Después de Daniel

Capitulo 12

“Los corazones sensibles sienten más profundo… pero también son los que, con el tiempo, aprenden a sanar con más amor.”

Capítulo 12El silencio en el chat

El problema con las conversaciones digitales es que no desaparecen.

No se desvanecen como las palabras dichas en voz alta.

No se pierden en el aire.

Se quedan ahí.

Guardadas.

Ordenadas.

Esperando a que vuelvas a leerlas.

Los primeros días después de hablar con Daniel, intenté actuar como si nada hubiera pasado.

Fui a la universidad.

Hice mis tareas.

Escuché a Lucía contarme historias sobre su novio y sus planes de fin de semana.

Pero dentro de mí… había un ruido constante.

Un pensamiento que no se callaba.

Por las noches era peor.

Porque ese había sido nuestro horario.

Las once.

Las doce.

La una de la madrugada.

Las horas en las que siempre hablábamos.

Ahora esas horas estaban llenas de silencio.

Una noche estaba acostada en mi cama con el teléfono en las manos.

El chat con Daniel estaba abierto.

No porque él hubiera escrito algo nuevo.

Sino porque yo había entrado.

Otra vez.

No sé cuántas veces lo hice esa semana.

Quizás diez.

Quizás veinte.

Tal vez más.

Deslicé lentamente hacia arriba.

Leyendo conversaciones antiguas.

"Buenos días, Azul."

"Me gusta hablar contigo."

"Eres diferente."

Cada mensaje parecía pertenecer a otra historia.

A otra versión de mí.

Una que todavía creía que aquello podía convertirse en algo real.

Sentí una presión incómoda en el pecho.

Mi mente comenzó a hacer lo que siempre hace cuando algo duele.

Buscar explicaciones.

Tal vez fui demasiado intensa.

Tal vez debí aceptar lo que él quería.

Tal vez si hubiera sido más relajada…

tal vez si no hubiera dicho que no…

tal vez él todavía estaría hablando conmigo.

El pensamiento me hizo sentir peor.

Porque significaba que, de alguna forma, yo había arruinado todo.

El teléfono vibró en mi mano.

Mi corazón dio un salto inmediato.

Miré la pantalla.

No era Daniel.

Solo una notificación cualquiera.

El alivio se mezcló con una tristeza absurda.

Porque una parte de mí había esperado que fuera él.

Suspiré y dejé el teléfono sobre el pecho.

El techo de mi habitación estaba oscuro.

El ventilador giraba lentamente.

Intenté cerrar los ojos.

No pude.

Después de unos minutos volví a tomar el teléfono.

Abrí el chat otra vez.

El último mensaje seguía ahí.

"Lo entiendo."

Nada más.

Dos palabras que habían terminado con semanas de conversaciones.

Mis dedos se movieron sin que lo pensara demasiado.

Abrí el cuadro para escribir.

El cursor parpadeaba.

Esperando.

Podría escribir algo simple.

"Hola."

O quizás algo más casual.

"¿Cómo estás?"

No tenía que ser una conversación larga.

Tal vez solo…

volver a hablar.

Tal vez él respondería.

Tal vez podríamos empezar otra vez.

Tal vez…

Me detuve.

Porque sabía lo que estaba haciendo.

Estaba intentando volver a una puerta que él ya había cerrado.

Sentí un nudo en la garganta.

Mis ojos comenzaron a arder.

Las lágrimas aparecieron lentamente.

Primero una.

Luego otra.

Caían en silencio mientras seguía mirando la pantalla.

Era absurdo llorar por alguien que nunca había estado físicamente en mi vida.

Nunca habíamos salido.

Nunca habíamos caminado juntos.

Nunca habíamos tomado ese café del que hablábamos.

Y aun así…

dolía.

Dolía porque las emociones habían sido reales.

Aunque la relación no lo fuera del todo.

Cerré el cuadro de texto.

No envié el mensaje.

Dejé el teléfono a un lado de la cama y me cubrí el rostro con las manos.

Las lágrimas siguieron cayendo un rato.

No eran dramáticas.

No eran escandalosas.

Solo una tristeza silenciosa que parecía salir poco a poco.

Porque el apego ansioso es así.

Se aferra.

Busca.

Revisa.

Espera.

Aunque una parte de ti ya sepa que no hay nada más del otro lado.

Después de un rato me limpié los ojos.

Volví a mirar el teléfono.

La pantalla estaba oscura ahora.

Y el chat… seguía en silencio.

Un silencio que empezaba a sentirse muy largo.

Un silencio que, poco a poco…

tendría que aprender a aceptar.




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