Después de Daniel

Capitulo 15


“Después de que el corazón se rompe, el mundo sigue ahí afuera… esperando pacientemente a que vuelvas a mirarlo.”

Capítulo 15Volver a salir al mundo

Durante mucho tiempo pensé que el mundo era demasiado grande para mí.

Demasiado ruidoso.

Demasiado lleno de gente.

Demasiado lleno de cosas que podían salir mal.

Por eso me quedaba en casa.

Entre libros.

Entre historias que no me exigían nada.

Historias donde el amor siempre encontraba la manera de sobrevivir.

Pero después de Daniel… incluso los libros comenzaron a sentirse diferentes.

No porque hubieran cambiado.

Sino porque yo había cambiado.

El duelo tiene algo extraño.

No es solo tristeza.

Es también una especie de cansancio.

Un peso invisible que llevas contigo a todas partes.

Y durante semanas lo llevé como si fuera parte de mí.

Dormía más.

Salía menos.

Leía páginas enteras sin entender realmente lo que decían.

Lucía trataba de ayudarme, aunque no siempre sabía cómo.

A veces me dejaba sola.

A veces se sentaba a mi lado sin decir nada.

A veces me arrastraba fuera del departamento casi a la fuerza.

Como esa mañana.

—Azul.

Abrí un ojo.

—¿Qué hora es?

—Diez.

Cerré el ojo otra vez.

—Es demasiado temprano para existir.

Lucía se cruzó de brazos.

—Nos vamos.

—¿A dónde?

—A caminar.

—No quiero caminar.

—No te pregunté si querías.

Suspiré contra la almohada.

—Lucía…

—Azul.

Su tono tenía esa mezcla de paciencia y firmeza que usaba cuando sabía que yo estaba a punto de esconderme otra vez.

—No puedes seguir viviendo solo entre estas cuatro paredes.

Me senté lentamente en la cama.

Mi cabello estaba enredado.

Mi mente todavía un poco nublada.

—Estoy bien aquí.

Lucía negó con la cabeza.

—No estás bien.

Y no lo dijo con dureza.

Lo dijo con cariño.

Eso lo hacía peor.

—Vamos a dar una vuelta —dijo—. Solo eso.

La miré.

—¿Prometes que no será una salida social horrible?

Lucía levantó tres dedos.

—Lo prometo.

—¿Nada de bares?

—Nada.

—¿Nada de gente hablándome?

—Solo si tú quieres.

Suspiré.

—Está bien.

Lucía sonrió como si acabara de ganar una batalla importante.

Una hora después estábamos caminando por la calle.

El sol estaba tibio.

No demasiado fuerte.

No demasiado brillante.

La ciudad tenía ese ruido constante que nunca desaparece del todo.

Autos.

Voces.

Puertas abriéndose.

Durante un momento sentí algo extraño.

Como si todo fuera demasiado.

Como si yo hubiera estado lejos del mundo por mucho tiempo.

Metí las manos en los bolsillos de mi abrigo.

—No recordaba que hubiera tanta gente.

Lucía rió.

—La gente siempre ha estado aquí.

—Lo sé.

Seguimos caminando.

Pasamos por una librería pequeña.

Automáticamente miré la vitrina.

Libros apilados.

Portadas de colores.

Sentí algo familiar en el pecho.

Algo suave.

Lucía lo notó.

—¿Quieres entrar?

Negué con la cabeza.

—Otro día.

Ella no insistió.

Seguimos caminando hasta llegar a un pequeño parque.

No era muy grande.

Pero estaba lleno de árboles.

El viento movía las hojas suavemente.

Algunas personas caminaban.

Un hombre paseaba a su perro.

Una pareja estaba sentada en una banca compartiendo un helado.

La escena era simple.

Tranquila.

Y por primera vez en mucho tiempo… no me sentí completamente triste.

Nos sentamos en una banca.

Lucía estiró las piernas.

—¿Ves?

—¿Qué?

—No fue tan terrible.

Sonreí un poco.

—Supongo que no.

Durante unos minutos nos quedamos en silencio.

Observando el parque.

Observando a la gente.

Y me di cuenta de algo.

El mundo no se había detenido porque mi corazón se rompiera.

Las personas seguían caminando.

Los árboles seguían moviéndose con el viento.

Los perros seguían corriendo detrás de pelotas imaginarias.

La vida seguía.

Y aunque todavía dolía…

yo también seguía aquí.

Lucía habló de repente.

—Estoy orgullosa de ti.

La miré.

—¿Por caminar diez minutos?

—Por intentarlo.

Bajé la mirada hacia mis manos.

—Todavía duele.

Lucía asintió.

—Lo sé.

—A veces siento que voy a estar así mucho tiempo.

—Tal vez sí.

Levanté la vista.

—No es muy alentador.

Lucía sonrió.

—Pero no vas a estar sola mientras pasa.

Sentí un pequeño nudo en la garganta.

Pero esta vez no era solo tristeza.

Era también algo más.

Algo parecido a… esperanza.

Miré alrededor otra vez.

El parque.

La gente.

El cielo.

El mundo seguía ahí.

Y por primera vez desde que todo había terminado con Daniel…

no sentí ganas de esconderme de él.

Tal vez volver al mundo no era algo que sucedía de golpe.

Tal vez era así.

Pequeño.

Lento.

Un paso a la vez.

Una caminata.

Una banca en un parque.

Un momento en el que el corazón todavía duele… pero también empieza a respirar otra vez.




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