Después de Daniel

Capitulo 5


“A veces las personas llegan a nuestra vida no para quedarse, sino para enseñarnos algo que necesitábamos aprender.”

Capítulo 5El militar perfecto

No sé exactamente en qué momento comenzó a convertirse en una rutina.

Tal vez fue la tercera noche.

O la cuarta.

Pero de repente hablar con Daniel se volvió parte de mis días.

O mejor dicho… de mis noches.

Durante el día estaba ocupada con la universidad, las tareas, las clases que a veces parecían eternas. Pero siempre había un pequeño momento en el que miraba el teléfono.

Por si había un mensaje.

Casi siempre lo había.

"Buenos días, Azul."

"¿Cómo va tu día?"

"¿Sigues leyendo ese libro?"

Pequeñas cosas.

Pero suficientes para hacerme sonreír.

Lucía lo notó primero.

Una noche me encontró en el sofá mirando el teléfono con una sonrisa que claramente no era causada por un libro.

Se dejó caer a mi lado.

—Ah, no —dijo—. Esa cara ya la conozco.

—¿Qué cara?

—La cara de chica que está hablando con alguien.

Intenté actuar normal.

—Estoy hablando con alguien.

Lucía entrecerró los ojos.

—Con Daniel, el militar.

No respondí.

Eso fue suficiente.

Lucía soltó una pequeña risa.

—Sabía que ese iba a ser el problema.

—¿Por qué problema?

—Porque los militares siempre tienen ese aire misterioso.

—No es misterioso.

—¿Ah no?

Negué con la cabeza.

—Es… tranquilo.

Y era verdad.

Daniel siempre parecía saber qué decir.

Nunca era brusco. Nunca era extraño. Nunca hacía comentarios incómodos como algunos de los otros hombres que aparecían en la aplicación.

En cambio preguntaba cosas como:

"¿Qué te gustaría hacer si pudieras viajar a cualquier lugar?"

"¿Cuál fue el libro que más te marcó?"

"¿Qué te hace feliz?"

Nadie me había hecho preguntas así en mucho tiempo.

A veces hablábamos de cosas simples.

El clima.
La comida.
Las películas.

Pero otras veces la conversación se volvía más profunda.

Daniel me contó que había entrado al ejército muy joven.

Que la disciplina le había enseñado a ser fuerte.

Que su trabajo lo obligaba a moverse mucho y que a veces se sentía un poco solo.

Yo le conté sobre la universidad.

Sobre el pequeño departamento que compartía con Lucía.

Sobre mi amor por los libros.

Y sobre cómo siempre me había costado conocer gente nueva.

Una noche, después de una conversación especialmente larga, Daniel escribió:

"Me gusta hablar contigo."

Sentí ese pequeño calor en el pecho otra vez.

Respondí:

"A mí también."

Pasaron unos segundos.

Luego apareció otro mensaje.

"Eres diferente, Azul."

Me quedé mirando la pantalla.

No sabía exactamente por qué esa frase me afectó tanto.

Tal vez porque todos queremos creer que somos especiales para alguien.

Esa noche, antes de dormir, pensé algo que me sorprendió a mí misma.

Daniel parecía perfecto.

Era atento.
Educado.
Interesante.

Y lo más extraño de todo…

era que parecía entenderme.

Lucía, por supuesto, tenía otra opinión.

Cuando le conté algunas cosas de nuestras conversaciones, levantó una ceja.

—Azul.

—¿Qué?

—Todavía no lo conoces.

—Estamos hablando.

—Sí. Pero hablar no es lo mismo que conocer a alguien.

Me encogí de hombros.

—Tal vez.

Lucía me miró unos segundos.

Luego suspiró.

—Solo ten cuidado, ¿sí?

Asentí.

Pero en ese momento no me parecía necesario tener cuidado.

Porque desde mi sofá, con el teléfono iluminando suavemente la habitación…

Daniel no parecía peligroso.

Parecía…

perfecto.




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