Capítulo 11: La Carta
Las vacaciones de fin de año fueron las más largas de la vida de Sofía.
No es que tuviera mucho que hacer. Ayudaba en la casa, cuidaba a Javier, acompañaba a su mamá al mercado los sábados. Pero cada día se sentía como una semana. Y cada semana como un mes. Porque lo único que quería hacer era ver a Daniel, y Daniel estaba en San Rafael, y en vacaciones no había buses, no había parada, no había "después de las tres".
Se vieron tres veces en todo diciembre.
La primera fue en el centro del pueblo, cuando Sofía fue a comprar medicina para la presión de su mamá. Daniel estaba afuera de la farmacia, comprando algo que no le dijo qué era. Se quedaron hablando quince minutos, apoyados contra la pared, mientras la gente pasaba a su lado con bolsas del supermercado.
—La extraño —dijo él, en un susurro, como si fuera un secreto.
—Yo también —respondió ella.
No se besaron. Había demasiada gente. Pero Daniel le apretó la mano antes de despedirse, y Sofía sintió ese apretón durante toda la caminata de regreso a casa.
La segunda vez fue en Nochebuena. La mamá de Daniel la invitó a la cena. Sofía llegó con un flan que hizo ella misma y que le salió un poco quemado de los bordes. La casa de Daniel era pequeña, más pequeña que la suya, pero olía a natilla y a café recién hecho. Laura, la hermana de Daniel, le enseñó su colección de calcomanías. La mamá de Daniel le sirvió dos veces.
Después de la cena, Daniel y Sofía se sentaron en el corredor, viendo las estrellas.
—¿Ya sabe algo de la beca? —preguntó ella.
—Todavía no. La respuesta llega en enero.
—¿Está nervioso?
—Más de lo que quiero admitir.
Se tomaron de la mano en la oscuridad. Nadie los veía. La noche era fresca y los grillos cantaban. Sofía cerró los ojos y trató de guardar ese momento en un lugar seguro dentro de ella, por si después necesitaba recordar cómo se sentía estar bien.
La tercera vez fue el treinta de diciembre. Caminaron por los cafetales, igual que en la excursión, pero esta vez no había compañeros ni profesora. Solo ellos dos y el sol que se metía detrás de las montañas.
—Si me dan la beca —dijo Daniel—, me voy en febrero.
—Ya sé.
—Son dos años. Tal vez tres.
—Ya sé.
—¿Y qué vamos a hacer?
Sofía se detuvo. Miró los cafetales verdes, las montañas, las nubes blancas pegadas al cielo. Todo se veía igual que siempre. Pero ella se sentía distinta.
—No sé —respondió—. Lo que tenga que ser.
Daniel quería una respuesta más concreta. Sofía lo sabía. Pero ella no tenía nada más que darle. Solo la verdad: no sabía qué iba a pasar. Y tenía miedo de prometer algo que no pudiera cumplir.
Caminaron de regreso en silencio. En la parada, antes de separarse, Daniel la besó en la frente.
—Pase lo que pase —dijo—, lo de la beca no cambia lo que siento por usted.
Sofía asintió.
No dijo nada.
Pero cuando llegó a su casa, fue al baño, cerró la puerta y lloró en silencio para que Javier no la escuchara.
El siete de enero llegó la carta.
Daniel se la enseñó en la parada, el primer día que volvieron a juntarse después de las vacaciones. El sobre era blanco, con el logotipo de la universidad en la esquina superior izquierda. Estaba cerrado. Daniel no lo había abierto todavía.
—¿Por qué no lo ha abierto? —preguntó Sofía.
—Porque quería que usted estuviera aquí cuando lo hiciera.
Se sentaron en la acera. El día estaba despejado, sin rastro de lluvia. El bus tardaría en llegar. Tenían tiempo.
Daniel respiró hondo. Sus dedos temblaban un poco mientras rompía el sobre. Sacó la hoja y la desdobló. Leyó en silencio.
Sofía no podía ver la hoja. Solo la cara de él. Y en su cara, primero vio confusión. Luego incredulidad. Luego una sonrisa que se fue haciendo más grande hasta que parecía que le iba a reventar la cara.
—Gané —dijo, con la voz ronca—. Gané la beca.
Sofía sintió algo raro. Alegría. Pero también un vacío en el estómago, como si alguien hubiera abierto una puerta que ella no quería que se abriera.
—Felicitaciones —dijo, y lo abrazó.
Daniel la abrazó con fuerza. La apretó contra su pecho. Sofía sintió los latidos de su corazón, rápidos, nerviosos, felices.
—Me voy en tres semanas —dijo él, con la cara enterrada en el hombro de ella.
—Ya sé.
—No quiero irme.
—Tiene que hacerlo.
—Lo sé.
Se quedaron abrazados hasta que el bus llegó. Subieron. Se sentaron juntos. Daniel no soltó la carta en todo el viaje. Sofía miró por la ventana los cafetales, las montañas, el paisaje que había visto todos los días de su vida.
Pensó que pronto él lo vería por última vez.
Pensó que ella lo seguiría viendo siempre.
Y esa diferencia le rompió el corazón en pedazos pequeños y silenciosos que nadie más podía ver.
Esa noche, su mamá la encontró llorando en la cocina.
—¿Qué le pasa, hija?
—Nada.
—No me mienta.
Sofía se limpió las lágrimas con el dorso de la mano.
—Daniel se va. Ganó una beca en el extranjero.
Su mamá se sentó a su lado. No dijo nada por un rato. Solo le acarició el pelo, como cuando era pequeña y tenía pesadillas.
—El amor a veces es así —dijo al final—. Uno quiere quedarse, pero la vida empuja para otro lado.
—No quiero que se vaya.
—Lo sé. Pero querer no es suficiente.
Sofía apoyó la cabeza en el hombro de su mamá. Afuera, la lluvia empezó a caer suave, como si el cielo también estuviera triste.
Y en su cuarto, sobre la mesa de noche, el teléfono vibró con un mensaje de Daniel:
"No sé cómo voy a hacer para estar lejos de usted."
Sofía lo leyó tres veces.
No respondió.
No sabía qué decir.
Pero guardó el mensaje.
Como guardaba las flores secas entre las páginas de sus cuadernos.
Como todo lo que no quería olvidar.
fin cap 11