Despierta tu Conciencia

CAPÍTULO 17 La luz que aparece cuando te atreves a volver a empezar

Hay comienzos que llegan acompañados de entusiasmo.

Y hay otros que llegan después de una pérdida.

Un comienzo puede aparecer cuando todavía tienes miedo.

Cuando todavía extrañas.

Cuando todavía no sabes si podrás.

Cuando todavía llevas preguntas sin responder.

Por eso, muchas veces, volver a empezar no se parece a una película.

No hay música de fondo.

No hay una señal en el cielo.

No hay aplausos.

A veces simplemente despiertas una mañana y comprendes que ya no puedes continuar viviendo de la misma manera.

Y entonces ocurre algo pequeño.

Te levantas.

Abres una ventana.

Respiras.

Y dices:

“Hoy voy a intentarlo nuevamente.”

Eso puede ser un comienzo.

No necesitas sentirte preparado.

No necesitas tener todo resuelto.

A veces comenzar significa simplemente dejar de esperar que la vida vuelva a ser como antes y aceptar la posibilidad de construir algo diferente.

Porque hay momentos en los que nuestro mayor obstáculo no es el miedo al futuro.

Es nuestra nostalgia por el pasado.

Queremos volver.

Volver a cuando todo parecía más sencillo.

Volver a una persona.

Volver a una casa.

Volver a una edad.

Volver a una oportunidad.

Volver a una versión de nosotros mismos.

Pero la vida no siempre nos permite regresar.

Y aunque al principio eso puede parecer una tragedia, con el tiempo podemos descubrir algo:

quizá no necesitamos regresar.

Quizá necesitamos avanzar llevando con nosotros lo que aprendimos.

Había una mujer llamada Clara que tenía cincuenta y ocho años cuando sintió que su vida se había detenido.

Durante décadas había vivido para su familia.

Había trabajado.

Había cuidado.

Había postergado deseos.

Había dicho muchas veces:

“Más adelante.”

Más adelante viajaría.

Más adelante aprendería a pintar.

Más adelante escribiría.

Más adelante tendría tiempo para ella.

Más adelante descansaría.

Pero los años pasaron.

Y un día se encontró frente a una casa demasiado silenciosa.

Sus hijos habían crecido.

Cada uno tenía su propia vida.

Su trabajo había cambiado.

Algunas amistades se habían alejado.

Y aquella mujer que durante años había sido necesaria para todos comenzó a preguntarse:

“¿Y ahora qué hago conmigo?”

La pregunta le dio miedo.

Porque no sabía responder.

Durante mucho tiempo había definido su identidad por lo que hacía por los demás.

Ahora había espacios vacíos.

Y esos espacios podían parecer soledad.

Pero también podían ser una oportunidad.

Al principio Clara intentó llenarlos rápidamente.

Ordenaba cosas que no necesitaban orden.

Buscaba actividades para mantenerse ocupada.

Llamaba a personas sin tener nada que decir.

Miraba constantemente el teléfono.

Necesitaba sentir que alguien la necesitaba.

Hasta que una tarde abrió un cajón y encontró un cuaderno antiguo.

En la primera página había una frase escrita décadas atrás:

“Algún día quiero escribir un libro.”

Clara sonrió.

Después lloró.

Había olvidado a esa mujer.

La mujer que soñaba.

La mujer que quería crear.

La mujer que tenía curiosidad.

La mujer que había quedado escondida debajo de responsabilidades.

Se sentó en la mesa.

Abrió el cuaderno.

Y escribió una sola frase.

No era buena.

No era importante.

No era perfecta.

Pero era suya.

Había vuelto a comenzar.

A veces comenzar nuevamente no significa crear una vida completamente distinta.

Significa recuperar una pequeña parte de nosotros que habíamos abandonado.

Quizá una afición.

Una amistad.

Una forma de vestir.

Una canción.

Una costumbre.

Un sueño.

Una manera de pensar.

Un lugar.

Algo que alguna vez nos hacía sentir vivos.

No todo lo que dejamos atrás necesita permanecer atrás.

Hay cosas que podemos recuperar.

Y hay otras que debemos transformar.

La conciencia consiste también en distinguirlas.

Clara comenzó a escribir diez minutos al día.

Solo diez.

Algunas veces escribía sobre su infancia.

Otras sobre su madre.

Otras sobre sus hijos.

Otras sobre cosas que nunca había dicho.

Al principio pensaba:

“Esto no sirve para nada.”

Pero continuó.

Porque por primera vez en mucho tiempo estaba haciendo algo que no necesitaba justificar.

No lo hacía para ganar dinero.

No lo hacía para recibir reconocimiento.

No lo hacía para demostrar nada.

Lo hacía porque algo dentro de ella necesitaba expresarse.

Y eso fue suficiente.

Con el tiempo, aquellos diez minutos se convirtieron en veinte.

Después en treinta.

Y un día alguien le preguntó:

—¿Qué estás escribiendo?

Clara respondió:

—No sé todavía.

Y sonrió.

Porque ya no necesitaba saber.

Había descubierto el placer de descubrir.

Hay una gran diferencia entre comenzar para demostrar algo y comenzar para vivir algo.

Cuando comienzas para demostrar, cualquier obstáculo parece una humillación.

Cuando comienzas para vivir, los obstáculos se convierten en parte del aprendizaje.

Clara no necesitaba ser escritora famosa.

Necesitaba volver a sentirse autora de una pequeña parte de su vida.

Eso fue suficiente para despertar algo.

Esperanza.

Quizá tú también tengas algo dentro que llevas demasiado tiempo postergando.

Una idea.

Una historia.

Un proyecto.

Un aprendizaje.

Una conversación.

Una reconciliación contigo mismo.

No necesitas comenzar de manera espectacular.

Comienza pequeño.

Una página.




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