Despierta tu Conciencia

CAPÍTULO 12 El arte de soltar sin dejar de amar

Hay momentos en los que la vida no nos pide que luchemos.
Nos pide que soltemos.
Y quizá no exista una palabra que genere tanto miedo en el corazón como esa.
Soltar.
Porque muchas veces confundimos soltar con olvidar.
Creemos que si dejamos ir a una persona, significa que nunca la amamos.
Si abandonamos un sueño, significa que fracasamos.
Si aceptamos una pérdida, significa que nos rendimos.
Si dejamos atrás una etapa, significa que no valoramos lo vivido.
Pero soltar no significa borrar.
Soltar significa dejar de apretar aquello que ya no puede permanecer de la misma manera.
Puedes amar y soltar.
Puedes recordar y continuar.
Puedes agradecer y despedirte.
Puedes llorar y avanzar.
Puedes reconocer que algo fue importante sin obligarlo a quedarse para siempre.
Hay personas que pasan años intentando conservar algo que ya terminó.
Una relación.
Una amistad.
Una etapa.
Una imagen de sí mismas.
Un proyecto.
Una casa.
Una versión de la familia.
Una expectativa.
Y mientras intentan recuperar lo que fue, dejan de mirar lo que todavía puede ser.
El problema no siempre es perder.
A veces es no aceptar que algo cambió.
Había una mujer llamada Mariana que llevaba cinco años esperando una llamada.
No todos los días.
No de manera consciente.
Pero en el fondo de su corazón esperaba que una persona de su pasado regresara.
Habían terminado una relación importante.
No había habido una gran traición.
No había ocurrido algo que permitiera odiarse.
Simplemente habían tomado caminos diferentes.
Al principio Mariana creyó que era cuestión de tiempo.
Después pensó que quizá la otra persona comprendería.
Luego imaginó una reconciliación.
Pasaron meses.
Después años.
Ella continuó con su vida.
Trabajó.
Viajó.
Conoció personas.
Sonrió.
Pero una parte de ella permanecía en aquella historia.
Cada vez que recibía una llamada desconocida, imaginaba.
Cada vez que veía un nombre parecido, sentía algo.
Cada aniversario recordaba.
No estaba completamente viviendo el presente.
Estaba viviendo una espera.
Un día, mientras conversaba con una amiga, dijo:
—No sé por qué no puedo dejarlo atrás.
Su amiga la miró y preguntó:
—¿Quieres dejarlo atrás?
Mariana quedó en silencio.
—Creo que no.
—Entonces quizá no necesitas olvidar. Necesitas aceptar.
Aquella frase la acompañó durante días.
Aceptar.
No olvidar.
No borrar.
Aceptar.
Aceptar que había existido.
Aceptar que había sido importante.
Aceptar que había terminado.
Aceptar que quizá no regresaría.
Aceptar que podía amar lo vivido sin continuar esperando que volviera.
Eso era mucho más difícil.
Pero también más libre.
Porque esperar indefinidamente puede convertirse en una forma silenciosa de encadenarnos al pasado.
No siempre esperamos a una persona.
A veces esperamos que nuestros padres algún día nos den la aprobación que nunca recibimos.
Esperamos que alguien que nos lastimó finalmente comprenda.
Esperamos que una persona se disculpe.
Esperamos que alguien cambie.
Esperamos que el pasado se comporte de otra manera.
Y mientras esperamos, nuestra vida permanece parcialmente detenida.
Hay una pregunta que puede ayudarte:
“Si esa respuesta nunca llega, ¿cómo quiero vivir?”
No es una pregunta fácil.
Pero devuelve poder.
Porque quizá nunca recibas la disculpa.
Quizá esa persona nunca comprenda.
Quizá nunca sepa cuánto te dolió.
Quizá el reconocimiento que esperabas no llegue.
Y eso es injusto.
Pero tu vida no puede depender eternamente de una respuesta que está fuera de tus manos.
