Despierta tu Conciencia

CAPÍTULO 29 Cuando comprendes que despertar no es llegar a un lugar, sino aprender a vivir despierto

Después de recorrer tantos caminos interiores, llega un momento en el que aparece una pregunta inevitable:

¿Y ahora qué?

Has aprendido a escuchar.

A agradecer.

A poner límites.

A soltar.

A perdonar.

A reconocer tu valor.

A atravesar el dolor.

A respetar tus tiempos.

A encontrar esperanza en medio de la incertidumbre.

Has mirado hacia dentro.

Has descubierto heridas.

Has encontrado fortalezas.

Has comprendido que no puedes controlar todo.

Y quizá esperabas que, después de todo ese proceso, llegara un momento mágico en el que finalmente pudieras decir:

“Ya estoy completamente despierto.”

Pero la vida tiene una manera hermosa de enseñarnos que no funciona así.

El despertar de la conciencia no es una puerta que atravesamos una sola vez.

No es una montaña cuya cima alcanzamos para quedarnos allí.

No es un estado permanente de serenidad.

No significa dejar de equivocarnos.

No significa dejar de sentir miedo.

No significa vivir sin problemas.

No significa convertirse en alguien que nunca vuelve a caer.

Despertar significa aprender a regresar.

Regresar a ti.

Regresar al presente.

Regresar a tus valores.

Regresar a la verdad.

Regresar a la esperanza.

Regresar al amor cuando el miedo intenta gobernarte.

Regresar a la conciencia después de haber actuado desde la inconsciencia.

Había un hombre llamado Gabriel que durante años había buscado una transformación definitiva.

Leía.

Meditaba.

Escribía.

Reflexionaba.

Buscaba respuestas espirituales.

Quería alcanzar un estado interior donde nada pudiera alterarlo.

Pensaba:

“Cuando finalmente encuentre paz, nunca volveré a perderla.”

Pero un día tuvo una discusión con alguien que amaba.

Se enojó.

Dijo palabras que después lamentó.

Y esa noche se sintió decepcionado consigo mismo.

Pensó:

“Todo este tiempo trabajando en mí y todavía reacciono así.”

Durante mucho tiempo habría utilizado ese episodio para condenarse.

Pero aquella vez hizo algo diferente.

Se sentó.

Respiró.

Y preguntó:

“¿Qué puedo aprender de lo que acaba de ocurrir?”

Descubrió que el verdadero despertar no consistía en nunca reaccionar.

Consistía en darse cuenta más rápido.

Antes tardaba días en reconocer un error.

Ahora podía reconocerlo esa misma noche.

Antes justificaba su comportamiento.

Ahora podía pedir perdón.

Antes culpaba.

Ahora podía asumir responsabilidad.

Había cambiado.

No porque se hubiera vuelto perfecto.

Porque había aprendido a regresar.

Ese puede ser uno de los mayores signos de crecimiento:

no cuánto tiempo permaneces en equilibrio, sino cuánto tardas en volver a él.

Todos podemos perder la paciencia.

Todos podemos tener miedo.

Todos podemos equivocarnos.

Todos podemos actuar desde heridas antiguas.

La diferencia está en lo que hacemos después.

Una persona inconsciente puede decir:

“Así soy.”

Una persona que está despertando puede decir:

“Eso fue lo que hice, pero puedo aprender.”

La primera se encierra en una identidad.

La segunda abre una posibilidad.

Despertar no significa dejar de ser humano.

Significa habitar tu humanidad con mayor conciencia.

Seguirás teniendo días buenos.

Y malos.

Seguirás cansándote.

Seguirás equivocándote.

Seguirás teniendo pensamientos que no elegiste.

Seguirás encontrando personas que te desafíen.

Seguirás atravesando pérdidas.

Pero ahora tendrás algo diferente:

la capacidad de observarte.

Puedes sentir enojo y preguntarte:

“¿Qué está protegiendo este enojo?”

Puedes sentir miedo y preguntar:

“¿Qué estoy intentando proteger?”

Puedes sentir tristeza y preguntar:

“¿Qué estoy necesitando?”

Puedes sentir celos y preguntar:

“¿Qué inseguridad está apareciendo?”

Puedes sentir culpa y preguntar:

“¿Necesito reparar algo o estoy castigándome innecesariamente?”

Puedes sentir alegría y simplemente permitirte disfrutar.

Eso es conciencia.

Gabriel comenzó a observar sus emociones como visitantes.

No tenía que expulsarlas inmediatamente.

Tampoco debía obedecerlas.

Podía recibirlas.

Escucharlas.

Comprenderlas.

Y decidir.

Quizá una emoción diga:

“Vete.”

Pero tus valores digan:

“Habla.”

Quizá el miedo diga:

“No puedes.”

Pero tu conciencia diga:

“Inténtalo lentamente.”

Quizá el orgullo diga:

“No pidas perdón.”

Pero tu corazón diga:

“Sabes que debes hacerlo.”

La conciencia crea un espacio entre el impulso y la respuesta.

Y en ese espacio aparece la libertad.

Durante mucho tiempo creímos que ser libres significaba hacer lo que queríamos.

Pero existe una libertad más profunda:

no estar obligados a obedecer cada impulso que aparece dentro de nosotros.

Puedes estar enojado y no insultar.

Puedes estar triste y no destruirte.

Puedes sentir miedo y no abandonar automáticamente.

Puedes estar herido y no herir.

Puedes sentir deseos y decidir.

Eso es madurez.

El despertar también cambia nuestra relación con los errores.

Antes pensábamos:

“Cometí un error, por lo tanto soy un fracaso.”

Después aprendemos:

“Cometí un error. ¿Qué responsabilidad tengo ahora?”

La pregunta cambia todo.

Porque el error deja de ser una sentencia y se convierte en una oportunidad de aprendizaje.

Pero cuidado.

Aprender de los errores no significa justificar todo.

Hay acciones que causan daño.




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