¿después de ti quién?

Capítulo 2: El arte de hacerla sonreír

La noche en el hospital fue un campo de batalla constante. Tres cirugías de emergencia consecutivas habían dejado a Dylan al borde del colapso físico. Sus manos, precisas y firmes durante horas bajo las luces implacables del quirófano, finalmente descansaron cuando terminó de suturar al último paciente.

​Al salir, caminó por los pasillos silenciosos del área de urgencias. El cansancio le pesaba en los hombros como si cargara costales de cemento; sentía que el alma se le escapaba el cuerpo con cada hora que pasaba. Sin embargo, cada vez que cerraba los ojos por un segundo entre una cirugía y otra, el cansancio se disipaba un poco. En su mente aparecía el recuerdo fresco de la mañana anterior: la calidez de The Daily Blend, el aroma a canela y, sobre todo, la sonrisa radiante de Zoe. Recordar cómo se le había agitado el pecho al verla era el único motor que lo mantenía en pie.

​Al pasar cerca de uno de los grandes espejos del pasillo de descanso, Dylan se detuvo. Se miró fijamente y no pudo evitar una mueca de desagrado al verse. Frente a él estaba un hombre de treinta años que parecía de cuarenta: ojeroso, con una barba densa y desarreglada, el cabello castaño apuntando en todas direcciones y unas manchas pálidas de fluidos de dudosa procedencia estaban en su bata azul. Estaba demacrado.

​ «Ella se veía tan radiante... tan pulcra», pensó, recordando la luz que Zoe desprendía detrás de la barra. «Y yo parezco un náufrago que acaba de sobrevivir a un naufragio de meses en el mar».

​Sintió una oleada de vergüenza. Se prometió a sí mismo que no volvería a presentarse ante ella en ese estado tan deplorable. Miró su reloj de pulsera: eran las cuatro y media de la mañana. Su turno terminaba a las cinco y media, lo que significaba que, como siempre, llegaría a la cafetería a las seis en punto. No tenía tiempo de ir a su departamento a cambiarse, pero al menos podía hacer un esfuerzo. Media hora antes de salir, Dylan se encerró en el baño de médicos. Concluyó su guardia, se quitó la bata manchada y, usando una rasuradora desechable del hospital y el jabón genérico del lavamanos, se deshizo de la barba de tres días con cuidado de no cortarse por el cansancio. Se mojó el cabello, peinándolo con los dedos para aplacar los mechones rebeldes. Seguía llevando los pantalones médicos holgados y el calzado cómodo, pero al menos su rostro volvía a ser el de Dylan Collins.

​A las seis en punto, la campana de The Daily Blend anunció su llegada.

​Zoe estaba limpiando la barra cuando escuchó el tintineo. Al levantar la mirada, reconoció de inmediato al hombre del "café de petróleo". Tarareó mentalmente de alegría al verlo volver. Notó el cambio de inmediato: ya no tenía barba y se había peinado, revelando una mandíbula fuerte y unas facciones realmente atractivas, aunque sus ojos seguían cargados de un cansancio profundo.




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