido no había sido necesariamente una puerta hacia una vida mejor.

Había sido una puerta hacia una vida diferente.

Y quizá esa distinción sea importante.

No todas las puertas cerradas son castigos.




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