Hay momentos en la vida en los que no perdemos solamente una oportunidad, una persona o un sueño.
Perdemos algo más silencioso:
la confianza en nosotros mismos.
Después de equivocarnos muchas veces, comenzamos a pensar que quizá el problema somos nosotros.
Después de varios fracasos, dejamos de intentar.
Después de escuchar demasiadas críticas, comenzamos a repetirlas con nuestra propia voz.
Después de una decepción, dejamos de esperar.
Y después de varias heridas, podemos llegar a una conclusión peligrosa:
“Ya no soy capaz.”
No siempre lo decimos en voz alta.
A veces simplemente dejamos de hacer cosas.
Dejamos de escribir.
Dejamos de estudiar.
Dejamos de amar.
Dejamos de soñar.
Dejamos de pedir.
Dejamos de intentar.
Y poco a poco construimos una vida más pequeña para no volver a sentirnos decepcionados.
La comodidad puede convertirse entonces en una jaula invisible.
No porque estemos cómodos.
Porque tenemos miedo de descubrir que todavía podemos fracasar.
Pero existe una verdad que quizá necesites recordar:
haber fallado no significa ser un fracaso.
Haber perdido confianza no significa haber perdido capacidad.
Y haber dejado de creer en ti durante un tiempo no significa que no puedas volver a hacerlo.
La confianza puede reconstruirse.
No aparece de golpe.
Se construye.
Como una casa.
Ladrillo por ladrillo.
Decisión por decisión.
Promesa cumplida por promesa cumplida.
Pequeño intento por pequeño intento.
Había un hombre llamado Gabriel que llevaba años diciendo:
“Yo ya no sirvo para eso.”
Nadie sabía exactamente cuándo había comenzado a decirlo.
Quizá después de perder un negocio.
Quizá después de una relación que terminó mal.
Quizá después de varios errores.
Quizá después de escuchar demasiadas veces que no tenía talento.
Lo cierto era que la frase se había convertido en una especie de identidad.
Cuando alguien le proponía algo nuevo, respondía:
—No, eso no es para mí.
Cuando aparecía una oportunidad:
—Seguro buscan a alguien más preparado.
Cuando alguien lo felicitaba:
—Tuve suerte.
Cuando algo salía bien:
—Fue casualidad.
Cuando algo salía mal:
—¿Ves? Siempre me pasa.
Gabriel había desarrollado una habilidad extraordinaria:
convertir cualquier éxito en una excepción y cualquier error en una prueba de que no servía.
Eso ocurre más de lo que imaginamos.
La mente puede ser injusta con nosotros.
Puede recordar durante años una frase cruel y olvidar cien palabras de reconocimiento.
Puede recordar una puerta cerrada y olvidar todas las que se abrieron.
Puede recordar un fracaso y minimizar diez pequeños logros.
¿Por qué?
Porque muchas veces prestamos más atención a aquello que amenaza nuestra identidad.
Si creemos que somos incapaces, cualquier error parece confirmarlo.
Si creemos que somos indignos, cualquier rechazo parece demostrarlo.
Si creemos que nadie nos quiere, una persona que se distancia puede convertirse en “prueba”.
Pero una experiencia no define una identidad.
Un hecho no siempre confirma una creencia.
Y una historia repetida muchas veces no necesariamente se convierte en verdad.
Gabriel necesitaba aprender eso.
Pero no comenzó con grandes cambios.
Comenzó con algo muy pequeño.
Una mañana encontró una caja vieja en el fondo de un armario.
Dentro había cuadernos.
Los abrió.
Eran de cuando tenía diecisiete años.
Había dibujos.
Ideas.
Historias.
Proyectos.
Planes.
En una página había escrito:
“Algún día quiero hacer algo que ayude a otras personas.”
Gabriel sonrió.
Después sintió tristeza.
Porque aquella frase pertenecía a una persona que todavía creía que el futuro podía sorprenderla.
Se quedó mirando la página durante mucho tiempo.
Entonces comprendió algo:
no había perdido completamente aquella persona.
La había dejado de escuchar.
La había enterrado bajo años de decepciones.
Y quizá despertar la conciencia no siempre consiste en descubrir algo nuevo.
A veces consiste en recuperar algo que alguna vez estuvo vivo dentro de nosotros.
Una ilusión.
Una curiosidad.
Una sensibilidad.
Un sueño.
Una manera de mirar.
Una capacidad.
Una voz.
