Despierta tu Conciencia

CAPÍTULO 28 Cuando aprendes a escuchar el silencio y descubres lo que tu alma llevaba tiempo intentando decirte

Vivimos rodeados de ruido.

Voces.

Pantallas.

Mensajes.

Noticias.

Opiniones.

Música.

Notificaciones.

Problemas.

Responsabilidades.

Pensamientos.

Incluso cuando estamos solos, nuestra mente continúa hablando.

Y quizá por eso muchas personas sienten algo extraño cuando finalmente encuentran silencio.

No saben qué hacer con él.

Al principio parece vacío.

Después comienza a revelar cosas.

Porque cuando desaparece el ruido exterior, aparece aquello que llevábamos demasiado tiempo evitando escuchar.

El cansancio.

Una tristeza.

Un deseo.

Una decisión pendiente.

Una conversación que necesitamos tener.

Una relación que ya no nos hace bien.

Un sueño que abandonamos.

Una necesidad que hemos ignorado.

Y también, algunas veces, una paz que estaba allí desde mucho antes de que nos diéramos permiso para sentirla.

El silencio puede ser incómodo.

Pero también puede ser maestro.

Había una mujer llamada Valentina que nunca estaba verdaderamente sola.

Al despertar, tomaba el teléfono.

Mientras desayunaba, escuchaba videos.

Durante el trabajo tenía música.

En el camino hablaba con alguien.

Por la noche miraba series.

Cuando finalmente apagaba todo, se dormía con el teléfono cerca.

Decía:

—Me gusta estar entretenida.

Pero una tarde su teléfono dejó de funcionar.

No tenía conexión.

No podía ver videos.

No podía revisar mensajes.

No podía distraerse.

Se sentó en una silla.

Por primera vez en mucho tiempo, escuchó su propia casa.

El reloj.

El viento.

Una puerta.

Su respiración.

Y después apareció algo que no esperaba.

Lloró.

No sabía exactamente por qué.

Solo lloró.

Al día siguiente compró otro teléfono.

Pero algo había cambiado.

Había descubierto que utilizaba el ruido para no escuchar una parte de sí misma.

Y comenzó a preguntarse:

“¿Qué estaba intentando no sentir?”

No todo silencio es espiritual.

A veces simplemente necesitamos descansar.

Pero existe un silencio consciente.

Ese momento en el que dejamos de llenar cada espacio y permitimos que nuestra vida interior tenga voz.

No necesitamos convertirlo en algo místico.

Puede ser simplemente sentarnos.

Respirar.

Observar.

Escuchar.

Hay respuestas que no aparecen cuando corremos.

Aparecen cuando nos detenemos.

Valentina comenzó con cinco minutos al día.

Sin teléfono.

Sin música.

Sin televisión.

Solo una silla junto a la ventana.

Los primeros días se sintió inquieta.

Su mente decía:

“Podrías estar haciendo algo.”

“Revisa el teléfono.”

“Esto es una pérdida de tiempo.”

Pero continuó.

Después de algunas semanas comenzó a notar pensamientos que antes ignoraba.

“Estoy cansada.”

“Extraño a alguien.”

“No quiero seguir haciendo esto.”

“Necesito hablar.”

“Quiero crear algo.”

“Estoy agradecida.”

El silencio había comenzado a ordenar su interior.

El silencio no siempre trae respuestas agradables.

A veces nos muestra aquello que hemos estado evitando.

Y por eso algunas personas prefieren el ruido.

No porque les guste.

Porque les protege.

Mientras estamos ocupados, no tenemos que preguntarnos cómo estamos.

Mientras corremos, no tenemos que decidir.

Mientras entretenemos la mente, no tenemos que mirar ciertas heridas.

Pero aquello que ignoramos no desaparece necesariamente.

Puede esperar.

Una persona puede llenar su agenda y seguir sintiéndose vacía.

Puede hablar con cientos de personas y sentirse sola.

Puede tener entretenimiento constante y no tener paz.

Puede estar siempre ocupada y no saber hacia dónde está caminando.

Por eso necesitamos momentos sin estímulos.

No para escapar de la vida.

Para volver a ella.

El silencio puede convertirse en un espejo.

Y un espejo no siempre muestra lo que queremos ver.

Pero muestra.

Valentina descubrió que llevaba años diciendo “sí” cuando quería decir “no”.

En el silencio apareció esa verdad.

También descubrió que había dejado un sueño de lado porque tenía miedo de fracasar.

Apareció otra verdad.

Y descubrió que extrañaba a una persona con quien llevaba meses sin hablar.

Una tercera verdad.

No tuvo respuestas inmediatas.

Pero ahora sabía qué preguntas necesitaba hacer.

A veces el silencio no nos da soluciones.

Nos da claridad sobre el problema.

Y eso ya es mucho.

Existe una frase que puede acompañarte:

“Cuando dejo de escuchar al mundo por un momento, comienzo a escucharme.”

Pero escucharnos no significa obedecer cada pensamiento.

Esto es fundamental.

No todo pensamiento merece convertirse en decisión.

Puedes sentarte en silencio y pensar:

“Soy un fracaso.”

Eso no significa que sea verdad.

Puedes pensar:

“Todo saldrá mal.”

No significa que ocurrirá.

El silencio no consiste en creer todo lo que aparece.

Consiste en observar.

Una práctica útil es decir:

“Estoy teniendo el pensamiento de que…”

En lugar de:

“Esto es verdad.”

Por ejemplo:

“Estoy teniendo el pensamiento de que nadie me comprende.”

Eso crea una pequeña distancia.

No elimina el pensamiento.

Pero evita que se convierta automáticamente en realidad.

El silencio consciente no es ausencia de pensamiento.

Es una relación diferente con ellos.

Valentina comenzó a escribir después de sus momentos de silencio.

No intentaba producir textos perfectos.

Solo anotaba:

“Hoy siento…”

“Hoy necesito…”




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