A veces la sanación comienza cuando dejamos de esperar que quien nos hirió sea quien nos sane.
Podemos buscar apoyo.
Podemos hablar.
Podemos poner límites.
Podemos pedir justicia cuando corresponda.
Pero hay una parte de nuestra recuperación que finalmente necesita volver a nosotros.
No porque lo ocurrido no importe.
Porque nuestra vida importa también.
Mariana comenzó a escribir una carta.
No para enviar.
Para despedirse.
Escribió todo lo que nunca había dicho.
El amor.
La tristeza.
La rabia.
La gratitud.
La decepción.
La esperanza.
Y al final escribió:
“Te quise.
Lo que vivimos fue real.
Pero ya no quiero construir mi futuro alrededor de tu regreso.”
Lloró durante mucho tiempo.
Después dobló la carta.
No la quemó.
No la destruyó.
La guardó.
Porque no necesitaba destruir el recuerdo para continuar.
Simplemente había dejado de vivir dentro de él.
Eso es soltar.
No borrar.
Cambiar de lugar.
El recuerdo pasa de ser una casa a convertirse en una fotografía.
Puedes mirarlo.
Puedes sentir.
Pero ya no necesitas vivir allí.
Hay personas que temen soltar porque creen que el vacío será insoportable.
Y a veces lo es durante un tiempo.
Cuando retiramos algo de nuestra vida, queda un espacio.
Ese espacio puede doler.
Pero no debemos llenarlo inmediatamente.
Hay vacíos que necesitan ser atravesados.
Una habitación vacía puede asustarnos.
Pero también puede convertirse en un lugar para algo nuevo.
Si inmediatamente llenamos el espacio con otra persona, otro proyecto, otra distracción, quizá nunca descubramos qué necesitábamos realmente.
Por eso después de una pérdida puede ser importante aprender a estar.
Sin reemplazar.
Sin correr.
Sin tomar decisiones desesperadas.
Simplemente estar.
Llorar.
Caminar.
Dormir.
Hablar.
Escribir.
Orar.
Respirar.
Pedir ayuda.
El duelo no tiene un calendario universal.
No existe una fecha en la que debas dejar de extrañar.
El corazón no funciona con relojes.
Puedes sentirte bien un día y llorar al siguiente.
Eso no significa que hayas retrocedido.
La sanación no es una línea recta.
Hay olas.
Días tranquilos.
Días difíciles.
Recuerdos inesperados.
Aniversarios.
Canciones.
Lugares.
Aromas.
Todo puede despertar algo.
No necesitas asustarte.
Una emoción puede aparecer sin convertirse en una sentencia.
Puedes decir:
“Hoy extraño.”
Y continuar.
No:
“Estoy nuevamente en el principio.”
Extrañar no significa querer regresar.
Llorar no significa haber fracasado.
Recordar no significa estar atrapado.
Puedes sentir y seguir.
Una de las formas más profundas de soltar es dejar de exigirle al pasado que nos devuelva lo que ya no puede devolver.
La infancia no vuelve.
Algunas personas no vuelven.
Algunas oportunidades no vuelven.
Algunos años no vuelven.
Pero el hecho de que no regresen no significa que nuestra vida haya perdido valor.
El presente no es una compensación.
Es nuestra realidad.
Y merece ser vivido.
Hay una historia que puede ayudarnos a comprenderlo.
Un anciano llamado Rafael guardaba una pequeña caja de madera.
Dentro había fotografías.
Cartas.
Una entrada de cine.
Una flor seca.
Una pequeña nota.
Su nieta encontró la caja.
—¿Qué es esto?
Rafael sonrió.
—Mi pasado.
La niña sacó una fotografía.
—¿Por qué guardas estas cosas?
—Porque fueron importantes.
—¿Las miras siempre?
—No.
—¿Entonces para qué las guardas?
