¿después de ti quién?

Capítulo 1/2

Zoe lo miró con una mezcla de ternura y preocupación. Al ver sus pantalones de hospital (que ella asumió que eran ropa vieja o reciclada) y su rostro pálido, una idea cruzó por su mente. El dueño del café le había dicho el día anterior que necesitaban a un mesero para el turno de la tarde. Zoe sintió unas ganas inmensas de sugerirle la vacante; se imaginó lo difícil que debía ser para él buscar empleo a los treinta años, teniendo que arreglarse en baños públicos para mantenerse presentable. Le dio mucha pena decírselo directamente para no herir su orgullo, así que decidió guardarse el comentario por el momento, ofreciéndole en su lugar una mirada reconfortante.

​—Buenos días, Dylan. Lo saludó Zoe, usando su nombre por primera vez. El sonido de su voz hizo que el corazón del médico diera un vuelco.

​—Buenos días, Zoe. Respondió él, apoyándose en la barra. Su voz sonaba un poco más limpia hoy, pero igual de suave.

​—¿Lo de siempre? ¿Café de petróleo?

​—Por favor. Lo necesito más que nunca. Admitió él con una sonrisa cansada.

​Mientras Zoe se giraba para preparar la máquina, Dylan se armó de valor para iniciar su primera conversación real. Había ensayado un par de frases en el auto, pero frente a ella, todo el vocabulario médico y su elocuencia habitual desaparecieron.

​—Oye, Zoe... ¿eres nueva por aquí? Preguntó, y tan pronto como las palabras salieron de su boca, se dio cuenta de lo obvio que sonaba. —Es decir... vengo aquí desde hace tres años y no te había visto antes.

​Zoe se giró, sosteniendo la taza humeante entre sus manos. Al ver la timidez en los ojos de Dylan, no pudo evitar querer jugar un poco. Le entregó el café y lo miró fijamente, entrecerrando los ojos con diversión.

​—Sí, apenas empecé esta semana. Respondió ella, inclinando la cabeza con una sonrisa juguetona. —¿Por qué? ¿Acaso te molesta que esté aquí?

​A Dylan se le congeló la sangre en las venas. La madurez y la seguridad de sus treinta años se esfumaron en un segundo. Se puso completamente tenso, abrió los ojos de más y sus manos comenzaron a sudar. Pensó que había sonado rudo, invasivo o grosero.

​—¡No! No, para nada, no quise decir eso. Empezó a tartamudear, agitando una mano en el aire, desesperado por corregir el malentendido. —Al contrario. Lo que quise decir... es que el café ahora es mucho mejor. Es decir, el ambiente es más... tú eres muy amable y... lo siento, no quise sonar grosero, de verdad. Mi cerebro está un poco lento hoy.

​Zoe se quedó congelada un segundo por la reacción tan exagerada y adorable de Dylan, y luego soltó una carcajada limpia, suave y melodiosa que llenó todo el café. Se tapó la boca con una mano, con los ojos brillando de diversión.

​—Tranquilo, Dylan, estaba bromeando. Dijo ella, riendo bajito. —No fuiste grosero. Me alegra que no te moleste mi presencia.

​Dylan exhaló un suspiro largo, sintiendo que el alma le regresaba al cuerpo. Al verla reír, un calorcito reconfortante se instaló en su pecho. Se dio cuenta de que el esfuerzo de rasurarse a las cinco de la mañana y el terror de haber metido la pata habían valido totalmente la pena. Haber escuchado su risa era el mayor triunfo de su semana.

​Tomó un sorbo de su café amargo, pero por primera vez en tres años, le supo extrañamente dulce.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.