Tal vez tú también tengas una versión antigua de ti que necesita ser escuchada.
No para regresar al pasado.
Para recuperar algo que todavía puede tener sentido hoy.
Porque crecer no significa abandonar todo lo que fuimos.
Significa decidir qué partes queremos llevar con nosotros.
Gabriel no volvió a tener diecisiete años.
No quería.
Había aprendido demasiado.
Había amado.
Había perdido.
Había cometido errores.
Había adquirido responsabilidades.
Pero podía recuperar la curiosidad de aquel muchacho.
Podía volver a crear.
Podía volver a intentar.
Podía volver a preguntarse:
“¿Y si todavía puedo?”
Esa pregunta fue el comienzo.
No:
“¿Estoy seguro de que podré?”
Sino:
“¿Y si todavía puedo?”
Hay una diferencia enorme.
La primera exige certeza.
La segunda permite posibilidad.
Y la posibilidad es suficiente para comenzar.
Muchas personas esperan sentirse confiadas antes de actuar.
Pero a menudo ocurre al revés.
Actúas un poco.
Descubres que puedes.
Y entonces aumenta la confianza.
La confianza no siempre precede a la acción.
A veces nace de ella.
No necesitas sentirte valiente para dar un paso.
Puedes dar el paso sintiendo miedo.
Después tu experiencia le enseñará algo a tu mente:
“Lo hice.”
Y ese recuerdo se convierte en una pequeña reserva de confianza.
Luego haces otra cosa.
“También pude.”
Después otra.
Y lentamente la identidad comienza a cambiar.
De:
“No puedo.”
A:
“Quizá pueda.”
Después:
“Estoy aprendiendo.”
Y finalmente:
“Puedo intentarlo.”
No parece una transformación gigantesca.
Pero lo es.
Porque cambia la relación con nosotros mismos.
Gabriel decidió hacer algo que había postergado durante años.
Volvió a escribir.
No un libro.
No un proyecto enorme.
Una página.
Solo una página.
La primera noche escribió cuatro líneas.
Las leyó.
No le gustaron.
Estuvo a punto de borrar todo.
Pero no lo hizo.
Guardó el archivo.
Al día siguiente escribió otra página.
Después otra.
Durante semanas continuó.
No siempre tenía inspiración.
No siempre estaba motivado.
Pero había hecho una promesa pequeña:
“Escribiré aunque sea diez minutos.”
Y comenzó a cumplirla.
Eso fue importante.
Porque la confianza en nosotros mismos crece cuando aprendemos que podemos confiar en nuestra propia palabra.
Si te prometes algo y nunca lo cumples, tu mente registra:
“No puedo contar conmigo.”
Pero cuando empiezas a cumplir pequeñas promesas, ocurre lo contrario.
“Dije que caminaría diez minutos y lo hice.”
“Dije que terminaría esta tarea y la terminé.”
“Dije que llamaría y llamé.”
“Dije que descansaría y descansé.”
“Dije que pediría ayuda y la pedí.”
Pequeñas promesas.
Pequeñas pruebas.
Pequeñas victorias.
La autoestima no siempre se construye pensando cosas bonitas sobre nosotros.
También se construye mediante acciones que nos demuestran que podemos cuidarnos.
Eso es importante.
Puedes repetirte:
“Soy capaz.”
Pero si constantemente te abandonas, tu experiencia interna puede no creerlo.
En cambio, cuando actúas de manera coherente con aquello que quieres construir, aparece una confianza más profunda.
No necesitas convencerte.
Empiezas a experimentarlo.
“Puedo confiar en mí.”
No porque seas perfecto.
Porque sabes que, incluso cuando fallas, volverás a intentarlo.
Esa es una forma madura de autoestima.
No:
“Siempre acertaré.”
Sino:
“Si me equivoco, podré aprender.”
No:
“Nadie me rechazará.”
Sino:
“Si alguien me rechaza, eso no destruirá mi valor.”
No:
“Todo saldrá bien.”
Sino:
“Haré lo que esté en mis manos.”
Hay una enorme libertad en no necesitar garantías para respetarnos.
Gabriel descubrió también algo sobre las palabras.
Había pasado años diciendo:
“Soy un inútil.”
“Soy malo para esto.”
“No tengo talento.”
“Siempre fracaso.”
Comenzó a cambiar el lenguaje.
No para mentirse.
Para ser más preciso.
En lugar de:
“Soy un inútil.”
