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“A veces Dios usa a ciertas personas para sacarnos suavemente de los lugares donde nos escondemos.”
Si yo soy calma, silencio y libros… Lucía es todo lo contrario.
Lucía es ruido, risas fuertes y planes que empiezan con la frase: “Solo salimos un rato.”
Nunca es solo un rato.
La conocí el primer día de universidad, cuando llegué quince minutos antes a clase —como siempre— y me senté en la última fila para no llamar la atención.
Estaba leyendo.
Por supuesto.
Entonces alguien dejó caer una mochila sobre la silla a mi lado y dijo:
—Espero que no te moleste si me siento aquí.
Levanté la vista.
Cabello largo, ojos brillantes, sonrisa segura.
Lucía.
—No —respondí, volviendo al libro.
Un minuto después volvió a hablar.
—¿Qué lees?
Le mostré la portada.
—¿Es una novela romántica?
Asentí.
Lucía sonrió como si acabara de descubrir algo muy importante sobre mí.
—Perfecto.
—¿Perfecto?
—Sí. Significa que tú crees en el amor.
Recuerdo que fruncí el ceño.
—¿Eso es malo?
—No —dijo—. Solo significa que vas a sufrir más que el resto.
En ese momento no supe si estaba bromeando o siendo brutalmente honesta.
Tal vez ambas.
Desde entonces nos hicimos amigas de una forma extraña. Lucía hablaba mucho y yo escuchaba mucho. Ella me contaba sus citas, sus discusiones con su novio, sus planes de salir, de viajar, de conocer gente nueva.
Yo le contaba sobre los libros que leía.
Al principio pensé que esa amistad no duraría demasiado. Éramos demasiado diferentes.
Pero Lucía tiene esa habilidad de entrar en la vida de las personas y quedarse.
Ahora compartimos un pequeño departamento cerca de la universidad. Ella ocupa la habitación con más luz porque dice que necesita espacio para maquillarse, y yo me quedé con la más tranquila porque… bueno, porque está llena de estantes para libros.
Una noche, mientras yo estaba sentada en el sofá leyendo, Lucía salió de su habitación con un vestido negro y unos tacones que parecían peligrosos.
—Azul.
No levanté la vista.
—Mmm.
—Hoy vas a salir conmigo.
Pasé la página.
—No.
—No era una pregunta.
Suspiré y levanté los ojos del libro.
—Lucía…
—No puedes vivir toda tu vida entre páginas —dijo cruzándose de brazos.
—Los libros son tranquilos.
—Las personas también pueden serlo.
—No siempre.
Lucía se sentó frente a mí y me miró como si estuviera evaluando una estrategia.
Eso nunca es buena señal.
—Escucha —dijo finalmente—. No te estoy pidiendo que vayas a una fiesta salvaje. Solo vamos a tomar algo, hablar, ver gente.
—Estoy viendo gente ahora mismo.
—Azul.
—Lucía.
Se hizo un pequeño silencio.
Entonces ella sonrió de esa forma que significa que ya tomó una decisión por las dos.
—Está bien —dijo—. Si no quieres salir… encontraremos otra manera.
La miré con sospecha.
—¿Qué significa eso?
Lucía se levantó, caminó hacia la mesa y tomó mi teléfono.
—Significa que el mundo también puede venir a ti.
—Devuélveme eso.
Pero ya era tarde.
Lucía estaba sonriendo mientras descargaba una aplicación.
—¿Lucía… qué estás haciendo?
—Salvando tu vida amorosa.
—No tengo vida amorosa.
—Exactamente.
Me entregó el teléfono.
En la pantalla apareció el ícono de una aplicación de citas.
Sentí un pequeño nudo en el estómago.
—No creo que esto sea buena idea.
Lucía se encogió de hombros.
—¿Qué es lo peor que puede pasar?
Miré la pantalla.
En ese momento todavía no lo sabía.
Pero muy pronto iba a descubrirlo. 💔
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Editado: 09.03.2026