Rafael respondió:
—Para recordar sin necesitar regresar.
La niña no comprendió completamente.
Pero Rafael sí.
Había aprendido algo que muchos tardamos años en entender:
recordar y regresar son cosas diferentes.
Puedes honrar el pasado sin vivir dentro de él.
Puedes conservar una fotografía sin intentar volver al momento.
Puedes amar una persona que ya no está sin dejar de amar la vida que continúa.
Puedes visitar un lugar del pasado sin quedarte allí.
El recuerdo puede ser un puente.
No una prisión.
Y quizá necesitemos construir puentes.
No cárceles.
Soltar también puede significar dejar ir una versión de nosotros mismos.
La persona que necesitaba agradar.
La persona que siempre decía sí.
La persona que buscaba aprobación.
La persona que creía que debía poder con todo.
La persona que se culpaba por descansar.
La persona que se escondía.
La persona que tenía miedo de hablar.
No tenemos que odiar a esa versión.
Probablemente hizo lo mejor que pudo.
Quizá aquella persona necesitaba comportarse así para sentirse segura.
Podemos agradecerle.
Y decir:
“Ya no necesito vivir exactamente de esa manera.”
Eso es evolución.
A veces el crecimiento se siente como una traición a nuestra antigua identidad.
“Antes yo era así.”
Sí.
Y ahora estás cambiando.
No necesitas pedir permiso para crecer.
La persona que te conoció hace diez años puede no entender completamente quién eres hoy.
Eso no significa que estés equivocado.
Significa que has vivido diez años.
Las experiencias transforman.
Las prioridades cambian.
Los valores se profundizan.
Las heridas enseñan.
Los sueños evolucionan.
Permítete cambiar.
Pero también permite que otros cambien.
No congeles a una persona en el error que cometió hace veinte años si ha demostrado ser diferente.
La conciencia necesita discernimiento.
Ni ingenuidad ni condena permanente.
Observa.
¿Ha cambiado realmente?
¿Sus acciones lo muestran?
¿Existe reparación?
Si sí, quizá puedas permitir una nueva mirada.
Si no, quizá el límite siga siendo necesario.
Soltar no significa dejar entrar nuevamente a quien te hace daño.
Puedes soltar el resentimiento y mantener la distancia.
Puedes perdonar y no reconciliarte.
Puedes dejar de odiar sin volver a confiar.
Esta distinción es fundamental.
El perdón no siempre significa restaurar una relación.
A veces significa dejar de permitir que aquello que ocurrió siga gobernando tu mundo interior.
Puedes decir:
“Lo que hiciste estuvo mal.”
Y también:
“No voy a dedicar el resto de mi vida a vivir alrededor de ese daño.”
Eso es libertad.
No necesitas aprobar lo ocurrido para dejar de cargarlo.
Hay una diferencia entre perdonar y olvidar.
Olvidar puede no ser posible.
Perdonar puede ser una decisión gradual.
Y en algunos casos quizá necesites tiempo antes de saber qué significa perdonar.
No te obligues.
La sanación no debe convertirse en otra exigencia.
Primero reconoce.
Después procesa.
Luego, cuando estés preparado, decide qué lugar tendrá esa experiencia en tu vida.
Quizá nunca puedas decir:
“Estoy agradecido por lo que ocurrió.”
No tienes que hacerlo.
Puedes decir:
“Estoy agradecido por quien me convertí después.”
Eso basta.
Hay heridas que no necesitan ser romantizadas.
Necesitan ser integradas.
Integrar significa:
“Esto ocurrió.
Me afectó.
Aprendí.
Y ahora quiero decidir qué hago con lo que quedó.”
Eso es profundamente humano.
Soltar también puede referirse a nuestros propios errores.
Quizá llevas años castigándote por una decisión.
Una relación.
Una palabra.
Una oportunidad perdida.
Una reacción.
Algo que hiciste o no hiciste.
