Al terminar de firmarla, la leyó dos veces. Era sincera, directa y quizás un poco vulnerable. Dobló la hoja con cuidado y la deslizó dentro de un sobre de un sutil color beige.
Para sellarlo, la pluma se quedó flotando sobre el papel. Quería dibujarle algo. Un detalle. Guiado por el instinto, trazó un corazón en el centro del sobre. Pero no el clásico corazón simétrico de las tarjetas de San Valentín; la mano de Dylan, entrenada para salvar vidas, dibujó un corazón anatómicamente correcto, con sus ventrículos, aurículas y la arteria aorta perfectamente delineados.
Miró su obra, sonriendo a medias. Era raro, sí, pero era auténticamente él.
Guardó el sobre dentro de su maletín de cuero para no olvidarlo en su próximo turno, apagó la luz del escritorio y volvió a recostarse en la cama. Milo saltó al colchón y se acurrucó en su pecho, ronroneando. Dylan acarició el pelaje suave del gato, mirando al techo con el corazón latiendo a un ritmo inusual.
«¿Sentirá ella al menos una fracción de lo que estoy sintiendo yo?», se preguntó en la quietud de su habitación. «Solo hemos cruzado un par de palabras. Ni siquiera sabe a qué me dedico».
Se pasó las manos por el rostro, soltando una risa ahogada y cargada de incredulidad.
«Dios, me siento ridículo. Estoy demasiado viejo para tener estos pensamientos de adolescente. A mi edad debería estar planificando mi retiro, no sintiendo que floto por un papel con una dirección».
Pero, mientras cerraba los ojos para descansar un poco más, admitió para sí mismo que no le importaba en lo absoluto sentirse ridículo. Por primera vez en mucho tiempo, se sentía vivo.