—¿Hola? Zoe ladeó la cabeza, su sonrisa se ensancho un poco ante la fijeza del hombre en ella. — ¿Qué te puedo servir?
Dylan parpadeó, tratando de recuperar el aire y la compostura. Su primera reacción no fue de arrogancia, sino de una súbita y abrumadora timidez. Se llevó una mano al mentón, consciente por primera vez en años de que no se había afeitado, y de que probablemente parecía un náufrago. Quiso desaparecer, o al menos traer puesta ropa decente y no unas pantuflas de felpa.
—Un... un café negro, por favor. Logró decir, su voz sonó más ronca de lo normal por la falta de sueño.
—¿Negro cargado?
—Que parezca petróleo. Respondió él, con una timidez que le hizo sentir un vuelco en el corazón a Zoe. Aunque se veía descuidado, cuando le sonrió de vuelta, sus ojos brillaron con una dulzura infinita. No era una sonrisa de alguien peligroso; era la sonrisa de un hombre e incluso la de un niño, atrapado en la dura vida de un adulto.
—Marchando un café de petróleo para el caballero. Bromeó ella, dándose la vuelta para preparar la máquina.
Dylan se apoyó en la barra, mirándola trabajar. El cansancio que arrastraba pareció evaporarse, reemplazado por una calidez extraña que le recorría las venas. Supo, con una certeza aterradora y hermosa, que su vida ya no volvería a ser la misma. Que los próximos tres años no vendría por el café; vendría por ella.
Cuando Zoe regresó y le entregó la taza humeante, sus dedos se rozaron por un breve instante. Una chispa de electricidad silenciosa cruzó el espacio entre los dos.
—Aquí tienes. Soy Zoe, por cierto. Estaré por aquí todas las mañanas.
Dylan tomó la taza, sintiendo el calor del recipiente en sus manos, pero el verdadero calor estaba en su pecho por alguna razón. La miró fijamente, grabándose cada facción de su rostro, decidido a que la próxima vez que cruzara esa puerta, se vería como el hombre que ella merecía ver.
—Dylan. Dijo él, con suavidad. —Mucho gusto, Zoe.
Batió el café en silencio, le dedicó una última mirada que a ella le erizó la piel de una forma bonita, y salió del café. Caminó hacia su auto con el corazón latiendo a un ritmo perfecto, pensando que el café negro ya no era lo único que necesitaba para despertar y mantenerse en pie. Necesitaba descubrir dónde vivía Zoe, y necesitaba conseguir papel y tinta.