Y cada tanto tu mente vuelve:
“Si pudiera regresar…”
Pero no puedes.
Puedes reparar si todavía es posible.
Puedes disculparte.
Puedes cambiar.
Puedes aprender.
Pero no puedes volver atrás.
Entonces llega un momento en el que necesitas dejar de utilizar el pasado como arma contra ti.
Hay una frase que puede ayudarte:
“Lo hice con la conciencia que tenía en aquel momento.”
Eso no justifica.
Explica.
Quizá hoy sabes más.
Quizá hoy actuarías diferente.
Eso es crecimiento.
No necesitas castigar a la persona que fuiste por no saber lo que ahora sabes.
Enséñale.
Perdónala.
Y sigue.
Porque el autocastigo prolongado no cambia el pasado.
Solo roba parte del presente.
Y el presente ya es demasiado valioso para entregarlo completamente a una culpa que no produce reparación.
Mariana comprendió algo parecido.
Durante años se culpó por haber amado demasiado.
Pensaba:
“Debí haberme dado cuenta.”
“Debí haberme ido antes.”
“Debí haber sido diferente.”
Un día escribió:
“Tomé decisiones con la información, la experiencia y las necesidades que tenía entonces.”
Después agregó:
“Hoy sé más.”
Eso le permitió mirar atrás sin destruirse.
Quizá tú también necesites hacerlo.
No para negar responsabilidades.
Para reconocer que has evolucionado.
Hay otra cosa que necesitamos aprender a soltar:
la necesidad de que todo tenga un cierre perfecto.
No todas las historias terminan con una conversación final.
No todas las personas se disculpan.
No todas las preguntas tienen respuesta.
No todos los vínculos terminan de manera elegante.
A veces el cierre no llega desde afuera.
Lo construimos nosotros.
Decidimos:
“Esto termina aquí.”
No porque todo haya quedado resuelto.
Porque necesitamos continuar.
El cierre no siempre es una puerta que alguien cierra.
A veces eres tú quien deja de esperar.
Y eso puede ser suficiente.
Hay relaciones que terminan sin explicación.
Hay amistades que se alejan lentamente.
Hay personas que cambian.
Hay sueños que pierden sentido.
No necesitas convertir cada final en una tragedia.
Algunas cosas simplemente cumplen su ciclo.
La naturaleza nos enseña eso constantemente.
Las hojas caen.
Las flores se marchitan.
El día termina.
La noche llega.
Y después vuelve la mañana.
No consideramos que una puesta de sol sea un fracaso.
Entendemos que forma parte del ciclo.
¿Por qué exigimos que nuestras vidas sean diferentes?
También tenemos ciclos.
Personas llegan.
Personas se van.
Etapas comienzan.
Etapas terminan.
Hay temporadas de expansión y temporadas de recogimiento.
La sabiduría no está en aferrarnos a cada estación.
Está en reconocer cuándo cambió.
Soltar es aprender a vivir de acuerdo con la estación actual.
Si es tiempo de descanso, descansa.
Si es tiempo de construir, construye.
Si es tiempo de despedirte, despídete.
Si es tiempo de comenzar, comienza.
No puedes vivir eternamente en primavera.
Pero tampoco debes temerle al invierno.
Hay semillas que solamente pueden germinar bajo tierra.
Quizá ahora mismo estés en una etapa que parece vacía.
No confundas vacío con ausencia de vida.
Tal vez algo está gestándose.
No lo fuerces.
Cuida.
Espera.
Escucha.
El silencio también tiene procesos.
Hay una práctica sencilla que puede ayudarte a soltar.
Toma una hoja.
Escribe arriba:
“Ya no necesito cargar…”
Y completa la frase tantas veces como necesites.
“Ya no necesito cargar con la culpa por…”
“Ya no necesito cargar con la opinión de…”
“Ya no necesito cargar con la expectativa de…”
“Ya no necesito cargar con una versión de mí que…”
“Ya no necesito cargar con la necesidad de que alguien…”
Después escribe:
“Elijo conservar…”
“Conservo el aprendizaje.”
