Ferrán cruzó el umbral de la habitación como si fuera el dueño del lugar. No llevaba prisa, pero tampoco parecía tener intención de perder el tiempo. Sus pasos resonaban con una seguridad perturbadora, esa seguridad que solo tienen las personas que nunca han tenido miedo… porque siempre fueron ellos quienes lo provocaron.
Amara retrocedió instintivamente. Su respiración se volvió superficial, casi inexistente.
Elías se colocó frente a ella, tensando la mandíbula, sujetando la barra de metal con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.
—No hagas nada estúpido, chico —dijo Ferrán con una voz baja, casi entretenida—. No vine por ti. Aún.
Elías no respondió, pero su postura se endureció. Amara sintió su corazón golpeándole el pecho con tanta fuerza que pensó que se le iba a desgarrar.
Ferrán desvió la mirada hacia ella.
—Así que tú eres Amara —dijo despacio, como si probara su nombre en la lengua—. La musa. La única persona a la que Luciano no quiso ensuciar con sus problemas.
Amara tragó saliva, incapaz de mover un músculo.
—¿Qué… qué quieres? —logró preguntar, aunque su voz salió débil.
Ferrán sonrió, pero no había nada humano en aquel gesto.
—Lo que él me debía —respondió simplemente—. Y algo me dice que tú lo tienes… aunque aún no lo sepas.
Sus palabras cayeron sobre la habitación como un cuchillo.
Elías dio un paso adelante.
—Ella no sabe nada. Déjala en paz. Si tienes algo que reclamar, reclámamelo a mí.
Ferrán levantó una ceja, divertido.
—¿A ti? ¿El hermanito que se escondió mientras Luciano se hundía? No me hagas reír.
Elías apretó los dientes, pero no se movió.
Ferrán continuó caminando lentamente por la habitación, estudiando cada rincón, como si buscara algo palpable. Aunque era evidente que lo que quería… estaba frente a él.
—Es curioso —añadió—. Luciano era un hombre inteligente… pero cometió el error de confiar demasiado. Creyó que podía jugar a dos bandas. Y ningún hombre que juega así vive para contarlo.
Amara sintió que las piernas le temblaban. Una parte de ella quería correr, pero otra sabía que cualquier movimiento podría desencadenar algo peor.
—Luciano no era como tú dices —susurró, sin saber de dónde sacó el valor—. Él no era un criminal. No era… eso.
Ferrán la miró como si fuera una niña ingenua y se encogiera de hombros.
—Todos somos algo que nadie imagina. Hasta que llega la hora de demostrarlo.
Elías aprovechó el instante para interponerse de nuevo.
—Déjala ir, Ferrán. Ella no tiene nada tuyo.
Ferrán dejó de caminar. Su expresión cambió. No se enojó… lo cual era peor. Su sonrisa se volvió lenta, calculada, peligrosa.
—¿Saben cuál es la diferencia entre ustedes y yo? —preguntó, apoyando una mano en su bolsillo interno del abrigo—. Yo no dejo cabos sueltos.
Y en un movimiento casi imperceptible, sacó algo de dentro del abrigo.
Amara sintió que el mundo se le detenía.
Elías dio un paso adelante.
Ferrán tensó el brazo.
Ella sintió un grito atorado en la garganta.
Pero Ferrán no sacó un arma.
Sacó un teléfono.
Lo prendió, buscó algo en la pantalla, y luego sostuvo el dispositivo frente a ellos.
—¿Les suena esto?
Un video comenzó a reproducirse. Amara casi no pudo respirar.
Era Luciano.
Luciano, sentado en una mesa, nervioso, mirando alrededor. Tenía la mirada cansada, las manos inquietas. Y estaba hablando… con Ferrán.
La voz de Luciano llenó la sala.
"No puedo seguir con esto. Ya hice bastante. Te dije lo que sabía. Suelta a mi hermano. Déjalo afuera."
Amara sintió un golpe en el pecho. Elías se tensó.
Ferrán acercó el teléfono a ellos.
"—No eres tú quien decide cuándo termina, Luciano."
La voz de Ferrán en el video era un espejo perturbador de la real.
"—Entonces… entonces déjala a ella fuera de esto. No tiene nada que ver."
Amara sintió las lágrimas presionarle los ojos.
Ferrán detuvo el video y guardó el teléfono.
—¿Ves? —dijo, mirando a Amara—. Él te quiso tanto, que ocultó todo, incluso cuando sabía que iba a perder.
Amara dio un paso atrás, tambaleándose.
—¿Por… por qué me muestras esto?
—Porque quiero que entiendas —respondió Ferrán con frialdad—. Luciano ya no puede darme lo que necesito. Entonces me lo darás tú.
Elías levantó la barra de metal.
—No vas a tocarla —gruñó.
Ferrán sonrió, inclinado ligeramente la cabeza.
—No necesito tocarla. Solo necesito que coopere… antes de que las cosas se pongan desagradables.
Amara sintió la sangre abandonar su rostro.
—¿Qué… qué quieres exactamente?
Ferrán se acercó, y por primera vez, sus ojos mostraron algo parecido a impaciencia.
—Lo que Luciano escondió. Algo pequeño. Algo valioso. Una pieza de información por la que mucha gente pagaría… o mataría.
Amara sintió el libro Rayuela como un peso invisible apretándole el pecho. Aquella frase de Luciano. Aquella despedida silenciosa.
"Cuídalo por mí…"
Ferrán se acercó un paso más.
—Tienes veinticuatro horas para dármelo —dijo con voz cortante—. De lo contrario… vendré a buscarte.
Y esta vez, no estaré de buen humor.
Se dio la vuelta y salió de la sala sin mirar atrás, como si nada de lo ocurrido mereciera más que su indiferencia.
El silencio que dejó fue absoluto.
Amara cayó de rodillas, temblando.
Elías corrió hacia ella.
—Amara… —dijo, con el rostro pálido—. ¿Qué vamos a hacer?
Ella levantó la mirada.
En sus ojos, detrás del miedo, estaba naciendo algo nuevo.
Determinación.
—Vamos a encontrar lo que Luciano dejó —susurró—. Y vamos a descubrir por qué murió.
—¿Aunque eso nos ponga en su lugar?
Amara respiró hondo.
—Ya estamos en su lugar.