Decía:
“Esta vez no me salió bien.”
En lugar de:
“No tengo talento.”
Decía:
“Todavía estoy aprendiendo.”
En lugar de:
“Siempre fracaso.”
Decía:
“Esta experiencia no salió como esperaba.”
El lenguaje importa.
Porque las palabras pueden convertir un acontecimiento en una identidad.
“No pude hacer esto” es diferente de “no puedo hacer nada”.
“Me equivoqué” es diferente de “soy un error”.
“Estoy atravesando una etapa difícil” es diferente de “mi vida es un desastre”.
La conciencia aprende a utilizar palabras que describan la realidad sin destruirnos.
No se trata de pensamiento positivo superficial.
Se trata de pensamiento honesto.
La honestidad no necesita crueldad.
Puedes decir la verdad sin golpearte.
Y quizá hayas vivido demasiado tiempo hablándote de una manera que jamás utilizarías con alguien que amas.
Si un amigo te dijera:
“No sirvo para nada porque cometí un error”,
probablemente intentarías ayudarlo.
¿Por qué no hacer lo mismo contigo?
Quizá la próxima vez que aparezca esa voz interna dura puedas preguntarle:
“¿Le hablaría así a alguien que amo?”
Si la respuesta es no, cambia la forma.
No porque quieras escapar de la responsabilidad.
Porque la crueldad rara vez enseña mejor que la compasión.
La compasión permite observar.
“Esto no funcionó.”
“¿Qué puedo aprender?”
“¿Qué debo cambiar?”
“¿Qué necesito?”
Eso es mucho más útil que:
“Soy un desastre.”
Hay personas que temen que tratarse con compasión las vuelva conformistas.
Piensan:
“Si soy amable conmigo, dejaré de esforzarme.”
Pero suele ocurrir lo contrario.
Una persona que no necesita defenderse constantemente puede mirar sus errores con mayor honestidad.
No necesita esconderlos.
No necesita justificarlos.
Puede decir:
“Sí, me equivoqué.”
Y continuar.
La vergüenza dice:
“Esconde lo que hiciste porque demuestra quién eres.”
La responsabilidad dice:
“Mira lo que hiciste porque puedes aprender.”
Son caminos completamente diferentes.
Despertar la conciencia significa elegir el segundo.
Gabriel comenzó a revisar sus errores de otra manera.
Cada vez que algo salía mal, escribía tres preguntas:
¿Qué ocurrió?
¿Qué puedo aprender?
¿Qué puedo hacer diferente la próxima vez?
Nada más.
No:
“¿Por qué soy así?”
No:
“¿Qué está mal conmigo?”
No:
“¿Por qué nunca puedo?”
Solo hechos, aprendizaje y acción.
Con el tiempo descubrió que sus errores eran menos aterradores cuando dejaban de ser sentencias sobre su identidad.
Eran información.
Y la información puede utilizarse.
Eso no significa que todos los errores sean fáciles de reparar.
Algunos tienen consecuencias.
Algunos requieren disculpas.
Algunos cambian relaciones.
Algunos dejan cicatrices.
Pero incluso entonces podemos preguntarnos:
“¿Quién quiero ser después de esto?”
Esa pregunta es poderosa.
Porque quizá no puedas cambiar lo ocurrido.
Pero sí puedes decidir qué persona quieres construir a partir de ello.
Hay personas que convierten sus errores en cárceles.
Y otras que los convierten en escuelas.
No porque el error haya sido bueno.
Porque eligieron aprender.
Quizá esa sea una de las formas más profundas de redención:
no negar quién fuiste, sino permitir que lo aprendido transforme quién eres.
Gabriel comenzó a escribir sobre esto.
No para publicar.
Para comprenderse.
Escribió:
“Durante años pensé que necesitaba demostrar que era capaz. Ahora creo que necesito demostrarme que puedo confiar en mí.”
Esa frase cambió algo.
Porque ya no se trataba de impresionar a nadie.
No necesitaba que otros lo llamaran exitoso.
Necesitaba construir una relación más sana consigo mismo.
Y eso es profundamente espiritual.
Porque el despertar no consiste solamente en sentir paz.
También consiste en dejar de vivir bajo la mirada imaginaria de los demás.
¿Cuántas decisiones tomamos pensando:
“¿Qué van a decir?”
“¿Qué pensarán?”
“¿Cómo me verán?”
“¿Qué pasará si fracaso delante de ellos?”
