Después de Daniel

Capitulo 18


“El amor no siempre llega cuando lo esperamos… pero a veces aparece un día cualquiera, cuando el corazón ya aprendió a respirar otra vez.”

Un día cualquiera en el parque

El parque estaba tranquilo esa tarde.

Había algo especial en las tardes que empezaban a inclinarse hacia el atardecer. La luz se volvía más suave, más dorada, como si el sol quisiera despedirse lentamente del día.

Me gustaban esas horas.

No eran completamente día.

Pero tampoco noche.

Era un momento suspendido en el tiempo.

Había comenzado a venir al parque más seguido desde que había aprendido a disfrutar mi propia compañía. A veces caminaba un rato. A veces simplemente me sentaba a leer.

Ese día había llevado un libro nuevo.

La portada era azul oscuro con letras plateadas.

Me senté en mi banca favorita, la que estaba cerca de un árbol grande que siempre dejaba caer pequeñas hojas sobre el suelo como si fueran confeti silencioso.

Abrí el libro.

Las primeras páginas siempre tienen algo mágico. Son como una puerta que todavía no sabes exactamente a dónde te va a llevar.

Mientras leía, el mundo alrededor seguía moviéndose con calma.

Un niño corría detrás de una pelota.

Un hombre paseaba a un perro pequeño que parecía demasiado orgulloso de sí mismo.

Una pareja caminaba tomada de la mano por el sendero.

Y el viento movía las ramas del árbol sobre mi cabeza.

Era una tarde simple.

Pero se sentía bien.

Había algo reconfortante en ese tipo de momentos. Como si la vida, por un instante, decidiera ser amable.

Pasé una página.

Luego otra.

Y por primera vez en mucho tiempo me di cuenta de algo que me hizo sonreír ligeramente.

Estaba leyendo una historia de amor.

Y ya no sentía ese pequeño nudo incómodo en el pecho.

Tal vez Lucía tenía razón.

Tal vez el corazón aprende.

Tal vez se rompe.

Pero también aprende a volver a abrirse.

Levanté la vista por un momento.

El cielo estaba empezando a teñirse de tonos anaranjados.

Respiré profundo.

Y justo cuando estaba a punto de volver al libro… escuché una voz cerca.

—Perdón.

Levanté la mirada.

Había un chico de pie a unos pasos de la banca.

Parecía un poco nervioso.

Pero también tenía una sonrisa tranquila.

Señaló el libro en mis manos.

—¿Ese libro es bueno?

Durante un segundo mi mente se quedó completamente en blanco.

No era la pregunta.

Era la situación.

Era lo inesperado.

Porque hacía mucho tiempo que nadie desconocido se acercaba a hablar conmigo.

Mi primer impulso fue mirar el libro otra vez.

Luego a él.

Luego otra vez al libro.

Sentí algo curioso.

No era miedo.

Tampoco incomodidad.

Era simplemente… sorpresa.

El chico se rió suavemente.

—Perdón —dijo—. Sé que es una pregunta muy aleatoria.

—Un poco.

—Es que llevo como diez minutos tratando de decidir si comprar ese libro o no.

Miré la portada.

Pasé el dedo por el borde de la página.

Pensé en todo lo que había pasado en el último tiempo.

En Daniel.

En el dolor.

En las noches mirando un chat vacío.

En Lucía.

En las caminatas.

En aprender a estar sola.

En aprender a volver al mundo.

Y entonces levanté la vista otra vez.

El chico seguía ahí.

Esperando una respuesta.

Sonreí un poco.

—Sí.

—¿Sí?

—Sí, es bueno.

El chico pareció aliviado.

—Perfecto. Entonces lo voy a comprar.

Hubo un pequeño silencio.

Ese tipo de silencio que no es incómodo… solo inesperado.

Luego señaló el espacio libre al otro lado de la banca.

—¿Te molestaría si me siento un momento?

Miré el espacio.

Luego lo miré a él.

Y me encogí de hombros.

—No.

Se sentó con cuidado.

Durante unos segundos ninguno dijo nada.

El viento movió algunas hojas sobre el suelo.

El parque seguía lleno de vida tranquila.

El chico miró el libro otra vez.

—¿De qué trata?

Cerré el libro sobre mis rodillas.

—Es una historia sobre segundas oportunidades.

—Eso suena prometedor.

—Supongo que sí.

El chico extendió la mano.

—Por cierto… soy Mateo.

Lo miré.

Había algo amable en su forma de hablar.

Algo sencillo.

Tomé su mano.

—Azul.

—¿Azul?

—Sí.

Sonrió.

—Es un nombre bonito.

Sentí una pequeña risa escapar de mí.

—Gracias.

Nos quedamos conversando.

Primero del libro.

Luego de otros libros.

Luego del parque.

Luego de cosas pequeñas y sin importancia.

Y mientras hablábamos, algo dentro de mí se sentía ligero.

No era amor.

No todavía.

Era algo más simple.

Algo más real.

Era la sensación de que tal vez… la vida todavía tenía sorpresas guardadas.

El sol terminó de esconderse lentamente detrás de los árboles.

Mateo se levantó.

—¿Vas hacia la salida?

Miré el sendero que cruzaba el parque.

Luego mi libro.

Luego el cielo que ya comenzaba a oscurecer.

Cerré el libro.

—Sí.

Nos levantamos.

Y empezamos a caminar por el sendero juntos.

No sabía qué iba a pasar.

No sabía si Mateo volvería a aparecer en mi vida mañana.

O si ese encuentro sería solo una coincidencia bonita.

Pero por primera vez en mucho tiempo… eso no me daba miedo.

Porque algo dentro de mí había cambiado.

Ya no necesitaba que alguien llegara para salvarme.

Pero estaba lista para permitir que alguien caminara a mi lado.

Y mientras caminábamos bajo las primeras luces de la noche… entendí algo importante.

El amor no siempre regresa de la forma en que lo perdiste.

A veces aparece diferente.

Más tranquilo.

Más simple.

Más real.




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