“Conservo el amor.”
“Conservo la memoria.”
“Conservo mi dignidad.”
“Conservo lo que me hizo crecer.”
Y finalmente:
“Elijo abrir espacio para…”
“Paz.”
“Creatividad.”
“Personas nuevas.”
“Una nueva etapa.”
“Descanso.”
“Amor.”
“Propósito.”
No necesitas quemar la hoja.
No necesitas realizar ningún ritual complicado.
Lo importante es que puedas distinguir:
qué quieres llevar
y qué ya no.
Porque soltar no es quedarte vacío.
Es elegir conscientemente qué merece acompañarte.
Mariana hizo ese ejercicio años después de aquella relación.
Escribió:
“Conservo el amor que fui capaz de sentir.”
“Conservo lo que aprendí sobre mí.”
“Conservo los momentos hermosos.”
“Dejo atrás la espera.”
“Dejo atrás la fantasía de que mi felicidad depende de una persona.”
“Abro espacio para una vida que no necesito posponer.”
Aquella noche no apareció ninguna señal extraordinaria.
Pero durmió profundamente.
Y a veces la sanación llega así.
Sin espectáculo.
Como una noche de descanso.
Una respiración más profunda.
Una mañana en la que ya no necesitas revisar el teléfono.
Una canción que antes dolía y ahora simplemente recuerda.
Un lugar al que vuelves y ya no sientes que perteneces al pasado.
Eso también es sanar.
No necesariamente olvidar.
Dejar de sangrar cada vez que recuerdas.
Hay algo hermoso en descubrir que un día aquello que te rompía ya no controla tu respiración.
Quizá todavía te emocione.
Quizá todavía haya nostalgia.
Pero ya no te arrastra.
Eso es libertad.
Soltar también puede aplicarse a nuestros sueños.
Y aquí hay una diferencia importante.
No abandones un sueño solamente porque es difícil.
Pero tampoco conviertas un sueño antiguo en una obligación eterna.
Pregúntate:
“¿Todavía quiero esto?”
No:
“¿Debería seguir queriéndolo porque alguna vez lo deseé?”
La respuesta puede sorprenderte.
Tal vez sí.
Entonces continúa.
Tal vez no.
Entonces agradece.
Cambiar de sueño no significa fracasar.
Significa que estás vivo.
Las personas cambian.
Los deseos también.
Un sueño que era perfecto para ti a los veinte puede no serlo a los cincuenta.
No hay vergüenza.
La vida cambia.
Tú cambias.
El sueño puede cambiar.
Soltar una meta que ya no representa tus valores puede ser un acto de valentía.
Porque requiere reconocer:
“Ya no quiero esto.”
Y quizá otros no lo entiendan.
Está bien.
No puedes construir una vida auténtica si todas tus decisiones necesitan aprobación.
Hay un tipo de apego que puede ser especialmente doloroso:
apegarnos a la imagen de cómo creemos que debería ser nuestra vida.
“Mi familia debería ser así.”
“Mi pareja debería comportarse así.”
“Mis hijos deberían elegir esto.”
“Mi carrera debería haber avanzado de esta manera.”
“Yo debería haber conseguido aquello.”
La palabra “debería” puede convertirse en una fuente permanente de sufrimiento.
No significa que no debamos tener valores o expectativas razonables.
Significa que debemos distinguir entre deseo y realidad.
Puedes desear algo.
Pero si la realidad es diferente, tienes que trabajar con la realidad.
No puedes construir una vida desde una fantasía permanente.
La aceptación no es decir:
“Me gusta esto.”
Es decir:
“Esto es lo que existe. Ahora, ¿qué hago?”
Esa pregunta devuelve movimiento.
Y quizá sea una de las formas más poderosas de conciencia.
