¿después de ti quién?

Capítulo 5-1: Motivación y un pedazo de cartón

La guardia de esa noche fue, por desgracia para Dylan, una de las rachas más pesadas de todo el mes. El área de urgencias parecía un río sin fin de pacientes que exigían lo mejor de Dylan. Él hizo todo a la perfección, demostrando por qué era el jefe de cirugía, aunque por dentro sintiera que se estaba cayendo a pedazos del cansancio y en cualquier momento se quedaría durmiendo mientras estaba parado. Sus manos no temblaron, pero su energía estaba por debajo de lo mínimo.

​A las dos y media de la mañana, durante un breve y milagroso momento de calma, Dylan supo que si no pegaba los ojos colapsaría en mitad del pasillo. Buscó un rincón tranquilo y terminó en la farmacia del hospital. Agarró una caja de cartón desarmada que encontró por ahí del área de limpieza, la extendió en una esquina del suelo, dobló su bata médica para usarla como almohada y se acurrucó allí mismo.

​—Estudia medicina para tener un lugar digno donde dormir, decían... Refunfuñó en la oscuridad del rincón, cerrando los ojos.

​Fueron apenas veinte minutos de sueño antes de que su buscapersonas vibrara. Dylan se enderezó de golpe en el suelo, soltando un quejido cuando la espalda le tronó por la mala postura. Seguía cansadísimo, pero al menos la mente se le había despejado un poco. Miró su reloj: eran las tres de la mañana. Soltó un suspiro, deseando con todas sus fuerzas que dieran las cinco y media para poder arreglarse e ir a ver a Zoe. Tenía la carta guardada en el maletín y el deseo de verla era lo único que le ganaba al sueño que tenía. Pero el deber llamaba; otra operación de emergencia requería sus manos.

​A la hora de salida, Dylan repitió su ritual. Se alistó en el baño, se afeitó, se peinó y se puso lo más guapo que el cansancio le permitía. Aunque su ropa holgada de hospital lo hacía sentir como un vagabundo, al menos su rostro se veía limpio y decente.

​Condujo hasta The Daily Blend y, al entrar, el tintineo de la campana fue recibido por la voz alegre de Zoe.

​—¡Buenos días, Dylan! Lo saludó ella con una sonrisa gentil, bromeando sobre si hoy también quería su dosis diaria de petróleo.

​Dylan sintió el típico y cálido vuelco en el estómago que aún no sabía cómo identificar. Se puso tímido, pero intentó ser amable y dar un paso más en su cortejo. Quería avanzar en la conversación, conocerla de verdad.

​—Hola, Zoe... Oye, quería preguntarte... ¿Te gusta algún tipo de música en específico? ¿O algún pasatiempo? Preguntó, y de inmediato se sintió como un tonto.

​Le parecía estar haciendo preguntas de niños de primaria conociéndose en el recreo. Se reprendió mentalmente por no tener más fluidez. «¿Qué se supone que haga? Decirle: ¿Hola, nena, te hice una carta porque “me gustas”? Dios, qué estúpido».




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