El día transcurrió con una calma engañosa. Sofía sentía que su interior estaba dividido en dos: una parte tranquila por lo que habían logrado con Leo, y otra temerosa de que todo se rompiera al menor movimiento. Pero aun así, por primera vez en semanas, no evitó el sonido de las notificaciones en su celular.
Esa tarde, mientras revisaba su correo, recibió un mensaje inesperado.
LEO:
“¿Estás ocupada esta noche?”
Sofía sintió un pequeño salto en el pecho.
No era invasivo, no era impulsivo. Era… considerado.
SOFÍA:
“No mucho. ¿Por qué?”
LEO:
“Pensé que podríamos hablar un rato, sin prisas. Pero si te cansa, lo dejamos para mañana.”
Ella apoyó el celular en su pecho y cerró los ojos un momento.
Ese “si te cansa, lo dejamos” valía más que cualquier disculpa.
Era respeto. Por fin.
SOFÍA:
“No me cansa. Está bien esta noche.”
Leo no respondió enseguida. Pasaron unos minutos antes de ver aparecer los tres puntos escribiendo.
LEO:
“Perfecto. Me avisas cuando estés lista.”
La tarde avanzó lentamente. Sofía preparó té, intentó leer, se distrajo con música, pero nada la alejaba de la anticipación. Cuando por fin llegó la noche, respiró hondo y se sentó frente a la ventana, tal como había hecho la última vez. La videollamada entró enseguida.
Leo apareció con el cabello un poco despeinado, en camiseta, y una luz cálida detrás. Su expresión se suavizó al verla.
—Hola, Sof —dijo con voz tranquila.
—Hola, Leo.
—Antes que nada —empezó él—, quiero que sepas que hoy… no vengo a remover nada. Solo quiero hablar contigo. De verdad hablar.
Ella sonrió un poco.
—Me parece bien.
Hubo un segundo de silencio antes de que Leo respirara hondo.
—Quería contarte algo que no te dije la otra noche. No es nada malo, solo… una parte de lo que yo también guardé.
Sofía lo miró con atención.
—Te escucho.
Leo bajó la mirada, como si buscara las palabras correctas.
—Cuando te fuiste… yo también me sentí roto. No lo digo para que te sientas culpable, sino para que entiendas que yo tampoco sabía manejar lo que sentía. Me aferré a lo que quedaba de nosotros, a los recuerdos, pero no supe hablarte sin sonar desesperado o enojado.
Ella sintió que algo se acomodaba dentro de su pecho. No por la confesión, sino por la forma en que Leo la hacía: sin reclamar, sin reproches, simplemente honesto.
—Leo… —susurró—. Ninguno de los dos sabía cómo hacerlo.
Él asintió lentamente.
—Sí. Y me duele pensar en todo lo que se perdió… pero también me gusta pensar que quizá todavía no está todo acabado.
Sofía dudó un momento.
—Yo también lo pienso a veces —admitió—. Pero me da miedo.
Leo apoyó la espalda en el asiento, como aceptando la verdad por primera vez.
—A mí también me da miedo. Pero creo que está bien tenerlo, ¿sabes? Significa que te importa.
La noche avanzó entre conversaciones suaves. No hablaron del pasado doloroso durante un buen rato. Hablaron de cosas simples: la nueva canción que Leo estaba intentando componer, el té de manzanilla que Sofía tomó por primera vez esa tarde, un gato callejero que se metía en el patio de él cada noche.
Hubo risas. Pequeñas, casi tímidas, pero risas al fin.
—Extrañaba eso —dijo Leo de repente—. Tu risa.
Sofía bajó la mirada, sonrojada.
—Yo también extrañaba… escucharte así. Sin rabia.
—Es que tú… no sé. Tienes ese efecto en mí —admitió él—. Me calmas incluso cuando no te das cuenta.
Ella sintió un calor suave recorriéndole el cuerpo. Había algo en la manera en que él la decía esas cosas que la desarmaba por completo.
En un momento, la llamada quedó en silencio. Ninguno habló, pero tampoco se sintió incómodo. Era un silencio lleno, que no pesaba. Como si ambos estuvieran entendiendo algo al mismo tiempo.
—Sof… —dijo él después de un rato—. ¿Puedo preguntarte algo?
—Claro.
—¿Crees… que algún día podamos volver a vernos en persona? No digo ahora, no digo pronto, solo… ¿crees que podrías, en algún momento?
El corazón de Sofía dio un vuelco.
No era una exigencia, no era presión: era un deseo. Y eso lo hacía distinto.
Ella respiró profundo.
—Sí —respondió con honestidad—. Creo que sí podría.
Los ojos de Leo se iluminaron. No con euforia, sino con algo más profundo: alivio.
—No sabes lo que significa para mí escuchar eso —dijo él.
—Calma, Leo —sonrió ella—. No prometí fecha aún.
—Lo sé —rió él también—. Igual me sirve.
Se quedaron así un rato más, mirándose a través de la pantalla, sintiendo que algo invisible entre ellos volvía a latir. No fuerte, no rápido.
Pero latía.
Al despedirse, Leo dijo algo que hizo que ella se quedara despierta varios minutos después mirando la oscuridad.
—Buenas noches, Sof. Gracias por volver poquito a poquito.
Ella apoyó el celular en su pecho, sintiendo un latido tembloroso.
No sabía si estaban listos para reconstruir todo.
No sabía si era lo correcto.
Pero por primera vez en mucho tiempo, sintió que no estaba sola en el proceso.
Y tal vez… eso era el inicio de algo nuevo.