Mariana finalmente dejó de imaginar cómo habría sido su vida si aquella relación hubiera continuado.
Durante años había construido versiones alternativas.
“Quizá tendríamos hijos.”
“Quizá viviríamos en otro lugar.”
“Quizá…”
Un día se dio cuenta de que estaba comparando su vida real con una vida imaginaria que nunca existió.
¿Cómo podía ganar su vida real contra una fantasía?
No podía.
Entonces dejó de competir.
Y comenzó a vivir.
Esto ocurre con frecuencia.
Comparamos nuestro presente con un futuro imaginario.
“Si hubiera elegido…”
“Si hubiera aceptado…”
“Si hubiera conocido…”
No podemos saber cómo habría sido.
Quizá mejor.
Quizá peor.
Quizá simplemente diferente.
No necesitas vivir contra una historia alternativa.
Vive esta.
La que tienes.
La única que puedes tocar.
La única en la que puedes actuar.
El presente no es perfecto.
Pero es real.
Y la realidad puede ser transformada.
La fantasía no.
Hay otra cosa que debemos soltar:
la necesidad de tener siempre la razón.
A veces una relación termina porque ambos quieren demostrar quién tiene razón.
Y aunque uno la tenga, quizá pierda algo más importante.
La paz.
No todas las discusiones necesitan un ganador.
No todas las diferencias necesitan resolverse.
Puedes decir:
“Veo las cosas de otra manera.”
Y continuar.
Eso no significa permitir injusticias.
Significa elegir tus batallas.
Tu energía es limitada.
No la entregues a cada provocación.
Hay personas que necesitan que respondas para sentirse poderosas.
No siempre tienes que participar.
El silencio puede ser un límite.
La distancia puede ser una respuesta.
La ausencia de reacción también puede ser una forma de libertad.
Soltar no es pasividad.
Es seleccionar dónde poner tu energía.
Y quizá la energía sea una de las cosas más valiosas que tenemos.
¿Dónde la estás gastando?
En una conversación que nunca cambia.
En alguien que no escucha.
En una culpa antigua.
En una comparación.
En una persona que ya no está.
En una expectativa imposible.
Si gran parte de tu energía está allí, quizá no quede suficiente para construir el presente.
No tienes que recuperar toda tu energía de un día para otro.
Puedes empezar con una sola cosa.
Dejar de revisar.
Dejar de responder.
Dejar de imaginar.
Dejar de justificar.
Dejar de esperar.
Un pequeño soltar.
Y después otro.
Hasta que el espacio vuelva a ser tuyo.
Hay una enseñanza espiritual muy profunda en la impermanencia.
Todo cambia.
Nos guste o no.
El cuerpo cambia.
Las relaciones cambian.
Las estaciones cambian.
Las ciudades cambian.
Las emociones cambian.
Incluso nosotros cambiamos.
Pretender que todo permanezca igual es luchar contra la naturaleza de la existencia.
Quizá la paz no esté en conseguir permanencia.
Está en aprender a amar mientras las cosas están.
Amar una tarde sabiendo que terminará.
Amar una etapa sabiendo que cambiará.
Amar una persona sabiendo que la vida es incierta.
Eso no hace que el amor sea menos valioso.
Lo hace más precioso.
Un amanecer es hermoso precisamente porque no dura todo el día.
Una flor no necesita permanecer para siempre para ser bella.
Un abrazo no necesita durar una hora para ser verdadero.
Los momentos tienen valor aunque sean temporales.
Quizá eso sea una de las mayores enseñanzas de la vida:
no necesitamos poseer para amar.
Podemos agradecer.
Podemos disfrutar.
Podemos acompañar.
Y cuando llegue el momento, podemos soltar.
No todo lo que amamos está destinado a permanecer físicamente con nosotros para siempre.
Pero lo que vivimos puede transformarnos.
Una persona puede irse y dejar una enseñanza.
