Despierta tu Conciencia

CAPÍTULO 25 Cuando comprendes que sanar no significa volver a ser quien eras

Durante mucho tiempo pensamos que sanar significa regresar.

Volver a ser quienes éramos antes del dolor.

Antes de la pérdida.

Antes de la decepción.

Antes de aquella conversación.

Antes de aquella enfermedad de la vida que nos obligó a detenernos.

Queremos recuperar la versión de nosotros que existía antes de que algo cambiara.

Pero quizá sanar no consiste en volver.

Quizá consiste en avanzar de una manera diferente.

Porque hay experiencias que nos modifican.

Y algunas transformaciones no pueden deshacerse.

Después de ciertas pérdidas ya no miramos igual.

Después de ciertas decepciones ya no confiamos de la misma manera.

Después de ciertos aprendizajes ya no podemos volver a ignorar aquello que ahora sabemos.

Y eso no significa que estemos rotos.

Significa que hemos vivido.

Había una mujer llamada Laura que durante años soñó con volver a ser la persona que había sido antes de una pérdida importante.

Recordaba cómo era antes.

Más espontánea.

Más confiada.

Más alegre.

Decía:

—Quiero volver a ser yo.

Una tarde, mientras conversaba con su hermana, dijo:

—Siento que nunca voy a volver a ser la misma.

Su hermana la miró y respondió:

—Quizá no tengas que volver a ser la misma.

Laura quedó en silencio.

—¿Entonces qué hago?

—Conoce a la persona que eres ahora.

Aquella respuesta le produjo tristeza.

Porque durante mucho tiempo había considerado su nueva versión como un problema que debía corregir.

Ahora empezaba a preguntarse:

“¿Y si esta versión de mí también merece ser conocida?”

El dolor puede cambiar nuestra manera de mirar.

A veces nos vuelve más cautelosos.

Más sensibles.

Más conscientes.

Más selectivos.

Más agradecidos.

Más capaces de comprender el sufrimiento de otros.

Pero también puede dejarnos miedo.

Desconfianza.

Cansancio.

Amargura.

No toda transformación producida por el dolor es necesariamente positiva.

Por eso sanar requiere algo más que sobrevivir.

Requiere elegir qué conservar y qué dejar atrás.

Laura comenzó a hacer dos listas.

En una escribió:

LO QUE ESTA EXPERIENCIA ME ENSEÑÓ

Aprendí a poner límites.

Aprendí a pedir ayuda.

Aprendí que no todo está bajo mi control.

Aprendí a valorar el tiempo.

Aprendí a reconocer quién estuvo conmigo.

En la otra escribió:

LO QUE NO QUIERO LLEVAR CONMIGO

Desconfianza permanente.

Miedo a amar.

Culpa.

Necesidad de controlar.

La idea de que todo terminará mal.

Miró ambas listas.

Comprendió que sanar no significaba borrar la experiencia.

Significaba decidir qué parte de ella continuaría viviendo dentro de su futuro.

Hay una diferencia entre una cicatriz y una herida abierta.

La cicatriz permanece.

Pero ya no sangra de la misma manera.

Puede recordarte.

Puede sensibilizarte.

Puede incluso cambiar la forma en que proteges esa zona.

Pero no necesita gobernar cada movimiento.

Una herida abierta, en cambio, sigue necesitando cuidado.

Y a veces necesitamos reconocer honestamente que todavía estamos heridos.

No hay vergüenza en eso.

Vivimos en una época que muchas veces exige recuperación rápida.

“Ya pasó.”

“Hay que seguir.”

“Sé fuerte.”

“Olvídalo.”

Pero el corazón tiene otros tiempos.

Algunas experiencias necesitan semanas.

Otras meses.

Otras años.

Y algunas dejan una marca permanente.

Sanar no significa que llegue un día en que jamás recordarás.

Significa que podrás recordar sin quedar completamente atrapado.

Laura descubrió que había confundido avanzar con olvidar.

Pensaba:

“Si todavía lo recuerdo, no he sanado.”

Después comprendió:

recordar no significa estar atrapado.

Puedes recordar y continuar.

Puedes extrañar y seguir viviendo.

Puedes llorar y volver a sonreír.

Puedes amar a alguien que ya no está y seguir construyendo nuevos vínculos.

Puedes lamentar una etapa y agradecer otra.

El corazón puede sostener contradicciones.

Hay días en que una persona puede sentirse fuerte.

Y al día siguiente volver a sentir tristeza.

Eso no significa necesariamente retroceso.

La recuperación no siempre es una línea recta.

Hay avances.

Pausas.

Días difíciles.

Días luminosos.

Recuerdos inesperados.

Nuevas comprensiones.

No midas tu crecimiento solamente por cuánto dolor sientes.

Míralo también por cómo respondes cuando el dolor aparece.

Antes Laura pensaba:

“Estoy triste otra vez. Volví al principio.”

Después comenzó a decir:

“Hoy apareció tristeza. Voy a cuidarme.”

La diferencia era enorme.

No convertía la emoción en fracaso.

La convertía en una necesidad.

Quizá esa sea una de las formas más profundas de autocuidado:

no preguntarnos únicamente:

“¿Cómo hago para dejar de sentir esto?”

sino:

“¿Qué necesito mientras estoy sintiendo esto?”

Tal vez descanso.

Tal vez hablar.

Tal vez silencio.

Tal vez compañía.

Tal vez escribir.

Tal vez caminar.

Tal vez llorar.

Tal vez pedir ayuda.

No siempre necesitamos eliminar una emoción.

A veces necesitamos atravesarla de una manera segura.

La espiritualidad también puede acompañar este proceso.

Para algunas personas, la oración ofrece un lugar donde poner aquello que no saben explicar.

No necesitan encontrar respuestas.

Pueden decir:

“Estoy cansado.”

“Estoy triste.”

“No entiendo.”

“Necesito fuerza.”

“Necesito paz.”




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