El trayecto hasta su departamento fue una neblina. A Dylan le pesaba cada músculo, cada hueso y cada pestaña. Al cruzar la puerta, el silencio de su hogar fue interrumpido por un suave maullido. Milo, su gato atigrado al que rescató hace años en un basurero al notar que le faltaba una pata trasera, corrió a recibirlo, frotándose ronroneando contra su pierna.
Dylan dejó escapar un suspiro largo, de esos que liberan el estrés acumulado de horas de tensión.
—Yo también te extrañé, amigo. Murmuró, agachándose con torpeza para cargarlo.
Caminó arrastrando los pies hasta la cocina, sirvió la porción exacta de croquetas para Milo y se pasó una mano por el cabello castaño, alborotándolo aún más. No tenía energía para la ducha ni para quitarse la ropa del hospital. Caminó directo a su habitación, se dejó caer boca abajo sobre el colchón y, en el instante exacto en que su rostro tocó la almohada, cayó en un sueño profundo y pesado, como una piedra hundiéndose en el agua.
Cuando volvió a abrir los ojos, la luz que se filtraba por la persiana tenía el tono anaranjado del atardecer. Miró su reloj: las tres de la tarde. Su cuerpo aún protestaba, pero su mente se sentía más despejada.
Se sentó al borde de la cama, frotándose los ojos. Entonces, lo recordó. Metió la mano en el bolsillo de su chaqueta, que había quedado tirada a los pies de la cama, y sacó el pequeño papelito con cuidado.
«Zoe Pearson».
Ese era su nombre completo. Al leerlo, una sonrisa suave, casi inconsciente, curvó sus labios. Zoe. Sonaba a paz.
Se levantó y caminó hacia su escritorio. La madera estaba sepultada bajo gruesos tomos de anatomía, libros sobre enfermedades patológicas actuales y libretas de apuntes médicos. Haciendo a un lado un libro sobre cirugía cardiovascular, sacó una hoja de papel en blanco de alta calidad y su mejor pluma estilográfica.
Se quedó mirando el papel vacío por varios minutos.
«¿Qué le digo? ¿Hola, soy el tipo ojeroso del café y creo que me gustas? », pensó con ironía. «Idiota. Tienes treinta años, compórtate como tal».
Pero cuando la punta de la pluma tocó el papel, no salieron palabras calculadas ni frías. Salió lo que llevaba sintiendo desde hace tres días. Le escribió que le parecía una mujer sumamente hermosa, pero no solo por su rostro radiante, sino por esa luz y amabilidad que transmitía desde adentro. Le confesó, con una caligrafía impecable que desmentía su profesión de médico, que le encantaría tener más tiempo para verla. Que le gustaría presentarse ante ella viéndose como un hombre decente y no como un desastre, pero que su trabajo —del cual omitió el nombre y los detalles— solía consumirle las horas y la energía. Le propuso la idea de sentarse algún día, con calma, a compartir un café de petróleo y simplemente hablar de sus pasatiempos.