Despierta tu Conciencia

CAPÍTULO 30 — Cuando despiertas y comprendes que la vida siempre estuvo llamándote

Llegamos al último capítulo.

Y quizá la primera pregunta que aparece sea:

¿Qué significa terminar un libro que habla de despertar?

Tal vez significa justamente lo contrario de terminar.

Porque despertar no es alcanzar una meta definitiva.

No es llegar a un lugar donde ya no existan dudas.

No es convertirse en una persona que nunca vuelve a sentir miedo.

No es alcanzar una paz permanente.

No es descubrir una fórmula que resuelva para siempre todos los problemas.

Despertar es comenzar a mirar de otra manera.

Es aprender a estar presente.

A escuchar.

A reconocer.

A elegir.

A agradecer.

A soltar.

A amar.

A perdonar cuando sea posible.

A poner límites cuando sean necesarios.

A pedir ayuda cuando no podemos solos.

A caminar incluso cuando todavía no conocemos todo el camino.

Y quizá, después de todo lo recorrido, exista una verdad sencilla:

la vida nunca dejó de llamarte.

Solo necesitabas detenerte lo suficiente para escuchar.

La llamada estaba en los pequeños momentos

Quizá esperabas que el despertar llegara como una gran revelación.

Una experiencia extraordinaria.

Una señal imposible de ignorar.

Una respuesta definitiva.

Pero muchas veces la vida habla en voz baja.

En una conversación.

En una pérdida.

En una sonrisa.

En una mañana.

En una lágrima.

En una pregunta.

En una persona que aparece inesperadamente.

En una puerta que se cierra.

En una oportunidad.

En un silencio.

En una sensación persistente de que algo dentro de ti necesita cambiar.

La vida no siempre grita.

A veces susurra.

Y solamente podemos escucharla cuando dejamos de correr.

Una mujer llamada Emilia pasó muchos años esperando una señal.

Quería saber cuál era su propósito.

Preguntaba:

—¿Qué tengo que hacer con mi vida?

Buscaba respuestas en libros.

En conversaciones.

En cursos.

En frases.

En personas.

Hasta que un día visitó a su abuela.

La encontró sentada junto a una ventana.

Emilia le contó todas sus dudas.

Su abuela escuchó.

Después preguntó:

—¿Qué cosa haces que te hace olvidar el paso del tiempo?

Emilia pensó.

—Ayudar a las personas.

—Entonces comienza por ahí.

—¿Eso puede ser mi propósito?

Su abuela sonrió.

—No necesitas saber si será tu propósito para toda la vida. Solo necesitas saber si vale la pena hacerlo hoy.

Emilia se quedó pensando.

Quizá había estado esperando una respuesta enorme.

Y la vida le estaba ofreciendo una pregunta pequeña:

“¿Qué puedes hacer hoy que tenga sentido?”

A veces el propósito no aparece completo.

Se construye.

Un acto.

Después otro.

Una experiencia.

Después otra.

Una habilidad.

Después otra.

Y lentamente comienzas a descubrir hacia dónde te lleva.

No necesitas conocer todo el camino

Cuando eras niño quizá caminabas de una habitación a otra sin preguntarte qué habría diez kilómetros más adelante.

Solo caminabas hacia el siguiente lugar.

Con el tiempo aprendimos a exigir certezas.

Queremos saber:

¿Funcionará?

¿Será la persona correcta?

¿Tendré éxito?

¿Saldrá bien?

¿Tomé la decisión correcta?

¿Será demasiado tarde?

¿Valdrá la pena?

Pero la vida rara vez ofrece garantías.

Podemos investigar.

Planificar.

Preguntar.

Prepararnos.

Y aun así existirán cosas que no sabremos.

Por eso la madurez no consiste en eliminar toda incertidumbre.

Consiste en aprender a caminar con ella.

Quizá hoy no sepas qué ocurrirá dentro de cinco años.

Está bien.

Tal vez ni siquiera necesitas saberlo.

Pregúntate:

“¿Cuál es el siguiente paso correcto que puedo dar?”

No el paso perfecto.

El siguiente.

Una persona puede pasar diez años intentando descubrir el camino completo.

Otra puede caminar un paso cada vez.

Y muchas veces la segunda termina aprendiendo mucho más.

Porque mientras camina, descubre.

No necesitas tener un mapa perfecto.

Necesitas aprender a orientarte.

Tu historia no fue un desperdicio

Tal vez existen partes de tu pasado que todavía te duelen.

Errores.

Decisiones.

Pérdidas.

Palabras.

Personas.

Oportunidades.

Momentos que quisieras cambiar.

Es humano mirar atrás y pensar:

“Si hubiera sabido entonces lo que sé ahora…”

Pero no lo sabías.

Y esa persona que eras estaba tomando decisiones con la conciencia que tenía en aquel momento.

No puedes volver para enseñarle.

Pero puedes aprender de ella.

No necesitas justificar todos tus errores.

Puedes reconocerlos.

Puedes pedir perdón.

Puedes reparar.

Puedes aprender.

Pero no necesitas pasar el resto de tu vida castigándote por haber sido humano.

Hay una diferencia entre responsabilidad y condena.

La responsabilidad dice:

“Hice esto. Me hago cargo.”

La condena dice:

“Hice esto. Por eso nunca mereceré estar en paz.”

La primera transforma.

La segunda destruye.

Si hay algo que puedas reparar, repáralo.

Si hay alguien a quien debas pedir perdón, considera hacerlo de manera sincera.

Si existe una conducta que necesitas cambiar, comienza.

Pero después permite que el aprendizaje tenga un lugar.

No conviertas la culpa en una casa permanente.

Algunas puertas no se abrirán

Una de las lecciones más difíciles del despertar es aceptar que no todo sucederá como queremos.




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