Hay momentos en la vida en los que sabemos exactamente lo que queremos, pero no sabemos cómo llegar hasta allí.
Tenemos un deseo.
Una esperanza.
Una imagen de futuro.
Quizá queremos sanar una relación, comenzar un proyecto, cambiar nuestra manera de vivir, encontrar un propósito, recuperar una ilusión o simplemente volver a sentir paz.
Miramos hacia adelante y pensamos:
“Sé dónde quiero estar, pero no sé cómo llegar.”
Y entonces aparece la ansiedad.
Queremos conocer el camino completo antes de dar el primer paso.
Queremos garantías.
Queremos saber que no vamos a equivocarnos.
Queremos asegurarnos de que la decisión será correcta.
Queremos saber que la persona no nos decepcionará.
Que el proyecto funcionará.
Que el esfuerzo tendrá recompensa.
Que aquello que soñamos finalmente ocurrirá.
Pero la vida rara vez entrega garantías.
Y quizá una de las formas más profundas de despertar la conciencia sea aprender a caminar sin tener todas las respuestas.
No significa caminar a ciegas.
Significa aprender a confiar mientras avanzamos.
Porque hay una diferencia entre controlar el camino y participar conscientemente en él.
No podemos controlar todo lo que encontraremos.
Pero sí podemos decidir cómo caminaremos.
Podemos elegir nuestros valores.
Nuestra actitud.
Nuestros límites.
Nuestra manera de responder.
Nuestra disposición para aprender.
Nuestra capacidad para levantarnos.
Y eso puede ser suficiente.
Había un hombre llamado Samuel que necesitaba saberlo todo antes de comenzar.
Si quería iniciar un proyecto, investigaba durante meses.
Si quería tomar una decisión, preguntaba a todo el mundo.
Si quería hacer un viaje, organizaba cada detalle.
Si alguien le ofrecía una oportunidad, buscaba primero todos los riesgos posibles.
No era irresponsable.
Al contrario.
Era extremadamente cuidadoso.
Pero con el tiempo descubrió algo:
su necesidad de seguridad había comenzado a impedirle vivir.
Siempre esperaba un momento en el que finalmente se sintiera completamente preparado.
Ese momento nunca llegaba.
Un día recibió una propuesta que podía cambiar su vida profesional.
Era una buena oportunidad.
No perfecta.
No segura.
Pero buena.
Samuel pasó semanas pensando.
—¿Y si sale mal?
—¿Y si pierdo lo que ya tengo?
—¿Y si me arrepiento?
—¿Y si no soy capaz?
Una noche su padre, que ya era un hombre mayor, lo escuchó.
Después de un largo silencio le dijo:
—Hijo, ¿quieres una garantía o quieres una oportunidad?
Samuel lo miró.
No esperaba esa pregunta.
—Una oportunidad.
—Entonces tendrás que aceptar que no viene con garantía.
Samuel bajó la mirada.
Su padre continuó:
—Cuando eras pequeño, aprendiste a caminar cayéndote. No esperaste a saber caminar para levantarte. Te levantaste para aprender.
Aquella frase quedó dentro de Samuel.
Te levantaste para aprender.
Quizá muchas veces hacemos exactamente lo contrario.
Esperamos aprender para comenzar.
Esperamos sentir confianza para actuar.
Esperamos tener seguridad para decidir.
Esperamos no tener miedo para avanzar.
Pero la vida no siempre funciona así.
Hay aprendizajes que solamente aparecen después de comenzar.
No puedes aprender a nadar mirando el agua desde la orilla.
No puedes aprender a conversar mejor evitando todas las conversaciones difíciles.
No puedes descubrir tus capacidades sin probarlas.
No puedes conocer completamente un camino que todavía no has recorrido.
Y eso puede resultar aterrador.
Pero también es hermoso.
Porque significa que el futuro todavía contiene posibilidades que hoy no puedes imaginar.
Quizá eso sea lo que llamamos esperanza.
No saber exactamente qué ocurrirá, pero estar dispuesto a descubrirlo.
Samuel aceptó la propuesta.
No porque hubiera desaparecido el miedo.
Lo aceptó porque comprendió que estaba cansado de esperar una certeza que la vida nunca iba a entregarle.
Los primeros meses fueron difíciles.
Cometió errores.
Hubo momentos en los que pensó:
“Me equivoqué.”
Pero cada error le enseñó algo.
Después de un año, miró hacia atrás y comprendió que si hubiera esperado sentirse completamente preparado, jamás habría comenzado.
Y entonces descubrió una verdad:
la preparación no siempre ocurre antes del camino; muchas veces ocurre mientras caminamos.
Esto también ocurre en nuestra vida interior.
A veces esperamos sanar completamente antes de volver a amar.
Esperamos dejar de tener miedo antes de confiar.
Esperamos sentirnos fuertes antes de comenzar.
Esperamos tener autoestima antes de mostrarnos al mundo.
Esperamos estar completamente en paz antes de vivir.
Pero quizá no necesitas estar completamente sano para comenzar a sanar.
No necesitas estar completamente seguro para dar un paso.
No necesitas haber resuelto toda tu historia para escribir una página nueva.
No necesitas dejar de sentir miedo para actuar con valentía.
Puedes llevar tus heridas contigo mientras avanzas.
No como cadenas.
Como parte de tu historia.
Hay una diferencia entre avanzar herido y negar la herida.
Puedes decir:
“Esto todavía me duele.”
Y continuar.
Puedes decir:
“Todavía tengo miedo.”
Y continuar.
Puedes decir:
“No sé qué ocurrirá.”
Y continuar.
La conciencia no exige certeza.
Exige presencia.
Una mujer llamada Elena comprendió esto después de una pérdida.
Durante mucho tiempo había pensado que para volver a disfrutar de la vida necesitaba dejar de extrañar.