Pero la mayoría de las personas están demasiado ocupadas viviendo sus propias vidas para observarnos tanto como imaginamos.
Y aun si alguien juzga, su opinión no necesariamente tiene autoridad sobre nuestra identidad.
Puedes escuchar.
Puedes aprender.
Pero no necesitas entregar el volante.
Tu vida no puede ser dirigida por el miedo a la opinión ajena.
Hay una libertad especial en poder decir:
“Esto es importante para mí.”
Aunque otros no lo comprendan.
Eso no significa actuar sin considerar consecuencias.
Significa reconocer que tu vida también es tu responsabilidad.
No puedes vivirla completamente para satisfacer expectativas ajenas.
Un día tendrás que responderte:
“¿Viví de acuerdo con lo que realmente valoraba?”
No:
“¿Todos aprobaron?”
La aprobación de todos es imposible.
Incluso las personas más admiradas son criticadas.
Incluso las decisiones más nobles pueden ser malinterpretadas.
No puedes controlar la interpretación que otros hacen de ti.
Puedes controlar tu intención y tus acciones.
Hazlas honestas.
Hazlas responsables.
Hazlas coherentes.
Después deja que el resto pertenezca a los demás.
La confianza también necesita límites.
No puedes confiar en ti si constantemente permites que otros decidan por ti.
Aprender a decir “no” puede ser un acto espiritual.
No porque rechaces a los demás.
Porque reconoces que tu energía tiene límites.
Puedes amar a alguien y decir:
“No puedo hacerlo.”
Puedes querer ayudar y decir:
“Hoy no tengo capacidad.”
Puedes respetar a alguien y decir:
“No estoy de acuerdo.”
Puedes ser amable y poner límites.
La conciencia no busca agradar a todos.
Busca vivir con integridad.
Eso puede generar incomodidad.
Pero la incomodidad no siempre significa que estás haciendo algo malo.
A veces significa que estás haciendo algo diferente.
Si durante años dijiste sí a todo, tu primer no puede sentirse casi como una traición.
Pero con práctica se vuelve una forma de respeto.
Respeto por ti.
Y también por los demás.
Porque un sí dado desde el resentimiento no siempre es un sí verdadero.
La autenticidad requiere elección.
Gabriel empezó a decir no a algunas cosas.
Al principio se sintió culpable.
Después comprendió que cada no consciente le permitía ofrecer mejores síes.
Sí a su familia.
Sí a su escritura.
Sí a su descanso.
Sí a su salud.
Sí a las personas que realmente necesitaban de él.
No podía estar disponible para todo.
Y no tenía que estarlo.
La energía humana es limitada.
La conciencia también consiste en administrarla.
¿Dónde estás poniendo tu atención?
¿Dónde estás poniendo tu tiempo?
¿A quién estás intentando demostrar algo?
¿Qué actividades te dejan vacío?
¿Cuáles te devuelven vida?
No necesitas abandonar todo lo que no te apasiona.
La vida tiene responsabilidades.
Pero sí puedes observar el equilibrio.
Una persona puede trabajar en algo que no ama y, al mismo tiempo, encontrar sentido fuera del trabajo.
Otra puede amar su profesión y necesitar límites.
No existe una fórmula universal.
Existe la necesidad de conocerte.
Y conocerte requiere experimentar.
No sabrás todo antes de comenzar.
A veces necesitas probar.
Intentar.
Equivocarte.
Ajustar.
Eso también es conciencia.
No necesitas convertir cada decisión en una sentencia definitiva.
Puedes hacer pequeños experimentos.
“Durante un mes voy a probar esto.”
“Durante dos semanas voy a caminar.”
“Durante diez días voy a escribir.”
“Durante un tiempo voy a reducir este hábito.”
Después observas.
¿Qué cambió?
¿Qué sentiste?
¿Qué funcionó?
¿Qué no?
Así la vida deja de ser una serie de decisiones absolutas.
Se convierte en aprendizaje.
Y aprender es una forma de despertar.
Gabriel terminó su primer pequeño proyecto después de varios meses.
No era perfecto.
Pero existía.
Lo miró en la pantalla.
Durante unos segundos no supo qué sentir.
Después recordó al muchacho de diecisiete años que había escrito:
“Algún día quiero hacer algo que ayude a otras personas.”
No sabía si su proyecto ayudaría a alguien.
Pero había hecho algo.
Había regresado.
No al pasado.
A sí mismo.
