Después de Daniel

Capitulo 16


“A veces no necesitamos que alguien nos salve… solo que alguien nos recuerde quién éramos antes de que el dolor llegara.

Capítulo 16Las palabras de la amiga

Esa noche el departamento se sentía diferente.

No porque algo hubiera cambiado realmente.

Los mismos muebles.

La misma mesa llena de libros.

La misma lámpara amarilla que Lucía insistía en no cambiar porque decía que hacía el lugar más acogedor.

Pero algo en el aire era distinto.

Tal vez porque había salido.

Tal vez porque había visto el mundo otra vez.

Tal vez porque por primera vez en mucho tiempo… mi corazón no estaba completamente cerrado.

Lucía estaba en la cocina preparando algo que olía demasiado bien para ser algo improvisado.

—¿Qué estás haciendo? —pregunté desde el sofá.

—Pasta.

—¿Desde cuándo sabes cocinar pasta?

—Desde que descubrí que pedir comida todos los días es caro.

Sonreí un poco.

La escuché tararear una canción mientras movía algo en la olla.

Lucía siempre hacía eso.

Cantaba cuando estaba de buen humor.

Y últimamente parecía hacerlo más a menudo.

—Azul —dijo desde la cocina.

—¿Sí?

—¿Te gustó salir hoy?

Pensé unos segundos antes de responder.

—Sí.

No fue un "sí" enorme.

No fue un "sí" lleno de entusiasmo.

Pero fue honesto.

Lucía apareció en la sala con dos platos en las manos.

—Sabía que sí.

Colocó uno frente a mí.

—No te emociones demasiado —le dije—. Solo fue una caminata.

Lucía se sentó frente a mí con una sonrisa tranquila.

—Las caminatas también cuentan.

Comimos en silencio durante unos minutos.

La pasta estaba sorprendentemente buena.

—Esto está rico —admití.

Lucía levantó una ceja.

—¿Eso fue un cumplido?

—No te acostumbres.

Ella rió.

Y su risa llenó el departamento de una forma cálida.

Después de cenar dejamos los platos en el fregadero y volvimos al sofá.

Lucía se acomodó con las piernas dobladas bajo ella.

Yo abrí un libro… pero no lo leí.

Solo lo sostuve.

Lucía me observó un momento.

—¿Sabes algo?

—¿Qué?

—Cuando te conocí pensé que eras la persona más misteriosa del mundo.

La miré.

—¿Misteriosa?

—Sí.

—Solo soy tímida.

Lucía negó con la cabeza.

—No. Eres profunda.

Rodé los ojos.

—Eso suena como algo que dicen las personas cuando no saben cómo describirte.

Lucía rió.

—Tal vez.

Luego se puso un poco más seria.

—Pero también pensé algo más.

—¿Qué cosa?

—Que el mundo se estaba perdiendo de conocerte.

No supe qué decir.

—Lucía…

Ella continuó.

—Azul, tú tienes esta manera de ver las cosas… diferente.

Señaló el libro en mis manos.

—Ves historias donde otros solo ven páginas.

Luego señaló la ventana.

—Ves detalles donde otros solo ven rutina.

Sus palabras me hicieron sentir extrañamente expuesta.

—Eso no es algo especial.

Lucía me miró directamente.

—Sí lo es.

Hubo un pequeño silencio.

Luego añadió algo más.

—Y alguien que solo quería usarte para sentirse bien por un rato… no cambia eso.

Sentí que algo se movía dentro de mi pecho.

—Daniel…

—No —dijo Lucía suavemente—. No le des ese poder.

Bajé la mirada.

Mis dedos pasaron lentamente por el borde del libro.

—A veces siento que fui tonta.

Lucía se inclinó un poco hacia adelante.

—No.

—Pero yo creí en él.

—Creíste en alguien que parecía sincero.

—Le conté cosas importantes.

—Eso no te hace débil.

Respiré profundo.

—Me da miedo que vuelva a pasar.

Lucía sonrió con dulzura.

—Va a pasar otra vez.

La miré sorprendida.

—¿Qué?

—Te vas a enamorar otra vez.

—Lucía…

—Y tal vez te vuelvan a romper el corazón.

—Eso no ayuda.

Ella rió.

—Déjame terminar.

Se inclinó hacia atrás en el sofá.

—Pero también existe la posibilidad de que algún día conozcas a alguien que vea todo eso que yo veo.

Señaló mi pecho.

—Tu manera de sentir.

Luego mi cabeza.

—Tu manera de pensar.

Luego el libro.

—Tu manera de amar las historias.

Su voz se volvió más suave.

—Y cuando eso pase… todo esto va a ser solo una página más en tu historia.

Sentí que mis ojos se humedecían un poco.

—No sé si soy tan fuerte.

Lucía estiró el brazo y me dio un pequeño golpe cariñoso en el hombro.

—Eres más fuerte de lo que crees.

—¿Ah sí?

—Sí.

Sonrió.

—Sobreviviste a la universidad, a los exámenes finales, a tres intentos fallidos de aprender a cocinar arroz…

Solté una pequeña risa.

—Eso fue trampa.

—Y sobreviviste a un militar emocionalmente inmaduro.

La risa salió más fuerte esta vez.

Y en ese momento algo cambió.

No era que el dolor hubiera desaparecido.

Pero ya no se sentía tan pesado.

Lucía se levantó y caminó hacia la ventana.

Miró la ciudad iluminada.

—El mundo es grande, Azul.

Yo también me levanté y me acerqué.

—Sí.

—Y hay muchas personas en él.

—Demasiadas.

Lucía sonrió.

—Y algún día vas a cruzarte con alguien que no te haga sentir pequeña.

Miré las luces de la calle.

Los autos pasando.

Las ventanas encendidas de otros departamentos.

—Tal vez.

Lucía apoyó su cabeza suavemente contra la mía.

—No tengas prisa.

Y en ese momento entendí algo importante.

Sanar no siempre ocurre en silencio.

A veces ocurre en una sala pequeña.

Con una amiga.

Con pasta improvisada.

Con risas inesperadas.

Y con alguien que te recuerda que tu historia… todavía no ha terminado.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.