El día después de la llamada fue distinto. No perfecto, no completamente liviano… pero diferente. Sofía amaneció con una sensación extraña, como si alguien hubiera abierto una ventana en una habitación que llevaba meses cerrada. Todavía había dudas, todavía había miedo, pero ahora también había algo más: esperanza.
Leo, por su parte, no podía dejar de revisar el chat cada pocos minutos, como si temiera que todo lo hablado la noche anterior hubiera sido un sueño. Pero ahí estaban los mensajes, las últimas palabras llenas de calma y honestidad, recordándole que algo entre ellos había cambiado.
Fue Sofía quien escribió primero.
SOFÍA:
“¿Dormiste algo?”
Leo sonrió apenas al ver el mensaje.
LEO:
“Poco, pero dormí mejor que en días. ¿Y tú?”
SOFÍA:
“Igual. Siento que hablamos de mucho, pero aún falta.”
LEO:
“Falta… pero vamos avanzando. No quiero presionarte.”
Esa frase la tranquilizó. Era nuevo, diferente. A veces Leo intentaba resolver todo de golpe, y eso la abrumaba. Ahora parecía dispuesto a caminar con ella, no delante de ella.
Pocas horas después, decidieron verse por videollamada otra vez, aunque ninguno lo dijo explícitamente. Fue como un acuerdo silencioso.
Cuando la pantalla se abrió, Sofía apareció sentada junto a su ventana, con la luz natural iluminando su rostro. Leo sintió un nudo cálido en el estómago. Ella siempre había sido hermosa, pero había algo en la vulnerabilidad que mostraba ahora que la hacía verse aún más real.
—Hola —susurró ella.
—Hola, Sof —respondió él con una sonrisa suave—. ¿Cómo te sientes hoy?
Ella lo pensó un momento.
—Rara. Como si todavía tuviera miedo, pero… también ganas de que nos salga bien.
Leo asintió lentamente.
—Yo también. Y eso es suficiente para empezar.
El silencio que siguió no fue incómodo. Fue como un respiro compartido.
—Ayer no te dije algo —continuó Sofía, mirando hacia abajo—. Me afectó más de lo que pensé cuando dijiste que estabas cansado de intentar.
Leo apretó la mandíbula. Se arrepintió en ese instante de cada palabra impulsiva.
—Lo dije desde la frustración, Sof. No porque quisiera dejarlo. A veces cargo cosas que no deberían caer sobre ti.
—Ya lo sé —susurró ella—. Pero igualmente dolió. Porque… yo sí quiero que intentes conmigo.
Él la miró con una expresión que mezclaba alivio y culpa.
—Entonces voy a hacerlo —prometió—. Pero necesito que tú también me hables cuando algo te lastime. No quiero adivinar lo que sientes.
Ella alzó la mirada, vulnerable pero firme.
—Voy a intentarlo. Te lo prometo.
Sus palabras quedaron flotando entre ambos, como un pacto.
Leo cambió el tono a uno más ligero.
—Quería mostrarte algo —dijo mientras movía el celular.
La imagen se sacudió unos segundos antes de enfocarse en una libreta. Era un cuaderno antiguo, con páginas llenas de tachones, dibujos y letras torcidas.
—¿Qué es eso? —preguntó Sofía, curiosa.
—Mi cuaderno de canciones —respondió él—. Hace años que casi no escribo nada aquí, pero anoche… no sé… me salió algo.
Pasó unas páginas hasta detenerse en una con tinta fresca.
Sofía leyó la primera línea y se quedó en silencio. Era una letra suave, triste pero hermosa. Hablaba de miedo, de perder, de volver a intentar. De ella.
—¿La escribiste por nosotros? —preguntó ella con un hilo de voz.
—Sí —respondió él sin rodeos—. Me di cuenta de que cuando hablo contigo… vuelvo a escribir. Y eso no me pasa con nadie más.
Ella sintió un escalofrío recorrerle el cuerpo.
—Leo… esto es muy bonito.
—No es una canción todavía —dijo él con una risa suave—. Solo son pensamientos. Pero quería mostrártelo. Quería que supieras que sí me inspiras algo bueno, incluso en medio de lo difícil.
Sofía se tocó el pecho, como si intentara calmar los latidos.
—Gracias… por compartirlo conmigo.
—Gracias a ti —respondió él— por quedarte.
La llamada duró mucho más de lo que ambos habían planeado. Hablaron de cosas simples, del clima, del trabajo, de cosas sin importancia que, sin embargo, les hacían sentir cercanos.
En un momento, Sofía apoyó la cabeza en su mano y suspiró.
—Extraño cuando no discutíamos… —confesó.
Leo la observó con una ternura inmensa.
—Yo extraño cuando te reías conmigo sin pensarlo tanto.
Ella sonrió apenas.
—Tal vez podamos volver a eso.
—Podemos —afirmó él—. Paso a paso.
La conversación terminó con un “cuídate” suave, sin dramatismos, sin tensiones. Cuando colgaron, ambos sintieron que algo dentro de ellos había sanado un poquito.
No todo, no de golpe.
Pero lo suficiente para seguir adelante.
Porque a veces, lo más valioso no es que dos personas estén perfectas… sino que decidan intentarlo incluso cuando están rotas.