Esa noche escribió una nueva frase:
“No necesito volver a ser quien era. Necesito volver a creer que todavía puedo convertirme en quien quiero ser.”
Quizá tú también necesites esa frase.
No tienes que recuperar exactamente a la persona que fuiste.
Quizá esa persona tenía sueños que ya no corresponden a tu vida actual.
Está bien.
No se trata de volver.
Se trata de continuar desde donde estás.
Con tu edad.
Tus experiencias.
Tus cicatrices.
Tus conocimientos.
Tus pérdidas.
Tus aprendizajes.
Todo eso forma parte del material con el que puedes construir.
No necesitas empezar desde cero.
Empiezas desde aquí.
Y aquí hay más de lo que crees.
Hay experiencia.
Hay sensibilidad.
Hay capacidad.
Hay memoria.
Hay aprendizajes.
Hay personas.
Hay posibilidades.
Incluso tus heridas pueden haberte enseñado algo.
No necesitas convertirlas en algo bonito.
Puedes simplemente reconocer lo que te enseñaron.
Quizá una herida te enseñó a poner límites.
Otra, a valorar.
Otra, a escuchar.
Otra, a no repetir ciertos patrones.
No agradezcas el daño.
Agradece la conciencia que construiste después.
Eso es diferente.
Hay una práctica que puede ayudarte a reconstruir la confianza.
Durante siete días, cada noche escribe tres cosas:
Algo que hice bien.
Algo que aprendí.
Algo que haré mañana.
No importa si las cosas son pequeñas.
“Hoy fui paciente.”
“Hoy terminé una tarea.”
“Hoy pedí ayuda.”
“Hoy descansé.”
“Hoy no respondí desde la rabia.”
“Hoy escribí diez minutos.”
Después:
“Aprendí que necesito organizar mejor mi tiempo.”
Y finalmente:
“Mañana caminaré diez minutos.”
No escribas veinte objetivos.
Uno.
Solo uno.
Cumple esa pequeña promesa.
Después otra.
La confianza se construye cuando tus palabras y tus acciones comienzan a encontrarse.
No necesitas hacerlo perfecto.
Si un día fallas, no destruyas el proceso.
Retoma.
La continuidad no significa nunca interrumpir.
Significa regresar.
Como en el capítulo anterior.
Volver.
Siempre volver.
Quizá la vida entera sea eso.
Caer.
Aprender.
Volver.
Perder.
Encontrar.
Soltar.
Recibir.
Dudar.
Confiar.
Y volver.
No hay vergüenza en volver a empezar.
La vergüenza solamente aparece cuando creemos que deberíamos haber sabido todo desde el principio.
Pero nadie nace sabiendo.
Todos somos aprendices.
Incluso quienes parecen tenerlo todo resuelto.
No compares tu proceso con la apariencia de certeza de otra persona.
No sabes sus dudas.
No sabes sus noches.
No sabes sus pérdidas.
No sabes cuánto tardaron.
Tu proceso tiene su propio ritmo.
Y quizá estés mucho más cerca de lo que crees.
A veces no vemos nuestro crecimiento porque seguimos comparándonos con la persona que queremos ser.
Prueba otra comparación:
compárate con quien eras hace un año.
¿Qué aprendiste?
¿Qué ya no toleras?
¿Qué ahora comprendes?
¿Qué haces diferente?
¿Qué límites tienes?
¿Qué valoras?
Quizá descubras que sí has cambiado.
Solo que estabas mirando hacia adelante y no hacia atrás.
La conciencia también es reconocer el camino recorrido.
No para vivir en el pasado.
Para darte crédito.
Hay una frase que merece quedarse contigo:
“No subestimes todo lo que tuviste que superar para convertirte en quien eres.”
Quizá no todo fue visible.
Quizá nadie lo supo.
Pero tú lo sabes.
Y eso importa.
No necesitas convertir tu historia en una competencia.
Tu supervivencia emocional no necesita aplausos.
Puede ser suficiente reconocerla tú.
Gabriel comenzó a caminar con una postura diferente.
No porque se sintiera invencible.
Porque había dejado de considerarse incapaz.
Un día alguien le preguntó:
—¿Qué cambió?
Pensó unos segundos.
—Dejé de esperar sentirme seguro para comenzar.
La persona sonrió.
—¿Y ahora te sientes seguro?
Gabriel respondió:
—No siempre.
Pero ahora sé que puedo avanzar incluso cuando no me siento seguro.
