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“Algunas conversaciones llegan a nuestra vida como una luz en la noche… incluso si después entendemos que solo estaban de paso.”
Nunca fui una persona nocturna.
Siempre me gustaron las tardes tranquilas, los atardeceres suaves y las noches silenciosas que terminaban temprano con un libro en las manos.
Hasta que apareció Daniel.
Porque Daniel parecía vivir en otro horario.
A veces me escribía a las diez de la noche.
Otras veces a las once.
Y casi siempre nuestras conversaciones terminaban cuando el reloj ya marcaba más allá de la medianoche.
La primera vez que me di cuenta de eso fue un martes.
Estábamos hablando de cosas simples. De música, de películas que nos gustaban, de los lugares donde habíamos crecido.
Yo estaba sentada en el sofá con una manta sobre las piernas, y la única luz del apartamento venía de la lámpara pequeña junto a la mesa.
El teléfono vibró.
Daniel:
"¿Todavía estás despierta?"
Sonreí.
Yo:
"Sí."
Pasaron unos segundos.
Daniel:
"Pensé que ya estarías dormida."
Miré el reloj.
1:07 a.m.
Fruncí el ceño.
"Tal vez debería estarlo."
La respuesta llegó casi de inmediato.
"Entonces no te escribiré tan tarde."
Leí el mensaje dos veces.
Y sin pensarlo demasiado, escribí:
"No dije que me molestara."
Tres puntitos aparecieron en la pantalla.
Daniel estaba escribiendo.
"¿Ah no?"
Negué con la cabeza, aunque él no podía verme.
"No."
Hubo una pequeña pausa.
Luego apareció otro mensaje.
"Me alegra."
Sentí algo suave en el pecho.
Esa noche hablamos de cosas más personales.
Daniel me contó que a veces, cuando estaba en servicio, tenía noches largas donde el silencio era tan grande que necesitaba distraerse con algo.
—Hablar contigo ayuda —escribió.
Leí esa frase varias veces.
Nunca pensé que alguien pudiera decir algo así sobre mí.
"¿Por qué?" pregunté.
Su respuesta tardó unos segundos.
"Porque eres tranquila."
"Y porque escuchas."
Me quedé mirando el teléfono con una sonrisa pequeña que ni siquiera intenté esconder.
Lucía apareció en la puerta de su habitación en ese momento, con el cabello desordenado y los ojos medio cerrados.
—¿Sigues despierta?
—Sí.
Miró mi teléfono.
—¿Daniel?
Asentí.
Lucía suspiró.
—Son las dos de la mañana, Azul.
Miré el reloj.
Tenía razón.
Pero no me sentía cansada.
De alguna manera, hablar con Daniel hacía que el tiempo pasara sin que lo notara.
Lucía regresó a su habitación murmurando algo sobre personas que pierden la cabeza por hombres de internet.
Yo me quedé en el sofá.
El teléfono vibró otra vez.
Daniel:
"¿Te quedaste dormida?"
Sonreí.
"No."
Pasaron unos segundos.
Luego llegó un mensaje diferente a los demás.
"Me gusta saber que estás ahí."
Sentí el corazón latir un poco más fuerte.
Miré la pantalla durante un largo momento antes de responder.
"Yo también."
Afuera, la ciudad estaba en silencio.
Dentro del departamento, la única luz seguía siendo la de la lámpara y la del teléfono.
Y en ese momento no lo sabía…
pero esas conversaciones hasta la madrugada estaban construyendo algo dentro de mí.
Algo frágil.
Algo que más adelante…
iba a doler romper.
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Editado: 09.03.2026