Despierta tu Conciencia

CAPÍTULO 26 Cuando descubres que la esperanza también se construye en los días difíciles

Hay días en los que tener esperanza parece fácil.

Una buena noticia llega.

Una puerta se abre.

Algo que esperabas finalmente sucede.

Alguien te llama.

Un proyecto comienza a funcionar.

Una preocupación encuentra solución.

Entonces es sencillo decir:

“Todo va a estar bien.”

Pero existen otros días.

Días en los que nada parece avanzar.

Días en los que las respuestas no llegan.

Días en los que el cansancio pesa.

Días en los que una persona se levanta sin saber exactamente cómo continuará.

En esos días, la esperanza adquiere otro significado.

Ya no es una emoción brillante.

Es una decisión pequeña.

Una llama que quizá no ilumina todo el camino, pero evita que la oscuridad sea completa.

Y quizá una de las formas más profundas de despertar la conciencia sea comprender esto:

la esperanza no siempre aparece antes de caminar. A veces nace mientras caminamos.

Había un hombre llamado Mateo que había aprendido a desconfiar de las promesas de la vida.

No porque fuera una persona negativa.

Había tenido demasiadas decepciones.

Durante años había construido proyectos que no funcionaron.

Había confiado en personas que terminaron alejándose.

Había esperado oportunidades que nunca llegaron.

Con el tiempo comenzó a protegerse de la ilusión.

Cuando alguien le decía:

—Ya verás que todo mejorará.

Mateo respondía:

—Eso nadie puede saberlo.

Y tenía razón.

Nadie podía garantizarle el futuro.

Pero poco a poco aquella prudencia se convirtió en una especie de muro.

Ya no esperaba demasiado.

Porque pensaba:

“Si no espero nada, no me decepcionaré.”

Parecía protección.

Pero también era una forma de dejar de vivir.

Una tarde, mientras caminaba por una plaza, vio a una anciana plantando flores.

Mateo la observó durante algunos minutos.

—¿Por qué planta ahora? —preguntó.

La mujer levantó la mirada.

—Porque llegará la primavera.

Mateo sonrió.

—¿Y si no llega?

La mujer respondió:

—Entonces habré cuidado la tierra mientras esperaba.

Mateo no supo qué decir.

La frase parecía sencilla.

Pero llevaba una profundidad que lo acompañó durante semanas.

Quizá eso sea la esperanza.

No tener garantías.

No saber exactamente qué ocurrirá.

Sino seguir cuidando la tierra.

Seguir preparando.

Seguir aprendiendo.

Seguir sembrando.

Seguir viviendo.

Aunque todavía no veamos flores.

Hay personas que esperan sentir esperanza antes de comenzar.

“Cuando tenga motivación, empezaré.”

“Cuando crea que funcionará, lo intentaré.”

“Cuando tenga seguridad, avanzaré.”

Pero muchas veces ocurre al revés.

Comienzas.

Das un paso.

Aprendes.

Y entonces aparece un poco de esperanza.

No necesitas sentirte completamente preparado para comenzar algo pequeño.

Mateo decidió volver a escribir.

Había abandonado un proyecto personal años atrás.

No sabía si funcionaría.

Esta vez no se prometió:

“Será un éxito.”

Se dijo:

“Voy a darle una oportunidad.”

Eso era diferente.

No necesitaba certeza.

Necesitaba disposición.

La esperanza madura no dice:

“Estoy seguro de que todo saldrá como quiero.”

Dice:

“No sé cómo saldrá, pero todavía vale la pena intentarlo.”

Esta esperanza es más resistente.

Porque no depende de una garantía.

Depende de una decisión.

A veces pensamos que tener esperanza significa pensar positivamente todo el tiempo.

No.

Puedes reconocer:

“Esto es difícil.”

Y aun así tener esperanza.

Puedes decir:

“No sé cómo resolverlo.”

Y aun así buscar.

Puedes sentir miedo.

Y aun así avanzar.

Puedes llorar.

Y aun así creer que mañana merece una oportunidad.

La esperanza no elimina las emociones difíciles.

Puede convivir con ellas.

Una mujer llamada Isabel recibió una noticia que cambió sus planes.

Durante días estuvo triste.

No podía encontrar ninguna frase positiva que le resultara sincera.

Una amiga le dijo:

—No tienes que sentirte positiva hoy.

Isabel preguntó:

—Entonces, ¿qué hago?

—Haz solamente lo siguiente que necesites hacer.

Aquella frase le dio alivio.

No tenía que imaginar seis meses.

No tenía que resolver toda la historia.

Solo el siguiente paso.

Cuando el futuro parece demasiado grande, el presente puede convertirse en refugio.

Pregúntate:

“¿Qué necesito hacer hoy?”

No mañana.

No dentro de cinco años.

Hoy.

Quizá sea una llamada.

Un trámite.

Una conversación.

Una hora de trabajo.

Un descanso.

Una caminata.

Una decisión.

Una comida.

Un momento de silencio.

El futuro se construye con pequeños presentes.

Mateo comenzó a dividir sus preocupaciones.

Cuando pensaba:

“Mi vida necesita cambiar completamente”,

se preguntaba:

“¿Qué puedo cambiar esta semana?”

Cuando pensaba:

“Necesito encontrar mi propósito”,

preguntaba:

“¿Qué actividad me hace sentir útil hoy?”

Cuando pensaba:

“Necesito resolver todo”,

preguntaba:

“¿Qué problema concreto puedo atender primero?”

La montaña seguía siendo grande.

Pero ya no intentaba escalarla de una sola vez.

La conciencia también nos enseña a respetar el tamaño de nuestros pasos.

Hay momentos para correr.

Y momentos para caminar.

Hay momentos para comenzar proyectos grandes.

Y otros para simplemente sostenernos.

No debes exigir la misma productividad a todas las etapas de tu vida.

Una persona que atraviesa una dificultad profunda quizá necesite primero recuperar estabilidad.




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