Capítulo 1: Después de las Tres
La lluvia caía tan fuerte que apenas se veía la carretera.
Sofía llevaba diez minutos esperando el bus bajo el techo de la parada cuando escuchó una voz detrás de ella.
—Si sigue lloviendo así, llegamos al cole mañana.
Era un muchacho del uniforme de undécimo. La camisa blanca ya empezaba a transparentarse en los hombros por la humedad. Sonreía como si el aguacero fuera un chiste privado.
Sofía no respondió. No por mala educación, sino porque venía con los audífonos puestos, aunque en realidad no sonaba nada. A veces los usaba para que no la hablaran.
Él tampoco pareció ofenderse.
—Daniel —dijo, extendiendo la mano como si se conocieran de años.
Ella dudó un segundo. Luego se quitó un audífono.
—Sofía.
Se dieron la mano. La de él estaba fría por la llovizna que le había calado los brazos. La de ella, tibia por estar resguardada.
—¿De qué curso sos? —preguntó él, metiendo las manos en los bolsillos del pantalón gris.
—De décimo.
—Ah, ¿y nunca te había visto en la parada?
—Siempre agarro el de las dos y cuarto —dijo Sofía, señalando hacia la esquina donde el bus solía aparecer—. Pero hoy salí más temprano porque la profesora de estudios sociales nos dejó ir después del recreo.
—Ah, ¿la Rodríguez?
—Sí.
—Es una carepicha —dijo Daniel, y luego se rió solo—. Permiso. Pero es cierto. A todo el mundo le pone tarea el fin de semana.
Sofía soltó una pequeña risa. No porque le pareciera gracioso insultar a una profesora, sino por la naturalidad con la que él lo decía. Como si se conocieran desde siempre.
El bus tardó otros quince minutos. Durante ese rato, la lluvia no cedió ni un momento. Sofía miró hacia los cafetales que bordeaban la carretera. Con este clima, los trabajadores estarían recogiendo más tarde de lo normal. Su mamá siempre decía que la recogida de café no espera a nadie, ni siquiera a la lluvia.
—¿Vivís por aquí cerca? —preguntó Daniel, interrumpiendo sus pensamientos.
—En el Carmen. Usted, ¿dónde?
—En San Rafael. Agarrando el mismo bus que usted, solo que yo me bajo tres paradas después.
—Ah.
Silencio. No fue incómodo. El sonido de la lluvia contra el techo de zinc llenaba cualquier vacío.
—¿Y siempre te venís sol? —preguntó él.
—Casi siempre. Mis amigas viven para otro lado.
—Igual es mejor —dijo Daniel, encogiéndose de hombros—. Cuando uno viene acompañado, se distrae y se termina bajando en la parada equivocada.
Sofía volvió a reír. Era una risa baja, como si no estuviera acostumbrada a usarla con desconocidos.
Cuando por fin el bus apareció, estaba tan lleno que el techo parecía a punto de desprenderse. El choque frenó con un chirrido y la puerta se abrió con ese sonido metálico que Sofía conocía de memoria. Subieron empujados por la gente que venía detrás.
Daniel le hizo un gesto para que pasara primero. Ella asintió, agarró el pasamanos y se coló entre un señor con una caja de verduras y una mujer que llevaba a un niño en brazos.
No alcanzaron ni a sentarse ni a pararse juntos. Sofía quedó al fondo, agarrada de un tubo. Daniel, más adelante, cerca de la puerta trasera.
El bus arrancó con un tironazo. Las ventanas estaban empañadas por dentro. Alguien había dejado una abierta y un chorro de agua se colaba directamente sobre el asiento de una muchacha que dormía con la cabeza pegada al vidrio. Nadie le dijo nada.
Sofía miró hacia donde estaba Daniel. No lo veía bien, apenas la silueta de su uniforme entre los abrigos y los paraguas. Pero en algún momento, él giró la cabeza hacia atrás, como si también estuviera buscándola, y levantó la mano en un saludo torpe.
Ella no le devolvió el saludo. Se quedó quieta, con los dedos apretados al tubo metálico, sintiendo cómo el bus se mecía sobre los baches de la carretera.
Afuera, los cafetales pasaban como una mancha verde y gris. Las montañas se perdían entre las nubes bajas. Ese paisaje lo había visto todos los días de su vida, desde que tenía memoria y su mamá la llevaba al kinder en la misma ruta. Pero esa tarde, por alguna razón que no supo explicar, le pareció distinto.
Cuando llegó a su parada, la lluvia seguía cayendo, aunque menos fuerte. Se bajó y caminó rápido los cien metros que separaban la carretera principal de su casa. El portón de hierro estaba medio abierto. Empujó con la cadera, pasó, y ya en el corredor empezó a sacudirse el agua de la chaqueta.
—¿Sofía? —la voz de su mamá llegó desde la cocina.
—Soy yo, ma.
—¿Llegó bien? Estaba lloviendo durísimo.
—Sí, todo bien. El bus se atrasó nada más.
Dejó la mochila en el suelo, junto a la puerta, y se quitó los tenis empapados. La casa olía a frijoles y a café recién hecho. Su mamá estaba frente a la cocina, con el delantal azul de siempre, moviendo una olla.
—¿Vio que le mandé el recado? La señora María viene mañana a pagar lo de las empanadas.
—Sí, vi el mensaje.
—Coma algo antes de hacer tareas. Hay fresco de mora en la refri.
Sofía asintió, pero no fue directo a la cocina. Se quedó un momento en el corredor, mirando hacia la calle. El bus que la había dejado ya se perdía en la curva. El de Daniel seguiría adelante, tres paradas más, hasta San Rafael.
No sabía por qué pensaba en eso.
Esa noche, mientras hacía una tabla de estudios sociales en su cuaderno, el teléfono vibró sobre la mesa. Era un número que no tenía guardado.
Hola. Soy Daniel. El de la parada. Me pasó su número una compañera de décimo. Espero no molestar.
Sofía leyó el mensaje dos veces. Primero con desconfianza. Luego con algo que no supo identificar.
Respondió después de cinco minutos, solo para no parecer ansiosa.
Tranquilo. No molesta.
El mensaje de llegada llegó casi de inmediato.
Qué dicha. La vi hoy cuando se bajó y quería decirle que me cayó bien. Aunque apenas hablamos.