Esa es una diferencia enorme.
La confianza madura no elimina la incertidumbre.
La acompaña.
Puedes estar nervioso y hacerlo.
Puedes tener miedo y hablar.
Puedes dudar y decidir.
Puedes sentirte vulnerable y amar.
Puedes no sentirte preparado y comenzar.
Eso es valentía.
No ausencia de miedo.
Movimiento a pesar del miedo.
Y quizá el mundo no necesite una versión de ti sin miedo.
Necesite una versión de ti que deje de permitir que el miedo decida absolutamente todo.
Antes de terminar este capítulo, quiero invitarte a realizar un ejercicio.
Busca un lugar tranquilo.
Cierra los ojos.
Respira lentamente.
Recuerda tres momentos de tu vida en los que pensaste que no podrías y, de alguna manera, continuaste.
No necesitas elegir grandes acontecimientos.
Puede ser algo pequeño.
Un examen.
Una pérdida.
Una conversación.
Un cambio.
Un comienzo.
Un momento en que tuviste que aprender.
Recuerda cómo te sentías entonces.
Ahora mira quién eres hoy.
No eres exactamente aquella persona.
Has aprendido.
Has cambiado.
Has sobrevivido.
Dite:
“Ya he comenzado de nuevo antes.”
Después:
“Puedo comenzar otra vez.”
Y finalmente:
“Confío en mí para dar el próximo paso.”
No necesitas prometerte que nunca volverás a caer.
Prométete algo más real:
“Si caigo, buscaré la manera de levantarme.”
Si necesitas ayuda, pedirás ayuda.
Si no sabes, aprenderás.
Si te equivocas, repararás.
Si pierdes una oportunidad, buscarás otra.
Si una puerta se cierra, respirarás antes de asumir que todas están cerradas.
Y si un día vuelves a pensar:
“Ya no puedo”,
intenta agregar una palabra:
“todavía.”
“Todavía no puedo.”
“Todavía estoy aprendiendo.”
“Todavía estoy buscando.”
“Todavía puedo intentarlo.”
Esa palabra abre una ventana.
Y por esa ventana puede entrar esperanza.
No necesitas convertirte en otra persona esta noche.
Solo necesitas dejar una pequeña puerta abierta.
La puerta de la posibilidad.
La posibilidad de que puedas aprender.
La posibilidad de que puedas cambiar.
La posibilidad de que puedas sanar.
La posibilidad de que puedas crear.
La posibilidad de que puedas amar nuevamente.
La posibilidad de que puedas sorprenderte a ti mismo.
Porque quizá una de las tragedias más silenciosas de la vida sea dejar de intentarlo antes de descubrir de qué éramos capaces.
No permitas que tus fracasos escriban el último capítulo.
No permitas que una opinión ajena se convierta en tu identidad.
No permitas que una etapa difícil defina toda tu historia.
No permitas que el miedo te convenza de que permanecer pequeño es estar seguro.
La vida todavía puede sorprenderte.
Y tú también puedes sorprenderte.
Tal vez no necesites volver a creer en ti completamente.
Comienza con un uno por ciento.
Un pequeño acto.
Una pequeña promesa.
Un pequeño intento.
Una pequeña decisión.
Y después otro.
Hasta que un día descubras que aquello que parecía imposible ya forma parte de tu vida.
Ese día quizá no recuerdes exactamente cuándo comenzó el cambio.
No habrá música.
No habrá una señal en el cielo.
Probablemente será un día común.
Pero tú sabrás.
Porque algo dentro de ti habrá cambiado.
Y podrás decir:
“Volví.”
No al pasado.
No a quien era.
Volví a mí.
Y quizá ese sea uno de los despertares más hermosos que puede experimentar un ser humano:
el día en que deja de preguntarse si merece otra oportunidad y decide convertirse en esa oportunidad.
No necesitas esperar a mañana.
Puedes comenzar con el próximo minuto.
Respira.
Levanta la mirada.
Haz una cosa pequeña que lleve tu vida en la dirección que deseas.
Y cuando aparezca la voz que diga:
“No puedes”,
no necesitas discutir con ella.
Solo responde:
“Voy a intentarlo.”
Después camina.
Porque a veces la confianza no aparece antes del camino.
Aparece mientras caminas.
Y quizá, paso a paso, descubras que nunca habías perdido completamente tu luz.
Solo habías olvidado dónde estaba el interruptor.
Ahora lo sabes.
Está dentro de ti.