Despierta tu Conciencia

CAPÍTULO 19 Cuando aprendes a escuchar lo que tu alma intenta decirte

Hay silencios que no están vacíos.

Están llenos de preguntas.

De recuerdos.

De cansancio.

De deseos que hemos postergado.

De palabras que nunca dijimos.

De decisiones que seguimos evitando.

De una parte de nosotros que lleva mucho tiempo intentando ser escuchada.

Pero vivimos rodeados de tanto ruido que muchas veces dejamos de reconocer nuestra propia voz.

El teléfono vibra.

Las obligaciones llaman.

Las noticias llegan.

Las personas opinan.

El trabajo exige.

La familia necesita.

La sociedad propone.

Y nosotros respondemos.

Respondemos a todos.

A todo.

Durante todo el día.

Hasta que llega la noche.

Entonces queda silencio.

Y en ese momento puede aparecer una pregunta incómoda:

“¿Cómo estoy realmente?”

Quizá no tengamos una respuesta inmediata.

Porque llevamos tanto tiempo escuchando las voces de afuera que olvidamos cómo suena la nuestra.

Despertar la conciencia también significa aprender a escuchar ese lugar interior.

No para obedecer cada impulso.

No para convertir cada sensación en una verdad absoluta.

Sino para observar.

Preguntar.

Discernir.

Y descubrir qué parte de nuestra vida necesita atención.

Había un hombre llamado Daniel que tenía una vida aparentemente ordenada.

Trabajo estable.

Casa.

Responsabilidades.

Personas que lo querían.

Desde afuera, nadie habría pensado que algo estaba mal.

Cuando le preguntaban:

—¿Cómo estás?

Respondía:

—Bien.

Pero llevaba meses sintiendo una tristeza que no sabía explicar.

No era una tristeza permanente.

Funcionaba.

Trabajaba.

Reía.

Conversaba.

Cumplía.

Pero algo dentro de él se había vuelto silencioso.

Ya no disfrutaba algunas cosas que antes le gustaban.

Los fines de semana no sabía qué hacer.

Cuando tenía tiempo libre, se sentía incómodo.

Y cuando alguien le preguntaba qué quería, respondía:

—Lo que sea.

Una tarde su hermana le dijo:

—Hace mucho que no te escucho hablar de algo que realmente te entusiasme.

Daniel se quedó pensando.

—No sé qué me entusiasma.

Su hermana lo miró.

—Quizá deberías empezar por escuchar qué te está pasando.

Daniel sonrió con cierta incomodidad.

—No tengo tiempo para esas cosas.

—¿Para cuáles?

—Para pensar demasiado.

Su hermana respondió:

—Tal vez no estás pensando demasiado. Tal vez estás escuchando demasiado poco.

La frase se quedó con él.

Esa noche Daniel apagó el televisor.

Dejó el teléfono en otra habitación.

Se sentó en la cocina.

No hizo nada.

Los primeros minutos fueron incómodos.

Pensó en levantarse.

Después apareció una sensación que llevaba meses evitando.

Cansancio.

No solamente físico.

Cansancio de sostener una imagen.

Cansancio de hacer cosas porque siempre las había hecho.

Cansancio de responder que estaba bien.

Cansancio de no preguntarse qué quería.

Y finalmente apareció una frase:

“No sé si esta vida todavía se parece a mí.”

Daniel se asustó.

Porque aquella frase no era una respuesta.

Era una puerta.

Hay momentos en los que una pregunta puede ser más transformadora que una respuesta.

“¿Qué quiero?”

“¿Qué necesito?”

“¿Qué estoy evitando?”

“¿Qué me duele?”

“¿Qué estoy tolerando?”

“¿Qué estoy haciendo solamente por miedo?”

“¿Qué me da paz?”

“¿Qué me devuelve energía?”

“¿Qué parte de mí está pidiendo espacio?”

No todas estas preguntas tienen respuestas inmediatas.

Pero pueden comenzar un proceso.

A veces creemos que escuchar nuestra voz interior significa encontrar una especie de mensaje mágico.

No necesariamente.

La vida interior suele hablar de maneras mucho más sencillas.

A través de una incomodidad persistente.

De una alegría que se repite.

De una necesidad.

De un límite.

De un deseo.

De un cansancio.

De una conversación que seguimos postergando.

De una actividad que siempre nos hace sentir vivos.

De una relación que constantemente nos deja vacíos.

No debemos interpretar automáticamente cada emoción como una señal definitiva.

Pero tampoco debemos ignorar aquello que aparece una y otra vez.

La repetición merece atención.

Daniel comenzó a escribir cada noche tres frases:

“Hoy me hizo bien…”

“Hoy me pesó…”

“Hoy necesité…”

Al principio escribía cosas simples.

“Me hizo bien caminar.”

“Me pesó una discusión.”

“Necesité dormir.”

Después las respuestas comenzaron a profundizarse.

“Me hizo bien hablar con alguien sin mirar el teléfono.”

“Me pesó fingir que estaba de acuerdo.”

“Necesité decir que no.”

Una semana después escribió:

“Me hizo bien recordar que antes me gustaba escribir.”

Se quedó mirando la frase.

Había olvidado cuánto le gustaba.

De joven escribía historias.

Después dejó de hacerlo.

Primero por trabajo.

Luego por responsabilidades.

Después porque pensó que era una pérdida de tiempo.

Pero algo dentro de él todavía lo recordaba.

No todo lo que dejamos atrás está muerto.

Algunas cosas simplemente están esperando que volvamos.

Quizá una parte de ti todavía recuerda lo que te hacía sentir vivo.

Tal vez una canción.

Un oficio.

Un libro.

Una amistad.

Un lugar.

Una actividad.

Una forma de servir.

Un sueño.

Una manera de crear.

No necesitas recuperar todo.

Pero quizá exista algo que merezca una segunda oportunidad.

Daniel volvió a escribir.




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