Despierta tu Conciencia

CAPÍTULO 21 Cuando aprendes a perdonarte y dejas de vivir en deuda con tu pasado

Hay personas que han sido perdonadas por los demás, pero todavía no han conseguido perdonarse a sí mismas.

Viven aparentemente en paz.

Continúan trabajando.

Sonríen.

Construyen relaciones.

Cumplen responsabilidades.

Pero dentro llevan una conversación que nunca termina.

“¿Cómo pude hacerlo?”

“¿Por qué no me di cuenta?”

“Debí haber elegido diferente.”

“Si hubiera sabido…”

“Si hubiera actuado antes…”

“Si hubiera sido más fuerte…”

“Si hubiera dicho la verdad…”

“Si hubiera escuchado…”

Y así pasan los años.

El pasado deja de ser un recuerdo y se convierte en una sentencia.

La persona ya no vive solamente lo que está ocurriendo.

Vive también aquello que cree que debería haber ocurrido.

Y existe una diferencia enorme entre aprender del pasado y vivir castigado por él.

Aprender dice:

“Esto ocurrió. ¿Qué puedo hacer con lo aprendido?”

La culpa destructiva dice:

“Esto ocurrió. Por lo tanto, no merezco estar en paz.”

Una busca transformación.

La otra busca condena.

Y quizá una de las formas más profundas de despertar la conciencia sea comprender que arrepentirse no significa odiarse.

Que reconocer un error no significa convertirlo en identidad.

Que pedir perdón no significa pasar el resto de la vida pidiendo permiso para existir.

Y que perdonarse no significa declarar que aquello que hicimos estuvo bien.

Significa dejar de utilizar el pasado como una prisión.

Había un hombre llamado Esteban que llevaba veinte años recordando una decisión.

Cuando era joven había rechazado una oportunidad importante.

En aquel momento tenía miedo.

Pensó que no estaba preparado.

Eligió quedarse donde estaba.

Años después descubrió que aquella oportunidad había cambiado completamente la vida de otra persona.

Desde entonces comenzó a pensar:

“Esa debería haber sido mi vida.”

Cada vez que atravesaba una dificultad, regresaba a aquella decisión.

Si tenía problemas económicos:

“Si hubiera aceptado aquella oportunidad…”

Si estaba insatisfecho:

“Si hubiera elegido diferente…”

Si veía a alguien progresar:

“Yo podría estar allí.”

Había construido una vida alternativa dentro de su cabeza.

Una vida imaginaria en la que todo habría salido perfectamente.

Pero esa vida no existía.

Solo existía en su pensamiento.

Y, sin embargo, Esteban sufría por ella como si realmente la hubiera perdido.

Una tarde visitó a una mujer mayor llamada Elena.

Le contó su historia.

Elena lo escuchó.

Después preguntó:

—¿Qué sabes de la vida que habrías tenido?

—Sé que habría sido mejor.

—¿Cómo lo sabes?

Esteban quedó en silencio.

No lo sabía.

Podría haber sido mejor.

Podría haber sido peor.

Podría haber sido simplemente diferente.

Elena continuó:

—Estás comparando tu vida real con una vida imaginaria a la que le quitaste todos sus problemas.

Aquella frase lo golpeó.

Porque era verdad.

Había imaginado el éxito de aquella vida.

Pero nunca había imaginado sus dificultades.

Sus pérdidas.

Sus errores.

Sus decepciones.

Sus noches sin dormir.

Había creado un pasado perfecto para castigar al presente.

Muchas veces hacemos lo mismo.

Idealizamos la decisión que no tomamos.

La relación que no tuvimos.

La ciudad a la que no fuimos.

El trabajo que rechazamos.

La oportunidad que dejamos pasar.

Y olvidamos que cualquier camino habría tenido problemas.

No podemos conocer una vida que nunca vivimos.

Por eso necesitamos dejar de utilizar posibilidades imaginarias como armas contra nosotros mismos.

Esteban comenzó una práctica.

Cada vez que aparecía el pensamiento:

“Si hubiera…”

lo completaba con:

“Pero elegí…”

No para justificarse.

Para regresar a la realidad.

“Si hubiera aceptado aquella oportunidad…”

“Pero elegí quedarme.”

“Si hubiera hablado antes…”

“Pero elegí callar.”

“Si hubiera tomado otra decisión…”

“Pero tomé esta.”

Y después añadía:

“¿Qué puedo hacer ahora?”

Esa última pregunta era la más importante.

Porque el pasado explica.

Pero el presente todavía puede transformar.

No siempre podemos reparar lo que ocurrió.

Hay palabras que ya fueron dichas.

Personas que ya se fueron.

Años que ya pasaron.

Decisiones que ya tuvieron consecuencias.

Pero casi siempre existe alguna forma de responder al pasado desde el presente.

Puedes pedir perdón.

Puedes reparar.

Puedes cambiar.

Puedes aprender.

Puedes ayudar a alguien que atraviesa aquello que tú atravesaste.

Puedes educar a otros.

Puedes vivir de manera diferente.

Puedes convertir una experiencia dolorosa en sabiduría.

No puedes modificar el hecho.

Pero puedes modificar la relación que tienes con él.

Eso es perdonarse.

No decir:

“No pasó nada.”

Sino:

“Pasó. Me afectó. Me equivoqué. Aprendí. Y no quiero seguir destruyéndome por aquello que ya no puedo cambiar.”

Hay personas que creen que castigarse demuestra que realmente están arrepentidas.

Como si sufrir durante años fuera una forma de pagar una deuda moral.

Pero el sufrimiento prolongado no siempre produce transformación.

A veces solamente produce agotamiento.

Si hiciste daño, asumir responsabilidad es importante.

Si puedes reparar, repara.

Si necesitas pedir perdón, pide perdón.

Si debes cambiar una conducta, cámbiala.

Pero después existe otra tarea:

aprender a continuar.

Porque una persona que nunca se permite avanzar puede quedar atrapada en el mismo error.




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