Al día siguiente, Dylan llegó a la cafetería con una meta fija en la mente. Lo había analizado durante toda su guardia nocturna, repasando el plan mil veces mientras caminaba por los pasillos del hospital. Era simple: llegar, pedir su café de petróleo, hacerla reír un poco para romper el hielo y soltar la bomba. Pedirle su dirección de casa. Nada del otro mundo, se repetía a sí mismo para darse valor. Un par de palabras y listo.
Sin embargo, en cuanto cruzó la puerta de The Daily Blend y la vio ahí parada, acomodando los sobres de azúcar con esa tranquilidad suya, todo su plan perfecto se desmoronó.
Una ansiedad horrible y torpe se le instaló en el estómago. De repente, el gran cirujano Collins se sintió como un adolescente. Se acercó a la barra con el corazón palpitando a mil por hora, esbozando una sonrisa suave pero cargada de timidez. Pidió lo de siempre con la voz un poco rota y trató de forzar la conversación para llegar al grano.
—Él… el clima está un poco fresco hoy, ¿no crees? Sugirió él, mientras sus dedos tamborileaban con nerviosismo sobre el mostrador de madera.
—Un poco, ideal para el café. Respondió Zoe con una sonrisa cálida, notando su agitación.
Llegaron un par de clientes más al lugar. Dylan, por pura educación, los saludó con un leve gesto con la mano, pero por dentro se estaba carcomiendo. Se sentía ridículo. En su día a día, él tomaba la iniciativa para conversaciones mil veces peores; tenía el temple para mirar a una familia a los ojos y decirles que su ser querido no había sobrevivido, o dar la noticia de una enfermedad terminal con total profesionalismo. Pero ahora, frente a Zoe, pedirle una simple dirección se sentía como operar a corazón abierto sin anestesia.
Respiró hondo, reuniendo cada gramo de valentía que le quedaba. La miró fijamente a los ojos, directo, intentando sonar seguro, aunque por dentro temblaba.
—Zoe… ¿Me das tu dirección?
La pregunta flotó en el aire, seria pero teñida de una timidez absoluta.
Zoe se quedó congelada durante un segundo, parpadeando, sorprendida. Nadie le había pedido su dirección antes, y menos aún de esa manera tan directa y repentina. Un pensamiento cruzó por su mente de inmediato: «El empleo». Claro, de seguro él quería conversar sobre la vacante de mesero que seguía libre en el café, pero le daba pena hablar de eso en público o que sus posibles futuros compañeros lo escucharan. Si le daba su dirección, él podría escribirle o ir a hablar con ella en un ambiente más privado, sin que su orgullo de hombre de treinta años se viera afectado por estar desempleado.
Convencida de que estaba haciendo una buena obra para ayudarlo, Zoe asintió con la cabeza y una sonrisa cómplice.
—Claro, dame un segundo.
Tomó un pequeño papelito de notas de la barra, anotó su dirección con una caligrafía clara y pulcra, y se lo extendió.
Cuando Dylan tomó el papel, sus dedos rozaron los de ella otra vez. En ese instante, una ráfaga de cosquillas extrañas le invadió el estómago. Dylan frunció levemente el ceño por la sensación física tan repentina. «¿Qué es esto? ¿Serán lombrices? Qué raro, si ya me desparasité el mes pasado», pensó con su mente estrictamente médica, incapaz de reconocer que lo que sentía eran las famosas mariposas del amor.
A pesar de su confusión médica, la sonrisa se le ensanchó en el rostro. Tomó la taza de café que ella le entregaba junto al papelito y la miró como si le hubiera dado las escrituras de un castillo.
—Gracias, Zoe. Que tengas un buen día.
—Igualmente, Dylan. Suerte hoy. Le deseó ella con un guiño, pensando en su supuesta búsqueda de trabajo.
Dylan se dio la vuelta y caminó hacia la salida. En cuanto cruzó la puerta de la cafetería y quedó fuera de la vista de Zoe, no pudo evitar dar un pequeño saltito de felicidad en la acera, apretando el papelito contra su pecho. Subió a su auto con el cansancio completamente olvidado. Ya tenía la dirección. Ahora, el próximo movimiento estaba claro en su mente: era hora de buscar una pluma, un sobre bonito y dejar que su corazón hablara a la antigua, como en los viejos tiempos.