Una experiencia puede terminar y dejar sabiduría.
Una etapa puede desaparecer y dejar madurez.
Eso no es vacío.
Es legado.
Mariana ya no esperaba aquella llamada.
Años después recibió una noticia inesperada.
La persona había vuelto a su ciudad.
Un conocido le preguntó:
—¿Quieres verlo?
Mariana sintió un pequeño movimiento en el pecho.
Después respiró.
—No.
No había rabia.
No había orgullo.
Solo claridad.
La historia había cumplido su ciclo.
Y ella ya no necesitaba reabrirla para demostrar que había sanado.
Había aprendido algo hermoso:
a veces sabes que soltaste cuando ya no necesitas comprobar que soltaste.
No necesitas volver para ver si todavía duele.
Simplemente sigues.
Y si un recuerdo aparece, lo saludas.
“Sí, eso fue parte de mí.”
Y continúas caminando.
Antes de terminar, quiero invitarte a cerrar los ojos.
Piensa en algo que estés intentando sostener con demasiada fuerza.
Una persona.
Una expectativa.
Un resultado.
Un pasado.
Una culpa.
Un sueño.
Una imagen.
No intentes soltarlo inmediatamente.
Primero reconócelo.
Pregúntate:
“¿Qué temo que ocurra si lo suelto?”
Tal vez aparezca:
“Que lo pierda para siempre.”
“Que nadie vuelva.”
“Que haya sido todo en vano.”
“Que signifique que fracasé.”
“Que tenga que aceptar algo que todavía duele.”
Escucha.
Después pregunta:
“¿Puedo conservar el significado sin conservar el sufrimiento?”
Tal vez sí.
Puedes conservar el amor sin conservar la espera.
El aprendizaje sin conservar la culpa.
El recuerdo sin conservar la prisión.
El sueño sin conservar la obligación.
La experiencia sin conservar el miedo.
Respira.
Y di:
“Lo que fue, fue.”
“Lo que es, es.”
“Lo que será, todavía no lo sé.”
“Hoy elijo vivir aquí.”
No necesitas sentir una transformación inmediata.
Solo abre una pequeña posibilidad.
La posibilidad de dejar de apretar.
Quizá puedas imaginar tus manos abiertas.
No estás tirando nada.
Simplemente estás dejando de cerrar los puños.
Eso es soltar.
Y cuando las manos están abiertas, también pueden recibir.
Una nueva oportunidad.
Una conversación.
Una idea.
Una amistad.
Una experiencia.
Una paz que antes no tenía espacio.
Porque quizá el problema no era que la vida no te estuviera ofreciendo nada nuevo.
Quizá estabas demasiado ocupado sosteniendo lo viejo.
No tengas miedo del espacio.
El espacio no es necesariamente pérdida.
Puede ser preparación.
Puede ser libertad.
Puede ser descanso.
Puede ser una página en blanco.
Y una página en blanco puede contener una historia que todavía no imaginas.
Por eso, si hoy estás atravesando una despedida, no te exijas estar bien.
Llora.
Recuerda.
Agradece.
Busca compañía.
Date tiempo.
Y cuando puedas, da un paso.
Después otro.
No para olvidar.
Para vivir.
Porque tu vida merece algo más que permanecer eternamente en la puerta de aquello que terminó.
Merece entrar en la habitación que viene después.
Quizá no sepas cómo será.
Está bien.
Lleva contigo lo que aprendiste.
Deja atrás lo que ya no necesitas.
Y camina.
Con tus cicatrices.
Con tus recuerdos.
Con tu amor.
Con tu esperanza.
Con tu conciencia.
Porque soltar no significa dejar de amar.
A veces significa amar lo suficiente como para permitir que la vida continúe.
Y quizá, cuando finalmente abras las manos, descubras algo que no habías visto:
no estabas perdiendo tu historia.
Estabas recuperando tu futuro.




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