La mañana amaneció gris, como si el cielo hubiera decidido reflejar exactamente lo que ambos sentían por dentro. Sofía despertó antes que el sol, con los ojos hinchados por haber llorado hasta quedarse dormida. Miró el techo en silencio, sintiendo ese peso incómodo en el pecho que sólo aparece después de una discusión que importa demasiado.
Leo llevaba horas despierto. Se había quedado en el sofá, revisando una y otra vez los mensajes que nunca tuvo el valor de enviar. Mensajes largos, cortos, impulsivos, arrepentidos… y ninguno parecía lo suficientemente bueno para remediar el dolor que había provocado.
La mañana avanzó sin que ninguno de los dos se atreviera a escribir.
Pero el silencio duele más que cualquier palabra.
Y al final fue Sofía quien cedió.
SOFÍA:
“Leo… ¿podemos hablar cuando tengas un momento?”
El mensaje era sencillo, pero detrás de él había una vulnerabilidad enorme. Ella respiró hondo, esperando que él no tardara demasiado.
Leo lo respondió casi de inmediato.
LEO:
“Claro. No quiero seguir así contigo.”
Ella sintió un pequeño temblor recorrerle los dedos. Esa frase, tan simple, bastaba para darle un poco de esperanza.
Minutos después, conectaron por videollamada.
Cuando la imagen de Leo apareció, Sofía sintió un nudo en la garganta. Él se veía cansado, con el cabello despeinado y los ojos enrojecidos… como si no hubiera dormido bien. Ella estaba igual.
—Sof —comenzó él con un tono suave—, no debimos dejarnos llevar ayer.
Ella bajó la mirada.
—No es sólo lo de ayer… es todo lo que venimos guardando. Me da miedo, Leo. Miedo de que esperes algo de mí que no sé si puedo darte.
Leo se acercó un poco más a la cámara, como si eso pudiera acortar la distancia.
—No quiero que me des nada que no puedas —dijo—. Lo único que quiero es que no me cierres la puerta. Que no huyas de lo que sentimos.
Sofía tragó saliva.
—Yo no estoy huyendo —susurró—, estoy… tratando de protegerme.
Él asintió despacio.
—Lo sé. Y yo he sido torpe. A veces digo cosas sin pensar… o actúo impulsivamente. Pero nunca ha sido mi intención lastimarte.
Hubo un silencio que se sintió pesado, pero necesario, como cuando se sopla sobre una herida antes de ponerle la venda.
—Leo… —ella respiró hondo— ¿por qué te importo tanto?
Él la miró con una sinceridad tan profunda que logró estremecerla.
—Porque contigo es diferente —respondió sin titubear—. Porque cada vez que hablo contigo siento que vuelvo a ser yo. Porque nunca había querido tanto que alguien se quedara… hasta ti.
Sofía cerró los ojos, dejando que esas palabras la atravesaran por completo.
—Yo también quiero quedarme —admitió en un susurro—. Pero tengo miedo de que esto nos duela más después.
Él sonrió apenas, una sonrisa triste pero real.
—Amar siempre asusta, Sof. Pero vale la pena si lo hacemos juntos.
Los ojos de ella se llenaron de lágrimas.
—¿Y si volvemos a lastimarnos?
—Entonces lo solucionaremos —respondió con firmeza—. Pero no quiero perder lo que tenemos sólo por miedo. No quiero rendirme.
Ella respiró temblorosa.
Él añadió:
—No prometo ser perfecto… pero prometo esforzarme por ti.
Y esa frase fue suficiente para derribar varias de sus barreras.
—Está bien —susurró ella—. Podemos seguir, Leo. Pero hagámoslo bien. Hablemos. No guardemos nada. No dejemos que el orgullo decida por nosotros.
Los ojos de él brillaron.
—Trato hecho.
Sofía sintió una calidez recorrerle el pecho. No era la resolución de todos sus problemas… pero sí el primer paso para comenzar a sanar.
—Leo… —dijo con voz suave— gracias por no marcharte.
Él respondió con una sonrisa que, por primera vez en días, era sincera.
—Nunca pensé en hacerlo.
La llamada no terminó ahí. Hablaron por horas, suave, despacio, sin prisas. Hablaron del miedo, del cariño, del futuro —uno que ninguno de los dos se atrevía a nombrar pero que ambos imaginaban sin querer—.
Y cuando la conversación finalmente terminó, Sofía no sintió paz total… pero sí algo que se le parecía mucho.
Una sensación de que las cosas, por fin, tenían oportunidad de mejorar.
Porque a veces, el amor empieza a reconstruirse justo en ese momento en que dos personas deciden no rendirse.